ARMAS MARAVILLOSAS

ARMAS MARAVILLOSAS

Pepito se levantó de su cunita con tal prontitud que bien pudo haber batido el record de velocidad infantil, cuando llegó a la chimenea después de recorrer el largo pasillo, bajar los quince peldaños y atravesar el vestíbulo.

Pepito observó embobado el enorme montón de juguetes que sus Majestades los Reyes Magos le habían traído. Con gran nerviosismo empezó a inspeccionar las cajas. Aún no sabía leer, porque sólo contaba cinco años, a pesar de eso, guiándose por los dibujos y fotografías que lucían las tapas descubrió el juguete que iluminó radiante su rostro de angelito rubio.

-¡Pam! iPam! ¡Pam! —balbuceaba Pepito simulando los disparos de la pistola de madera, que salían de su boquita continuamente.

Sus padres sonreían felices al ver que el niño disfrutaba precisamente con el juguete más barato.

-¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! —le gritaba a su primito de edad similar y que fingía a veces caer herido o muerto.

Pepito estaba entusiasmado con la pistolita de madera y los demás juguetes quedaron olvidados en un rincón.

Pasó el invierno, la primavera y el otoño y llegó otra vez el día de los Reyes Magos.

-¡ra., tat, tat! Ra, tat, tat! —chillaba Pepito enardecido empuñando ahora una metralleta de combate hecha de plástico.

-Ra, tat, tat! Ra, tat, tat! — Al fin, con el pasodeltiempo, Pepito pasó a llamarse José. Dejó el colegio y sus padres como premio a sus estudios le regalaron una pistola de perdigones.

José la examinó entusiasmado. ¡Que bien se acoplaba a su mano! Parecía que la hubieran echo a su medida. Lentamente, con el brazo extendido apunté a una moneda puesta previamente encima de la barandilla del balcón. Apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo y…¡Clac! La moneda saltó por los aires.

Tras esa hazaña, José se dedicó en sus horas libres a cazar toda clase de bichos; lagartijas, ranas, pájaros…

Pronto la pistola fue insuficiente y su padre le compró una escopeta de caza con cartuchos. Sacó la licencia y abierta la veda…

¡Bang! ¡Bang!

-Que maravilla… Como caen las palomas, las perdices, las abubillas, las liebres.

¡Bang! ¡Bang!

-Y que bien se maneja y que bien terminada está con este brillo; con el cañón negro bruñido y la culata barnizada —se decía a si mismo.

Y José cumplió veinte años. Marchó al servicio Militar y allí disparó con una metralleta autentica, increíblemente maravillosa. Se hizo fotografías con tan preciosa arma y las mandó a sus padres y amigos.

Que orgulloso se sentía. En la foto se veía perfectamente la metralleta en primer plano, lista para disparar al enemigo. Lista para defender los intereses de la patria.

En este tiempo se declaró la guerra y José pensó que había tenido mucha suerte; Pronto podría disparar sobre blancos vivos. Sobre el enemigo.

Dos días después… Empezó la marcha que lo acercaría al combate.

Durante varios días caminaron sin descanso a través de bosques y montañas. Pero el enemigo no se detectaba por ningún lado.

El alto mando ordenó detener la marcha en lo alto de una colina, desde donde prácticamente podía dominarse un gran valle por el que se suponía avanzaría pronto el enemigo.

Hicieron trincheras y se instalaron dos ametralladoras de largo alcance en los sitios más idóneos. Pero pasó una semana y el enemigo no daba señales de vida. José estaba tan impaciente que dirigiéndose al sargento Alcázar le dijo:

-¿Están seguros que vendrán por aquí?

El sargento lo miró de arriba a bajo y le contestó con otra pregunta:

-Porqué?

-Porque ya tengo ganas de entrar en combate —fue la respuesta de José.

-Si es por eso, estate tranquilo que no tardaran. Están justo en frente tras esas montañas, No creo que tarden más de dos días…

Aquella noche José soñó que era un héroe y que un General le imponía una medalla.

Cuando amaneció, el valle estaba cubierto por una densa niebla. La observación era imposible. Y el enemigo podría sorprenderles si no aclaraba antes del medio día.

Llegó el medio día y la niebla no se disipó.

El sargento decidió mandar una patrulla de avanzadilla abajo para evitar sorpresas.

José, como era de esperar, fue voluntario. Bajaron y permanecieron apostados en el llano desde un lugar donde podían ver un gran trecho. El día trascurrió sin novedad y les mandaron refuerzos; José estaba muy nervioso, acariciaba el subfusil de asalto y una sonrisa complacida le Iluminaba los ojos, cuando al fin se durmió.

Al otro día la niebla era mucho más tenue. Grandes claros podían verse y el sargento consideró que ya no era necesario arriesgar una patrulla. Seguramente, cuando el sol caliente, la niebla se irá — (pensó.)

Súbitamente, empezó a escucharse el típico ruido de tanques que les llegaba amortiguado por la distancia.

Media hora después el ruido era perfectamente audible; eran tanques. Se preparaba una gran ofensiva y José sintió bullir en su pecho la alegría…

Durante los anteriores días estuvo preparando su arma concienzudamente, la limpió y engraso con todo detalle.

¡Por fin podría usar su arma!

-Al fin todo llega —Murmuró entre dientes muy nervioso.

Todos estaban preparados: en ninguno pudo ver un gesto de alegría. Sus caras estaban tensas, sus ojos escudriñaban el valle esperando ver aparecer a los tanques, cuyo ruido era cada vez más atronador..

De pronto sonó un cañonazo. Apareció un tanque envuelto en la niebla y empezaron a disparar las ametralladoras, y los demás siguieron escudriñando las zonas vaporosas.

El tanque empezó la escalada, subió varios metros pero de pronto las cadenas empezaron a resbalar. José se levantó de su parapeto y le disparó como si de un a animal se tratase. El tanque le devolvió el disparo con una ráfaga de la ametralladora guía. Después, el cañón escupió una bomba que estalló cerca de él.

José se desplomó rodando dentro de la trinchera, mientras que las ametralladoras repelían el ataque de otro tanque que entraba en escena.

Al poco, aquello era un infierno. La infantería que iba detrás de los tanques no pudo subir la colina y los tanques tampoco. La colina estaba bien defendida, así que decidieron retirarse y buscar otro camino de avance más seguro, dejando en el valle algunos muertos.

José estaba mal herido; las heridas le dolían atrozmente, estaba  tan mal que pensó:

-¡Esto es el fin!

-Es el único herido —comentó el sargento al Capitán.

Pero José no murió. Perdió el brazo derecho, el que usaba para manejar aquellas armas tan maravillosas… Entonces comprendió, ante tanto dolor, que no valía la pena, que las armas no son tan maravillosas, que son artefactos de Satanás que nunca debieron inventarse. Ya no le gustaban. Y se echó a llorar.

Fin

 

Antonio Larrosa © 2010
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