EL CASTING ( relato erótico)

 

El CASTING
Autor: Carmelo Larrosa Díaz. lostuka@yahoo.es
Calella, 16 Enero 2013
Si les tuviese que contar qué estoy haciendo, la verdad es que ni yo misma lo sé muy
bien: ¿Es tal vez una huida hacia adelante? Podría serlo: No he podido tolerar la traición cruel
de alguien a quien creía mi pareja para toda la vida: Un hombre joven que me tenía sorbido el
seso con sus zalamerías y lisonjas.. Hasta el día en que se olvidó el teléfono móvil en casa y
cuando le llamaron y yo lo cogí., resultó ser una tía con la que él había quedado para “tomar
algo” aquella tarde.. Yo la mandé a tomar por donde ella no se esperaba y le colgué. Entre
fuego y lágrimas me puse a revisar su archivo de teléfonos., y se me cayó el alma al suelo:
Allí había un verdadero harén, con nombres de otras mujeres camuflados de forma tan idiota
que hacían enrojecer de lo que cantaban: Materiales Chuchi, Cementos Paquita., y un montón
de chorraditas del mismo estilo.
Ahora voy a por el desquite; el tontolaba ése se va a enterar de lo que vale la Loli. Casi
que me alegro de haberle descubierto el doble juego: Nunca me pude imaginar que yo, en el
fondo más tímida que una monja, fuese a reaccionar como lo estoy haciendo: metiéndome en
el mundo de la publicidad y la fotografía artística en el que sabrán apreciar mi genio para los
peinados.. Cuando él me vea alguna vez, si tengo suerte puede que por la tele, se va a morder
los morros de envidia. Me gustaría verle para poder restregarle “Mira lo que t’as perdío”,
como canta la Diana Navarro.
…………………………….
No comprendí muy bien a qué se refería la Julia, mi clienta y medio amiga de la
peluquería, cuando me habló del Casting; un asunto muy interesante, al parecer, que consiste
en una especie de entrevista, según me dio a entender, en la que te hacen preguntas, algunas
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subidas de tono, y tienes que mostrar tus habilidades en ciertas artes. Más o menos lo que
antes se hacía con los actores o actrices que querían actuar en una nueva película o una obra
de teatro, pero que ahora se ha vuelto normal que se lo pidan a todo el mundo. Hasta para
entrar en un concurso de televisión, de esos de muchos euros de reclamo y poca cultura para
concursar., pero donde lo más importante es dar bien ante la cámara y estar medianamente
buena. Y yo, buena, lo estoy un rato. Por lo menos comparada con las tías de mi edad., la que
aquí, por derecho femenino, no diré.
La tal Julia es un poco especial: Antes, cuando la situación económica era buena y la
gente “normal” llenaba la peluquería, habría destacado mucho con sus ropas caras y
provocativas, sin embargo, desde que llegó la crisis, las pocas clientas que siguen viniendo
sin ser nochevieja, visten todas como ella y alguna peor todavía, hasta llegar a parecer, por lo
agresivas y baratas, gallinas picoteadas.. Pero qué se le va a hacer: en el fondo me encantaría
que se me llenara la pelu de clientas, aunque parecieran todas unas verduleras.. Por lo menos
tendría dinero suficiente, no como en estos tiempos.
………………………………..
Estoy ante la dirección que me dio. Yo esperaba algo mejor: un estudio de televisión o un
teatro, como en las películas. La Julia no quiso asegurarme nada, incluso me dijo que esas
pruebas también se suelen hacer en hoteles. Pero aquí lo único que se ve es un edificio
grande, bastante apartado, que antes debió de ser de despachos o alguna pequeña fábrica de
cosas raras, y ahora está medio abandonado. Ni siquiera tienen portero, y el piso que me ha
anotado suena a loft, de esos en que los inquilinos viven como ocupas. No me imagino qué
clase de entrevista vayan a hacer aquí.
Y sobre todo por la que lleguen a pagar hasta quinientos euros, como dijo la Julia.
