KILÓMETRO 666

KILÓMETRO 666

Quiero dejar bien claro que cuanto narro en este relato está basado en hechos reales: Sólo se ha cambiado el nombre del protagonista y algún detalle intrascendente por motivos obvios que en nada cambian el fondo de la cuestión.

Justo por debajo del montículo sobre el que se encuentra instalado el faro pasa la carretera Nacional II y en este mismo lugar existe un mirador desde el que podemos apreciar, en toda su magnificencia, las rocas que a unos cincuenta metros más abajo son golpeadas incesantemente por las olas del mar Mediterráneo, quedando las playas de Sant Pol al Sur y las de Calella al Norte. Debo mencionar que en este lugar existe una curva muy cerrada y un gran rótulo indicando que nos encontramos en el kilómetro 666 de la carretera mencionada.

Es muy posible que este punto no sea más peligroso que otro cualquiera de la extensa red viaria de la península, pero los hechos que ahora expondré me hicieron dudar de este convencimiento.

Desde hace algunos años, cada fin de semana y en todas las ocasiones que puedo paso por este lugar para ir a una casa que tengo en un pueblo cercano, no observando nada extraño, salvo un par de accidentes que consideré normales dado la situación de la curva, cuya peligrosidad es nula conduciendo con las precauciones debidas.

Hace tiempo, conocí a un hombre que profesaba una desmesurada fobia al tal kilómetro 666 pues aseguraba que allí afloraban los influjos del mismo Infierno…

-Tan seguro estoy de lo que te digo —decía muy seriamente- que después de observar la gran cantidad de cosas extrañas que allí pasan, he investigado averiguando cosas como que… En esta zona de mar casi no hay vida de ninguna clase, donde es muy extraño divisar un pez. y si lo ves, se mueve con tal lentitud que parece estar enfermo.

Allí, las ondas de radio quedan tan amortiguadas que es muy difícil establecer comunicación de una zona a otra del maldito kilómetro 666, problema que todos los radioaficionados conocen. Si pierdes algo en este sitio ya puedes olvidárlo ya que nunca lo encontrarás.

Luís, que así se llamaba el individuo, me estuvo contando un sin fin de cosas misteriosas a las que yo catalogué como tonterías poco convincentes. No obstante, siempre que lo veía le preguntaba sobre tal cuestión, y un día me contesto a mis preguntas con cierto desdén:

-¿Cómo que si he advertido algo nuevo?

Me contestó con énfasis, poniendo en su boca otra pregunta en lugar de la respuesta:

-¿Acaso crees que estoy loco? ¡Algún día demostraré a todo el mundo que tengo razón con mis inquietudes sobre este lugar!

-¡Luís, por Dios! Yo sólo me intereso porque me apasionan las cosas fantásticas… No vayas a creer que me pitorreo.

Mi amigo me miró con enfado y repuso:

-Esto no son fantasías –añadiendo en tono tajante: Todos respondéis igual. Incluso las autoridades me han negado cualquier tipo de colaboración, seguramente pensando que eso podría espantar al turismo o que se yo; alegando con cierta ironía que esas cosas son supersticiones como lo del número trece, tirar la sal o romper un espejo.

Luís, que ejercía de camionero, hacía continuos viajes al extranjero y cuando volvía y lo encontraba por el barrio,  y siempre invariablemente, la conversación fluctuaba sobre el dichoso kilómetro 666: número del diablo, como él lo calificaba. Pero el caso era que cada vez esa obsesión iba en aumento, como si una mala enfermedad lo estuviera corroyendo y aniquilando.

-No comprendo con este sitio, al fin y al cabo y aun que tuvieras razón y ahí pasaran cosas raras o demoníacas, yo creo que lo mejor que podrías hacer seria ignorarlo como hace todo el mundo y dedicar tu tiempo en pensar en cosas positivas.

-Me es totalmente imposible desviar mi pensamiento en otra dirección… Fíjate hasta donde me afecta el asunto que cada vez que paso por allí siento un escalofrío  como si el mismísimo Satanás me oprimiese el corazón. Es algo superior a mis fuerzas, algo que no puedo controlar por más que lo he intentado. Es como si una fuerza demoníaca me empujase al abismo de ese maldito kilómetro 666.

Pasó aproximadamente un año en el que nada supe de Luís y cuando lo volví a encontrar, y hablamos de lo de siempre, me pareció que ya estaba desvariando con exceso pues me dijo tajante:

-Ahora ya he entrado en un estado de expectación tan cierta que cuando paso por allí veo la imagen de la muerte con su guadaña espantosa y. a su lado, el mismísimo Satanás, que me mira sonriendo y me dice: “Hasta pronto amigo mio!

-¿Cómo no se te ha ocurrido pedir ayuda a un psicólogo?

-Pues sí. Aconsejado por amigos y familiares fui a consultar a uno que me recomendaron. Pero el tal doctor sólo pudo llegar a

esta conclusión:– Usted, me dijo, está completamente sano de cuerpo y mente. Y esa obsesión sólo puede obedecer al excesivo estrés a que está sometido en su trabajo al tener que conducir durante tantos años y tantas horas por carreteras internacionales, La solución es que cambie de trabajo o al menos buscar algo por la comarca, así dormirá en su casa y hará una vida más normal.

Le hice caso: Inmediatamente me busqué trabajo por esta zona, encontrando un puesto de conductor de camión de basura. Lo malo, es que cada noche he de pasar por el maldito kilómetro 666 y eso me deprime puesto que aunque ya no los veo, no dejo de presentir la presencia del diablo y la muerte en tal lugar cada vez que atravieso la curva.

Tras breve pausa, continuó esbozando una amarga sonrisa:

-Ahora he decidido cambiar de aires y estoy esperando para empezar en una empresa de transportes de Andalucía, donde me iré a vivir con toda mi familia. Así que, seguramente, ya no nos veremos más por aquí.

Aquella misma noche, cuatro parejas que volvían de divertirse decidieron hacerlo viajando en dos automóviles. Eran gente joven y entre risas acordaron que las chicas fueran juntas en el coche de delante y los chicos en el de atrás.

Nunca se podrá saber como sucedió exactamente, pero justo al llegar al kilómetro 666, en la misma curva, debajo del faro, surgió un enorme camión de basura cargado hasta los topes y derrapó… ¿O fue el turismo de las chicas? Nunca se sabrá

El caso es que después de un fuerte frenazo el camión volcó sobre el turismo arrastrándolo y precipitándose al abismo tras romper las barreras de protección, dejando sobre el asfalto profundas huellas que, aun hoy, tres años después están; Persisten como mudo testimonio de que aquél terrible accidente en el que perdió la vida mí amigo Luís y las jovencitas ante la vista de sus amigos que, como ya dije, viajaban detrás. Desde aquel trágico día, cada vez que paso por el kilómetro 666 del diablo, siento un escalofrío que me recorre la espina dorsal y hasta alguna noche de esas en que impera la niebla me ha parecido ver la figura de la muerte con su guadaña, saludándome.

Fin