DESEO SUBLIME

DESEO SUBLIME

Pasaban tan lentos los días en aquel apartado convento de clausura que algunas veces la desesperanza se agitaba en el alma de Sor Teresa y, su vocación se tambaleaba inquietándola, sumiéndola en tal estado de frustración que las más tremendas dudas sobre la existencia de Dios y todos los principios que sostenían la doctrina que impregnaba su mente, perdían consistencia y, se diluían como vapor en el aire. Y en aquellos momentos de flaqueza espiritual , se preguntaba:

-Llevo treinta años aquí, y a veces pienso que tal vez he sacrificado mi vida para nada, que quizás todo termine cuando me llegue la hora de morir. Quisiera poder sentir… Tener la prueba científica que me demostrase que no estoy equivocada y así mi espíritu se apaciguaría y todo mi ser se llenaría de alegría. -Esas dudas hija mía -le contestaba su confesor- las tenemos todos. Bien sabes que hay fuerzas malignas que intentan apartarnos del auténtico camino. Tú llevas aquí muchos años y has llegado a ser la madre superiora del convento por tus probados méritos, llenos de bondad y fortaleza espiritual. Vencer las tentaciones mundanas siempre nos refuerza la fe en nuestras convicciones. Nunca desfallezcas. Lucha contra esas dudas y obtendrás el premio merecido.

Sin embargo, y pese a todas las palabras de consuelo y fe de su confesor, nada cambiaba en el atormentado ánimo de Sor Teresa. Un día en el que recibió la visita de su hermana Isabel, esta le dijo jubilosa:

-Teresa, no te lo vas a creer, es más, quizás me regañes y me digas que esas cosas no son lícitas, que son cosas del diablo, pero te voy a contar lo que me está pasando porque lo considero muy extraño aunque yo no creo que sea nada malo.

Teresa se quedó callada y su hermana continuó:

-Verás, cuando deseo algo, me quedo mirando al cielo nocturno y cuando veo una estrella fugaz, le pido mentalmente que se cumpla mi deseo y ya lo he conseguido en dos ocasiones. Primero, que mi marido el Juan deje la bebida, cuando tú sabes que eso era una quimera casi imposible, y segundo, me ha tocado la lotería, un primer premio que nos ha sacado de la pobreza en que estábamos.

Al oír estas  afirmaciones Teresa se quedó asombrada, a su hermana le había tocado la lotería y  además, logrado que el borracho del marido dejase el vicio de la bebida. Realmente no eran cosas muy normales, pero contestó con desdén:

–jBahl Eso son tonterías

-iSi, sí, tonterías!, pues yo no creo que sean tonterías cuando ya he conseguido con este sistema que mi marido deje la bebida y que me toque la lotería. Volvió a repetir  Isabel, mostrando enojo ante la indiferencia de la monja.

-Si eso fuera cierto-afirmó Sor Teresa- todo el mundo estaría nadando en la abundancia y no habría problemas, no existiría ni la enfermedad ni nada malo.

-Verás, hermana mía, lo que pasa es que solo se puede pedir un deseo, o a lo sumo dos y poniendo un gran esfuerzo mental y concentración en ello y, claro, no todo el mundo vale para conseguirlo.

-Pero bueno, de donde diantres has sacado tú esa teoría o lo que sea. —Inquirió la monja con cierto enfado.

-Me la enseñó una persona que había logrado por el mismo sistema hablar con su difunto marido.

– ¡Anda! -exclamó Sor Teresa escandalizada dejemos este tema y hablemos de cosas más piadosas como es costumbre en este lugar.

Después de aquella visita, Sor Teresa ante sus frecuentes crisis decidió poner en práctica aquella técnica mental y una noche del mes de agosto en la que dicen se prodigan las lluvias de estrellas fugaces, se dijo:

-Realmente no creo hacer nada malo si subo a la terraza y pido a la primera estrella fugaz que vea mi mayor deseo, que es ver a Dios; al fin y al cabo no es un deseo impío sino todo lo contrario y, si viese a Dios de alguna forma, se acabaría este sufrimiento que me consume.