Las escaleras son empinadas y están descuidadas; por suerte sólo han sido dos pisos, si
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no tendría que haber esperado a alguien que supiera manejar el enorme montacargas que
usan de ascensor. Lo dicho: Había sido una fábrica: no tiene nada de raro que ahora utilicen
los antiguos talleres como estudios de televisión o de cine. Lo más extraño es que no esté
todo esto esto lleno de gente yendo y viniendo, y una larga cola de aspirantes para el
concurso., o lo que sea.
-Buenas tardes.. -. Saludo un poco entrecortada al empleado que me ha abierto la puerta
y que, sin dejar de observarme con excesivo interés, no deja de sonreír-: Vengo por lo del
Casting –muy nerviosa, le hablo como si intentara justificarme.
El tipo, con un ademán del todo teatral, me señala el sofá negro que se ve frente a una
mesa de despacho en la salita contigua a la entrada y me dice que me espere allí un momento;
después desaparece por uno de los pasillos que la rodean.
Sigo sin entender. Me he sentado en el gran sofá de piel sintética que me indicó al entrar
y llevo varios minutos esperando. Imagino que pronto aparecerán las demás aspirantes, pero
nada sucede. Todo alrededor es muy escaso, funcional. En las paredes se ven carteles de
películas que nunca he oído nombrar y en las que se repite el nombre de una productora tan
desconocida como las películas. Tan sólo un par de cámaras portátiles, de tipo antiguo, sobre
la mesa, sugieren un negocio relacionado con el cine. Empiezo a sentirme fuera de tiesto: por
mi cabeza cruzan historias raras de ésas que se cuentan en las peluquerías, pero vuelvo a
repetirme que la Julia es una modelo, o por lo menos es lo que dice ser, y si allí no les
interesara hacerme una entrevista ya me lo habrían dicho.
Se oyen pasos que se acercan por uno de los pasillos, el opuesto al que usó el oficinista al
irse. Vuelve a aparecer. Ahora sonríe algo menos y le acompaña otro tipo al que no se digna
presentarme. Éste no sonríe, sin embargo su rostro emite cordialidad sencilla: produce
confianza. Se queda de pie en el rincón al lado del pasillo mientras el otro se sienta frente a
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mí ocupando la gran mesa de despacho
-¿Así que te llamas..? –me tutea de improviso, sin venir a cuento.
-Lola.. Lola de las Armas.
-¿Cuántos años tienes.?
-Treinta y seis –le miento sin recato al tiempo que estiro los hombros hacia atrás.
El supuesto jefe me sonríe de forma extraña y parece que me guiña un ojo, después sin
abandonar el gesto, se dirige al otro que se quedó en el rincón. A una discreta señal de
aprobación de éste, retoma su atención hacia mí.
-Bueno, señorita., ¿Qué sabe usted hacer.? –al parecer, ahora, respeta mi edad.
-… La Coca; mechas; el afro; liso-chino; la.. -. Me paro ante la expresión de asombro del
tipo.
-¡Guarda, Rocco, tanti posizioni connoce la signorina! -. Se dirige al tipo del rincón en
algo que me suena como italiano. Yo sonrío confusa, la cosa se enreda..
-A ver.. Póngase de pie y gire sobre si misma para que la vea bien-. Yo dudo y me miro
las manos intentando una sonrisa, pero sigo sentada. Aunque me he vestido lo más atractiva
que he podido no veo la relación con lo mío: los peinados.
-Supongo, señorita, que ya te habrán informado de qué va la cosa.. –vuelve al tuteo
-Pues… sonrío acalorada.
-Ya puedes empezar a quitarte la ropa -me apremia con un alzamiento de ceja. Yo intento
una diminuta queja, pero de golpe comprendo porqué pagan: Ante mis ojos, en mi mente,
desfilan las imágenes de un reportaje de TV. en las que estudiantas, de Universidad,
confesaban formas extrañas de ganarse la vida debido a la crisis, a lo que yo me niego en
redondo.. Pero descubro, preocupada, que no me subleva. Además, asomando por entre una
nube fría no deja de provocarme el rostro de mirada principal y sonriente de mi amante
traicionero. Del que quiero vengarme de la forma más hiriente posible. El entrevistador
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parece estar empezando a impacientarse. Lentamente me levanto y, sin mirarle, comienzo a
desabrocharme la blusa de satén azul marino que tan buen juego hace con mi cabello negro
peinado a lo Zeta Jones.
