EL LABERINTO

L LABERINTO

 

 

El día amaneció desapacible, frío y lluvioso; a media mañana a la lluvia le sucedió un viento de mil demonios, arrastrando la hojarasca seca que  el otoño abandonase por doquier.

Alguna gente, circulaba por la calle con premura, en general embutida dentro de u generosos abrigos. Iban de un lado para otro intentando detener un taxi de los que, como fantasmas, pasaban. Otros, impasibles permanecían apostados en la parada del autobús, casi todos con las manos metidas en los bolsillos y la vista fija por donde aquel debería aparecer. Allí, entre los que esperaban, estaba D. Nicomedes, uno de los hombres más acaudalados e influyentes de la comarca.

D. Nicomedes, siempre lo calculaba todo y por ese motivo no tenía carné de conducir, ni coche, ni mucho menos chofer, pues consideraba que tener un coche con chofer para estar parado la mayor parte del tiempo, no era rentable; además, comparaba a la ciudad con un enorme laberinto y estaba convencido que si algún día condujese un coche, se perdería absorbido por entre sus miles de calles y se perdería para siempre pues no confiaba ni en la guardia urbana, ni en nadie.

D. Nicomedes sentía gran espanto y cierta atracción insólita hacía los laberintos, a los que siempre profesó gran afición, no dejando de entrar en todos los que se tropezó durante su vida, tanto en parques, jardines, ferias, etc., sintiendo en tales casos una gran congoja hasta hallar la salida, momento en que su espanto se trucaba por una placentera sensación de alivio, brillando en sus pupilas el incontenible fulgor del héroe triunfador.

Ahora, acomodado en el autobús, pensaba en el laberinto privado, el más enorme laberinto jamás visto, el más grande de los laberintos conocidos, el más grande de los laberintos construido nunca, o al menos eso creía pues nunca conoció uno de tales dimensiones y dificultades. Lo había hecho construir en lo alto de una gran montaña donde poseía una finca de más de cien hectáreas; era una meseta a la que se accedía por una carretera única, especialmente construida para llegar allí, donde tenía la gran mansión campestre a la que  acudía siempre que sus negocios se lo permitían y muy especialmente en los fines de semana vacaciones y otras fiestas.

Inició la construcción del mencionado laberinto desde el medio de la enorme finca en cuyo punto se situó una gran plaza con cien bocacalles, partiendo los cien pasadizos, muchos de los cuales descendían a profundidades escalofriantes por medio de escaleras inquietantes que conectaban con oscuros pasadizos subterráneos. Otros en forma de espiral o elípticos  giraban y giraban durante quilómetros y quilómetros, siendo dificilísimo encontrarles su final que a veces era un muro infranqueable o el retorno al principio otra vez del camino recorrido. Otros pasillos terminaban en otras plazas de las que surgían otros quince o veinte pasillos más a cual más insólito, pues la mayoría no conducían a lugar alguno.

Todos los pasillos y plazoletas estaban cubiertos por gruesos cristales imposibles de levantar o mover desde el interior. La construcción se hizo sin ningún plano. Por sí la complejidad fuera poca, añadió cierto tipo de trampas, como puertas que se cerraban al pasar, haciendo imposible el regreso por el mismo sitio o itinerario. Sólo había una entrada y una salida que, a pesar de estar separada por una treintena de metros, su separación real a través de laberinto suponía andar más de diez kilómetros, y eso suponiendo que alguien siguiese en todo momento la ruta exacta. Más de dos años tardó en construirse tan colosal obra, en la que D. Nicomedes gastó una fortuna, algo increíble en él.

Hoy precisamente, D. Nicomedes, iba a estrenarlo, para lo cual había invitado a algunos amigos y conocidos

Cuando nuestro hombre arribó al lugar, ya le esperaban acompañados por sus esposas e hijos.

Nicomedes se enfrascó en una animada charla con todos y tras un ligero refrigerio decidieron penetrar en el laberinto, en el que D. Nicomedes dijo haber depositado un valioso premio para el primero que llegase a la salida.

El premio, consiste en una joya de platino de gran valor. También en el centro del laberinto, en una mesa que mandé poner en su día, el primero que llegue tendrá otro premio consistente en una agradable sorpresa, informó el potentado.

-Uno de los amigos objetó:

-En tal caso, tú no deberías participar ya que conoces  el itinerario.

-La verdad -contestó él- Es que estoy igual que vosotros, ya que lo hice construir sin planos, al libre albedrío y no recuerdo ni un tramo de dos palmos

Otro intervino y dio su opinión:

-Yo creo que tú debes quedarte fuera, a fin de…

– No te preocupes que no quiero competir con vosotros, no me gustan las reconfianzas., ni las suspicacias, me quedaré afuera esperando. Pero que conste  que como ya he dicho para mí el itinerario es tan desconocido como para vosotros.

Después entre risas y bromas sus amigos, los niños y sus esposas o novias, pues también había gente joven, fueron penetrando en el enorme galimatías.

D. Nicomedes, se quedó solo en su mansión campestre. Solo porque no tenia familiar alguno en Barcelona ni  criados, ni un perro que le hiciese compañía, pues como ya sabemos, él siempre calculaba, y el gasto propio de unos criados y de una esposa, los hijos y lo que ello trae aparejado, siempre le pareció un pésimo negocio. Tenía amigos por lo que representaba, en cuanto a su situación en el mundo empresarial y comercial.

Se sentó en el porche de su espléndida mansión, desde donde se podía observar cualquier novedad que se produjese.

Consideró que la cosa no era una perita en dulce; que al menos pasaría una hora o más hasta que apareciese alguien por la salida del laberinto, pero empezó a impacientarse cuando, tres horas más tarde, nadie dio señales de vida.