Sor Teresa subió a la terraza y se puso a mirar al cielo pero, seguramente, aquellas nubes que estaban como pegadas a él, le entorpecieron la visión, el caso es que al cabo de un rato, ya tenía un intenso dolor de cervicales así que decidió dejarlo para otro día. Cuando volvió a subir de nuevo a la terraza, previsora, se llevó una hamaca y se tumbó esperando hasta que, casi sin darse cuenta, se quedó dormida sin haber conseguido tampoco esta vez ver la estrella anhelada a pesar de que esa noche el cielo estaba despejado y las estrellas brillaban intensamente.

El caso es que ni aquella noche ni las diez noches siguientes consiguió ver estrella fugaz alguna y aquello empezó a obsesionarla un poco, haciéndose la intima promesa de que no pararía en su empeño hasta conseguir su objetivo.

Y, así pasó el mes de agosto y el de septiembre y llegó el otoño. Y su obstinación en lugar de apaciguarse se acentuaba más y más. Ya no era posible estar en la terraza de cualquier forma debido al frío que hacia, pero Teresa, no se dejó intimidar. Se puso prendas de abrigo y siguió subiendo a la terraza noche tras noche.

Cómo es natural todas las monjas del convento se apercibieron del extraño proceder de la madre superiora, pero ninguna se atrevió a preguntarla nada y mucho menos contarlo a las autoridades eclesiásticas pues pensaron que se trataba de un sacrificio espiritual y, por otro lado, la labor de la madre superiora se producía con toda normalidad.

Sin embargo pasó el otoño y Sor Teresa no conseguía ver a su estrella fugaz a pesar de tener los ojos abiertos todas las noches, lo que el final empezó a notarse en su trabajo, pues se dormía continuamente en cualquier sitio y circunstancia.

Fue entonces cuando Intervino el padre Damián su confesor quién le preguntó:

..Tengo entendido  que te pasas las noches en la terraza contemplando el firmamento y que durante el día no atiendes como es debido tus obligaciones, en detrimento del convento. ¿Puedes explicarme hija mía, que te sucede, porque obras así? ¿Tienes algún problema? ¿Puedo ayudarte?

-No puedo hablar, pues he hecho un voto, sólo puedo decir que nada malo hago. Si lo consideráis necesario, padre, podéis delegar mi cargo a cualquiera de las monjas del convento que consideréis más apta.

-No soy yo el que debe decidir, pero lo consultaré con el obispo a la mayor brevedad posible, para proceder en consecuencia; de todas formas quisiera que reconsideraras tu postura en bien tuyo y de la comunidad.

Pese a las advertencias y ruegos del padre Damián, Sor Teresa siguió subiendo a la terraza donde cada noche aguardaba y aguantaba cómo podía el frío y las lluvias invernales, con la vana esperanza de ver la tan ansiada estrella fugaz. Fue por aquel entonces cuando empezó a notarse en su persona un gradual e ineluctable deterioro.

Algunas noches las monjas la espiaban y sólo oían que Teresa repetía:

-Por favor Dios mío, Por favor…

Ante tal situación, las autoridades eclesiásticas decidieron:

-Cómo que tal situación podría ser algo transitorio, pondremos a una hermana que la sustituya eventualmente y avisaremos a su familia para que sepan en que estado se encuentra; que si bien parece no padecer enfermedad mental alguna, es notorio que algo le sucede; aunque sea de índole personal. De todas formas será conveniente que duerma durante el día cuanto quiera.

La hermana Julia fue la que la sustituyó, y cuando fue a visitarla nada averiguó, ni nada dijo Teresa, pues esta creía que si desvelaba lo de la estrella fugaz y todo lo demás, la echarían del convento.

Casi arrastrándose, cada noche Teresa, subía al terrado y suplicaba incesantemente con palabras apagadas e ininteligibles. Fue precisamente la noche del 24 de diciembre cuando la encontraron muerta.

Aquella noche había nevado copiosamente y el intenso frío había acabado con su ya débil organismo que había cedido, dejando escapar por fin la poca vida que Sor Teresa albergaba.

Y dicen que aquella misma noche se apareció el fantasma del arcángel Sen Gabriel, que bajó del cielo para contar la verdad de esta historia a todas las monjas del convento, a la hora de comer, terminando por asegurar que fue el mismo Dios quien fue a ver a la recién llegada y que le dijo:

–¿No querías verme? Pues ya está cumplido tu deseo.

Y dicen que Teresa le contestó:

-iPor favor Dios mío!, haz realidad mi otro ferviente deseo

¡Déjame ver una estrella fugaz…

Fin