El tipo ha dejado de sonreír, ahora me mira con un interés caliente y sobón; parece estar
valorando la forma de mis pechos, rotundos y erguidos bajo el sujetador negro.
-Muy bien –suspira silencioso-: Ahora veamos el resto.. quítate la falda.
Yo me siento a punto de desfallecer: no soy capaz de resistirme a su orden y, a la vez, un
profundo malestar me oprime los muslos; sin embargo obedezco: Sé que me he entregado y
no tengo poder de reacción. Empiezo a abandonarme al destino, me suelto la presilla de la
pequeña falda y la dejo caer al suelo; sigo con la cabeza inclinada y los ojos entornados; me
siento aturdida, no soy capaz de mirar al tipo a la cara. Ya no me importa la cuestión del
dinero ni la venganza, sólo deseo que se dé por satisfecho y me diga que me vaya, que la
prueba ha terminado y ya me avisarán. Porque si no lo hace él, sé que no voy a poder resistir
ni tolerar sus nuevas ocurrencias.
-A ver.. –vuelve el tipo a la carga-: Quítate los sostenes, parece que tenemos buen
material-. Termina con voz suave, modulando como si fuera un capellán; y al mismo tiempo
oprime un botón cercano que atenúa la ya escueta iluminación del local.
No puede ser., por aquí no paso –me digo ya sofocada por el repentino alumbrado de
puticlub., que de forma insidiosa y aún contra mi voluntad, me relaja y me hace buscar
excusas como la de que en la playa estoy harta de mostrarlas sin ningún pudor.
-¿Sí..? -me anima con su voz de vendedor de lencería. Aunque el estímulo ya no es
necesario: en este momento me he soltado el sujetador y mis pechos emergen en la media
penumbra, radiantes como naranjas de California. Espero que con esto ya esté todo resuelto y
no haya más estriptís –me repito sin ninguna fe-. Y como para justificar lo acertado de mis
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temores, pasados un par de minutos de examen minucioso y provocador, le oigo decir-: Ahora
las bragas., por favor-. Y en ese momento ya abandono cualquier esperanza.
Tal vez el ambiente íntimo de media luz, de forma extraña me está relajando y me hace
bajar, aún más, la guardia, perder recelos, quizá por ese motivo sigo sin indignarme; me trato
de confortar con ideas como la de que con tan poca luz, al menos no me pueden filmar. En
plena caída libre trato, angustiosamente, de buscar excusas como la de que al no haberme
depilado las ingles desde que terminó el verano y dejé de ir a la playa, todo lo que se podría
ver iba a ser tan sólo un triangulito oscuro sin importancia; Con los labios apretados y
buscando perder la mirada en lo más oscuro, me siento de nuevo en el sofá y, con una sonrisa
de batalla, velada por la oscuridad, me bajo las bragas y me vuelvo a levantar, triunfal.
Pero en este instante la luz retorna como una explosión, de forma instintiva coloco mis
manos sobre el pubis y los pechos. Me noto a punto de estallar, un calor sofocante me
envuelve y me siento la piel ardiendo y el orgullo pisoteado.
Soy presa pero no víctima -cierro los ojos y aprieto los párpados-: Nadie me obligó, con
violencia o amenazas, a desnudarme, ni siquiera me queda ese consuelo. Mi afán de
venganza me ha castigado, pienso, incapaz de evitar la idea de que el gancho de los
quinientos euros, que la maldita Julia dijo que pagaban, también ha tenido algo que ver. .
Tampoco me queda el recurso de ser una pueblerina a la que han engañado. Porque no lo soy.
Humillada, miro a mi alrededor como si buscase la salida, pero la luz me deslumbra.
En el rincón de antes ya no está el hombre joven de mirada tierna. Cuando me giro para
alcanzar mi ropa le descubro ¡horror!, sentado en el extremo del sofá.
