EL AMOR A VECES NO ES ETERNO

EL AMOR A VECES NO ES ETERNO

Pedro se despide de Isabel  su mujer y sale con los utensilios de pesca. Atraviesa medio pueblo y cuando llega a la farmacia mira el reloj, es bastante tarde,  ya es de noche, y hace un vientecillo frío y racheado, es un viento molesto-

Son las diez de la noche. Juani la farmacéutica, lo tiene que avisar desde la ventana  que hay dos pisos por encima de la farmacia, apagando y encendiendo una luz:, lo tienen muy bien planeado. El farmacéutico, los sábados va a jugar a las cartas con sus amigos,  Pedro, algunas vez lo ha visto salir  y él se hace el desentendido, pero como en un pueblo tan pequeño  se conocen todos, se saludan, incluso  algún día se pusieron a hablar de sus cosas mientras fuman un cigarrillo.

-Cada sábado por la noche voy a pescar al río.

–Yo juego unas partidas con unos amigos y se nos hace de día, entretenidos.

Pedro y  Juani lo tienen muy bien planeado, no sea que un día  Luís, el marido no salga por algún motivo: podrían llamarse con el móvil, pero eso es muy peligroso, a veces quedan huellas de los mensajes y eso lo podría ver el farmacéutico.  Lo tienen muy bien planeado. Así que ella enciende la luz cuando lo ve allí abajo semioculto, en  la esquina. Si le enciende la luz una sola vez es que puede subir, el farmacéutico ya no está. Si lo hace dos, le quiere decir que siga esperando y después de al menos diez minutos lo volverá a avisar. Y si lo hace tres veces es que el marido no va a salir, se ha quedado en casa.

Esta noche la farmacéutica ha encendido y apagado tres veces. Esa noche Pedro tendrá que conformarse y seguir caminando hasta el río a pescar. Este contratiempo ya le ha pasado en otras ocasiones, últimamente demasiadas,  ella le dice que su marido no se encuentra muy bien ,que a pesar de tener treinta y dos años a veces le duelen las cervicales, ella tiene veinticuatro y está perfecta pero que le vamos a hacer, la vida es así, y al que le toca le toca.

Hace tanto frío, el vientecillo a oleadas es tan molesto, que piensa : ¡Vaya! se fastidió la noche, lo mejor es que vuelva  a casa y me acueste, le diré a Isabel que hace tanto frío que no he podido resistir y me he vuelto; además le puedo añadir que no me encuentro bien, que me duelen las tripas o lo que se me ocurra.

Al poco, Pedro desde lejos ya distingue vivienda. Su casa está a las afueras, está cerca, pero separada de las últimas del pueblo por unos doscientos metros,  y mientras se va acercando ve como la luz de la ventana de la habitación se enciende una vez y se apaga.

Pedro acelera el paso pero la puerta se cierra cuando apenas le quedaban para llegar unos cincuenta metros ,  un hombre la ha franqueado , no lo ha podido reconocer  por la oscuridad y un rencor recorre su espina dorsal, y se queda preguntándose : ¿quién será ese que entra en su casa cuando él se va? ¿Cómo es posible que su mujer le pueda engañar si siempre le está repitiendo que lo ama desde el primer día que lo conoció tan solo hace dos años?  Por su mente pasan las imágenes de sus fotos de boda ¿Cómo es posible? Se repite una y otra vez.

–Apenas tenemos veinticinco años, sin hijos, queríamos disfrutar de nuestra juventud unos años antes de tenerlos, y ahora me está engañando con otro.

Espera quince minutos pensando que  harán, quiere darles tiempo para sorprenderlos in fraganti.

Le parece mentira que esto le esté sucediendo a él. Ya no siente frío, un sudor extraño le inunda el cuerpo desde la cabeza a los pies.

Al fin, pasado esos minutos se decide, se acerca a la puerta, la abre con suma cautela para no hacer ruido, y la cierra después con las mismas precauciones, a la vez que se oyen allá arriba en la habitación, los sollozos y suspiros lujuriosos de las dos personas que ya están entregados en cuerpo y alma al placer.

 

Antes de subir la escalera se quita los zapatos para no hacer el mínimo ruido que pudiera alertarlos,  y cuando al fin llega a la habitación, la abre de golpe y se queda asombrado al ver la escena. La pareja esta acoplada, desnuda, el macho  encima de  Isabel, y el hombre se vuelve ante la intromisión inesperada. Ella también  está sorprendida y trata de taparse la cara, como el avestruz que ante un peligro esconde la cabeza, pero no es por miedo al peligro es por vergüenza, su marido al que juró amoreterno ante el altar la ha sorprendido entregada al farmacéutico. Y Pedro lleno de rabia, furioso, grita:

-¡Luis: tu mujer nos engaña!

 

Fin