JUSTICIA REAL

 

 

 

Escoltado por su guardia real, el monarca había salido de palacio con la intención de observar la forma de trabajo de un zapatero cuya fama le había  llegado porque aseguraban que sacaba los clavos de los zapatos con los dientes.

A fin de evitar, la expectación que siempre se formaba a su paso y no ser reconocido por el mencionado artesano, el rey se había disfrazado como si se tratase de un mercader y los hombres de su escolta como simples ciudadanos, que en ningún momento le perdían de vista desde prudencial distancia.

Estamos refiriéndonos a1 Rey  Pedro IV  también llamado, Pedro el ceremonioso, Pedro el cruel, pedro el justiciero y Pedro del puñalet puesto que siempre portaba un pequeño puñal ceñido al cinto.

Era este monarca famoso por sus juicios sumarísimos y por su forma expeditiva, con que ejecutaba o empleaba la fuerza de la ley, que siempre administraba según sus propias convicciones, y que nadie podía discutir.

Aquel día se dirigió a la zapatería como ya he apuntado y dijo al zapatero: —Desearía que me revisara este zapato que me produce molestias como si un clavo me pinchara al andar.

El zapatero le contestó: —Si es tan amable de esperar un momento a que termine de reparar estas botas, enseguida le atenderé.

Apenas fueron diez minutos los que el Soberano permaneció observando el trabajo, pero fueron suficientes para comprobar que efectivamente el zapatero sacaba los clavos con los dientes, así que el insigne personaje se dio a conocer con estas palabras.

Soy el Rey y estoy asombrado por la forma tan bestia que tienes para sacar  lo clavos de los zapatos. ¿Acaso no te das cuenta, pedazo de animal, que de seguir así  te vas a quedar sin dentadura en cuatro días?

El zapatero, reconoció de inmediato al extraordinario cliente y tirose a sus pies gimiendo desolado: —Perdonadme Majestad por mi forma tan poco ortodoxa de trabajar pero es tan poco lo que gano con este oficio que nunca he podido comprarme   las herramientas necesarias, ni tan siquiera una malas tenazas.

Esta bien, de nada has de avergonzarte, pues no eres culpable de ningún delito, sin embargo, voy ha ayudarte, toma estas monedas y compra con ellas cuantas herramientas precises.

Apenas se marchó el Soberano de la zapatería, el zapatero  salió dando voces a la calle gritando: E1 Rey, ha estado en mi zapatería y me ha encargado un trabajo especial, adelantándome el pago. ¡Mirad cuantas monedas de oro!

Todo el mundo estaba  asombrado de que el Rey en persona hubiera ido a tan misero taller, y nadie lo creía, llegando algunos a insinuar que aquel dinero lo podía haber conseguido de forma inconfesable, menos mal que unos vecinos que habían visto salir al Rey  de la zapatería y lo habían visto en otra ocasión durante un desfile, refrendaron

al zapatero. Después, todo  fue  un sin fin de felicitaciones terminando en una taberna donde el zapatero invitó a todos con gran regocijo y complacencia hasta que se dio cuenta de que se había emborrachado y  gastado hasta el último centavo.

Corno es natural, el Rey se enteró de que el zapatero se había gastado las monedes de oro emborrachándose con sus amigos y fue nuevamente a visitarle y viendo que seguía sacando los clavos con los dientes, le preguntó:—¿Como es que sigues trabajando con los dientes si te di monedas de oro suficientes para comprar varios juegos de herramientas?

El pobre zapatero no sabia que contestar y empezó a tartamudear torpemente.

Pues…yo…yo… resulta… que…esto… yo … ve… vera usted… ma… majestad … y

—Ya veo, ya veo, ¿Acaso me tomas por tonto?… ¿Acaso pensabas que no me enteraría, de que todo el dinero lo has gastado emborrachándote con tus amigotes? ¿Esa es la forma que tiene de cumplir con tu Rey?

Y dicho esto, el egregio personaje mandó entrar a un dentista que esperaba afuera y le ordenó tajante: Extraiga toda la dentadura a este hombre, así evitaremos que se la rompa sacando clavos con ella.

Y si fue como tras leer esta pequeña anécdota, se inició en mí una admiración profunda por aquel extraordinario monarca de juicio tan severo, preciso y sereno  y desde aquel inolvidable día me propuse ser su más fiel imitador y seguir sus enseñanzas en todo, al pie de la letra. Mi espíritu rebosó plenamente de alegría cuando capé al gato, un soberbio animal al que le compré una estupenda compañera, y la pobre se pasaba todo el tiempo ronroneando, implorando algo de calor que aquel no le otorgaba .Fue verdaderamente una pena, pero… ¿Acaso no hubiera hecho lo mismo Pedro IV?

También fue una 1ástima lo de Purita Garci, Una hermosísima mujer amiga mía que me contó con gran afectación, que su marido Luis no le hacia ni el menor caso porque este tenia un amante sueco, que por cierto se llamaba Serafín, aunque no  creo que eso tenga  la menor importancia, aparte de que sea un nombre muy extraño para un sueco.

Total que sentí gran indignación al pensar que una hembra tan preciosa que   hubiera hecho la felicidad de  cualquier hombre como es debido, y que no hay derecho que ta1 hermosura  de mujer se estuviera desperdiciando por culpa de un mequetrefe, por lo que decidí hacer justicia imitando 1a misma formula que con el gato, aunque en este caso y tras denodadas deliberaciones llegué  a la conc1uión de que debería, caparlos a ambos, a uno culpable de engañar a su esposa y al otro cu1pable por destruir un matrimonio. Para llevar a termino la ejecución de mi veredicto, semejante  a1 que hubiera dictado mi admirado Rey Pedro. Primero sorprendí al sueco  al que capé sin mayor dificultad, después de arrear1e un buen estacazo una noche oscura en un lóbrego cal1ejón al que le invité a acudir pretextando en una nota que le hice llegar por medios un tanto misteriosos, en la que le comunicaba que se trataba  de un asunto importante  relacionado con Luis.

Al marido lo ajusticie de análoga forrna un tiempo después, cuando Purita me informó que  pese a todo, Luis seguía viéndose con el sueco y continuaba sin prestarle  a ella la minita atención.

Hasta aquí me  confieso culpable de lo hecho y me siento orgulloso, tanto es así, que volvería a hacerlo, porque lo considero muy justo, pero no admito haberle extirpado los ojos a mi esposa porque siempre enhebraba 1as agujas con gran dificultad. Es muy cierto que le dí suficiente dinero para que se comprase unas gafas  graduadas y  en vez de eso se compró un perfume de esos franceses tan caros. Eso es un cuento chino, una artimaña, una miserable argucia para complicarme la vida

Seguramente todo este entramado, lío, complot, o como quieran llamarlo ustedes, es un burdo montaje ideado por mi mujer que se ha enterado que yo consuelo a la desdichada. Purita dándole un poco de cariño y algo de sexo pues soy muy tierno y no puedo permitir como ya dije anteriormente que esa hermosura de mujer sufra y se desperdicie por culpa de un mal matrimonio, aunque bien pensado también podría ser que conociendo mi admiración por la justicia ejemplar del Rey Pedro, y con el fin tal vez de vengar a nuestro hijo al que corté la lengua por negarse a estudiar el idioma catalán ,al que compre un curso de tal idioma y la típica enciclopedia, con toda la ilusión del mundo.

Repito, Señor Juez, no hay derecho a que se tenga en duda la palabra de un hombre que tan bien administra los asuntos de cu casa y no admito de ninguna forma que quieran achacarme esas tonterías.

FIN