Todo está perdido, sollozo en mi interior. De cerca puedo ver la expresión cordial de sus
ojos verdes y soñadores, pero no me afectan: estoy avergonzada. Aunque no furiosa, como
debería ser. Me repito ya sin tan siquiera espantarme por el zumbido que me ha hecho girar la
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cabeza y ver al supuesto director, ahora enfocándome de cerca con una de las cámaras que
había sobre la mesa. Dócilmente, con los brazos cruzados sobre los pechos y mirando al
frente aturdida, me vuelvo a sentar.
Noto el roce suave de unos dedos que me acarician un hombro: Petrificada, incapaz de
emitir cualquier sonido, vuelvo la cabeza hacia ese lado y descubro la mirada gentil del
hombre joven que me inspira amistad y refugio. Me sonríe levemente y esto acaba con toda
mi resistencia y me hunde sin resquicio en la sinrazón: En este momento desearía que él me
abrazara con suavidad, dulcemente, y me hiciera sentirme protegida.
Como si hubiera leído la desesperación en mi mirada, el joven a quien el jefe llamó
Rocco, me acaricia los ojos con suma dulzura. El gesto me confunde: anuncia a un maestro
en el trato con las mujeres, sin embargo su mirada tierna y protectora excita en mí un
sentimiento de comprensión y amistad que en estos momentos me desarma. En un último
ejercicio de defensa, giro mi rostro y alzo la mano para colocarla de barrera frente al objetivo
de la cámara. Pero ahora, con increíble naturalidad, es el joven a mi lado el que me toma de
la nuca y acerca su boca a la mía. Me dejo ir, soy una gata perdida. Siento cómo el arsenal de
normas y principios que me enseñaron en el colegio de monjas se derrumba sin pelea.
Estoy navegando en un remolino enloquecedor: En un último recurso de cordura le
imploro que pare, que me deje ir porque estoy a punto de llorar. Pero me arrepiento de mis
palabras al ver cómo él reacciona con más caricias y más intensas, como si tratara de
consolarme o convencerme. Hasta que, en un momento inesperado, se yergue sobre mí y se
quita la camisa. Yo no reacciono, me declaro vencida y dócil, loca y fuera de este mundo. Él
se vuelve a inclinar y me separa las rodillas dejando mi sexo ofrecido frente a la cámara; pero
yo ya no tengo voluntad ni deseos de oponerme.
Ni siquiera cuando toma mi mano y la dirige hasta su miembro desnudo y erecto.
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Entonces me despierto: Abro los ojos y suelto un chillido, que no estoy segura de haber
sido provocado por mi tragedia, o por el descomunal tamaño del órgano al que no puedo
abarcar con mi mano entera: Sin mirarlo estoy segura de que mide más de veinte centímetros
de largo y tiene el grosor de una panocha de maíz madura. La sangre se detiene en mis venas,
el corazón me palpita acelerado por el horror. O por una lujuria rampante que me asusta tener
que reconocer. Todo mi cuerpo tiembla cuando él, con un delicado balanceo, me termina de
tender boca arriba a lo largo del sofá; jadeo sin control al sentir los dedos hurgando bajo mi
vello púbico, pero toda mi excitación se transforma en terror al notar cómo dirige la enorme
cabeza de su miembro palpando por entre mis muslos.
Grito sin control, el dolor es insufrible; siento, impotente, como me desgarra al
penetrarme a pesar de todas las caricias que el joven me dedica mezcladas con dulces
palabras susurradas; en italiano, supongo, porque en este momento no me importan los
idiomas ni el mundo: tan sólo que cese el brutal asalto que me está destrozando por dentro.
Es insoportable: La gentileza del hombre se queda en imagen, Todo el amparo que me
sugiere su estampa de macho protector y las palabras cariñosas de consuelo, se dan de tortas
con los fieros embates de su miembro gigantesco. Y lo peor es que a cada uno de mis
chillidos de dolor, él responde empujando con mayor furia su terrible ariete dentro de mí.
Hasta que un pinchazo lacerante protesta desde el fondo de mi vulva repleta, que se niega
a aceptar más, me retorna del letargo que ya había empezado a sentir como bálsamo
adormecedor y dispara mi mano más cercana hacia el terrible rodillo que me está taladrando,
para agarrarlo y detener el suplicio. Él, en un gesto inesperado de nobleza, retira mi mano, se
agarra el vástago con la suya mucho más grande, y deja libre sólo una parte del mismo para
adaptarlo a mi profundidad máxima. Yo intento sentirme agradecida, sin embargo el sofoco
no me deja: mi buena educación ha desaparecido engullida por el frenesí que me posee:
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Estoy regresando a un estado animal, sin reglas ni filigranas. Todo, en este momento, se
reduce para mí a sexo salvaje y predador.
Los minutos van pasando deprisa pero él no cesa en el vaivén, ya he perdido la idea del
tiempo. De vez en cuando, un haz de luz intensa ilumina mi cara; sobre todo cuando gimo de
dolor o placer. Aunque por el resplandor no la veo, sé que detrás del foco que lo produce, está
la cámara tomando mi imagen, entregada y desnuda en todo su esplendor. Pero ya no me
causa pavor: creo que estoy empezando a gozar y casi me llena de orgullo mostrarlo. Me
siento invadida pero sin dolor, al contrario: un temblor comienza a llenar mis muslos hasta
llegar a la vulva. Las cosquillas se van haciendo más intensas por momentos hasta que,
incapaz de resistir la presión, estallo en una brutal convulsión que recorre mi cuerpo hasta
ponerlo rígido; Lanzo un grito feroz e irreprimible, ahora soy yo quien goza el asalto. Siento
la gran verga como se mueve dentro de mí, y la aprisiono con mi vulva ardiente; la absorbo y
la beso, y la ordeño para que me inunde con su preciosa descarga.. Hasta que mi cuerpo se
estremece en otra nueva convulsión. Así durante una eternidad, repitiendo las oleadas de
placer y deseando que nunca se acaben.
De repente el joven aumenta el ritmo y la violencia de sus golpes, sus jadeos se vuelven
desesperados y sus manos se aferran a mis caderas al tiempo que me taladra con su terrible
miembro y me clava contra el sofá. Noto toda su inmensidad dentro de mí, hasta el fondo y
más allá, como si me fuera a salir la punta por la boca. Entonces él da un prolongado aullido,
feroz, y estalla como un volcán en el centro de mi ser.
……………………………………….
Camino por la calle hacia el lugar donde creo recordar que dejé aparcado el coche. Me
muevo ligera con cuidado, lo más tiesa posible, temerosa de que el andar me salga vacilante y
denote el festín que ha disfrutado mi cuerpo y del que para nada quiero reponerme.
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Recuerdo a mi antiguo galán, el traidor mujeriego, con algo lejano al odio y más parecido
a la ternura: El pobre que se creía el rey del mambo en la cama., y ahora lo veo como un
párvulo, como un infeliz henchido de soberbia.
Mientras ando aspiro con deleite el aire nuevo. Porque hoy todo es nuevo para mí.
Después de la gloriosa experiencia me siento diez años más joven. Miro con simpatía
todo lo que me rodea, incluidas las viejas naves de este apartado polígono industrial cerradas
por la crisis. Pienso que a partir de hoy las veré con simpatía y complicidad.
En el bolso llevo la cinta de la cámara en que quedó grabado todo el safari. Al final
llegamos a un acuerdo: Yo les perdonaba los quinientos euros del casting, y ellos a cambio
me daban la cinta –del viejo sistema Betamax, el mismo que mi madre usaba para grabar el
Un Dos Tres-. El dulce titán italiano convenció a su socio para que aceptara el trato. Antes de
ponerla en mi bolso me exigió un beso a cambio: Se ve que no soy tan mala en la cama como
el infeliz de mi ex pretendía. Quizás le hago llegar la cinta para que rabie. O tal vez se la
mande a Sor Angustias, la antigua directora del colegio de las Ursulinas, para que vea lo
provechosas que me fueron sus enseñanzas.
FIN
Carmen de la Rosa
(Carmelo Larrosa Díaz. Calella, Enero 2013)
lostuka@yahoo.es