Durante la espera, a veces se aproximaba a la salida del laberinto sin escuchar nada en absoluto, ni el más leve sonido.

Así pasó el día y, cuando las primeras sombras invadieron el contorno, nuestro amigo sintió que un tremendo espanto se adueñó de él. El silencio seguía reinando, ahora sólo roto por el gemido lastimero de una  brisa pavorosa.

Nicomedes, sobrecogido por el Intenso temor que le dominaba, se acercó a la entrada del laberinto y empezó a gritar, llamando a sus amigos:

-jAnselmooool ¡Enriqueeee! ¡Ramónnn! ¡¡¡¡¡ ¿Donde estáiiiiis?!!!!!

Los mil ecos que se producían dentro del singular laberinto le contestaron:

«jAnselmoooo! ¡Enriqueeee! ¡Ramónnn! ¡¡¡¡ ¿Donde estáiiiiis?!!!!!

No se atrevió a entrar en aquella oscuridad, que le recordaba la boca de un negro abismo.

De pronto le pareció escuchar algo así como un alarido de muerte. No aguantó más, y salió corriendo, se metió en la suntuosa casa, cerró a cal y canto y se acostó convencido de que, al alba, las cosas se verían más claras y que, seguramente, todos saldrían de allí sin más.

No pudo conciliar el sueño. Lo ocurrido se antojaba mentira, parecía absurdo que más de treinta personas hubiesen entrado en aquel laberinto y aún no hubiese salido ni una.

Pero, ¿Y si mientras el se dirigía directo a su casa  ellos salieron y se habían marchado?

Pensó que debía avisar a la policía o a los bomberos, a alguien que pudiera ayudarle,

Pero ¿Y si en ese caso acusaban de criminal por construir sin licencia tan horrendo artilugio?

Enfrascado en tales lucubraciones, transcurrió la noche y, cuando ya amanecía, se dirigió al lugar donde estaba el laberinto; nuevamente  pero, viendo que nadie contestaba, decidió buscar ayuda.

Tras meditar a quién podía avisar, llegó a la conclusión de que era mejor esperar un poco más, no podía meterse en  complicaciones hasta no estar seguro.

Así, un día por otro, el tiempo fue transcurriendo inexorable, y se sintió perdido: había dejado pasar quince días, ahora todo era más complicado, ya no podía  hacer nada o le acusarían de vaya usted a saber; lo mejor sería esconder los coches de sus amigos dentro de la finca y seguir esperando hasta ver  que había ocurrido.

Y pasó un mes y otro, así hasta seis. No se sabía dónde diablos estarían los desaparecidos, pero a él nadie le preguntó; seguramente nadie sabia donde habían ido aquel día aciago, ni familiares ni vecinos ni policías, nadie los debía haber echado de menos. Seguramente nadie sospechaba nada de él en absoluto.

Pero la sombra de sus amigos y familiares se le antojaba que lo maldecían  en la noche , y durante mucho tiempo estuvo sin volver a la finca.  Ahora se sentía un ser execrable, un hombre que por haberse dejado dominar por un capricho absurdo y el terror de un cobarde,  había  abandonado a su suerte a más de treinta personas. Ahora su espíritu estaba enfermo de espanto, temeroso de que tarde o temprano se descubriese todo, y ya había transcurrido un año.

Un día alguien al verlo le llamó

-¡Eh, Nicomedes!

Se volvió temeroso y se encontró con Serafín, uno de los mejores compañeros con que contó durante el servicio militar. Habían pasado más de veinte años, pero ambos se reconocieron como si sólo hubiese transcurrido uno.

Nicomedes, al principio, casi no quería hablar, pero ante la insistencia de su antiguo camarada, que lo encontró decaído, decidió contarle su problema, realmente sentía necesidad de compartir su secreto can alguien y Serafín era sin duda el adecuado. De carácter expansivo, leal y amable. Serafín pronto lo podría entender y tal vez pudiera ayudarle o aconsejarle de alguna manera.

Serafín era más bien bajo, piel cetrina, pelo escaso, ojos brillantes, conversación fluida y alegre: inspiraba confianza y Don Nicomedes le contó todo el problema.

-¡Pero hombre! -dijo su amigo- lo que debiste hacer era pedir ayuda. Ahora si que estás metido en un buen lío por negligencia; yo creo que, a pesar de todo hay que avisar a la policía, creo que ellos comprenderán.

Nicomedes con acento vencido comentó:

-Por mucho que me comprendan, son treinta y dos muertos y lo más fácil es que vaya a la cárcel para siempre. Esto es mi ruina. He destrozado mi vida y la de eso desgraciados, no tengo perdón de Dios.

 

 

Capitulo II

 

En tal caso, sólo puedes hacer una cosa; borrar cualquier huella. Debes quemarlo todo, los coches, los cadáveres… ¡Todo! ¿Entiendes…?

-Sí, pero… ¿Quien va a buscar los cadáveres? Yo no tengo valor de entrar allí de donde, estoy seguro, no saldría. A propósito, si me ayudas, te pagó lo que tú quieras, puedes pedir lo que consideres justo.

D. Nicomedes no se creía lo que el mismo estaba diciendo. El que siempre arañó con codicia una mísera moneda de un céntimo. Que el único capricho que se había permitido en su vida fue la construcción del maldito laberinto (una verdadera fortuna). Ahora ofrecía el dinero que su amigo decidiese.

Y su antiguo amigo contestó:

-Bien sabe Dios que necesito un milagro para salir de la miseria en que me encuentro; Sin trabajo, con una esposa y cuatro niños esperando un mendrugo de pan que acalle su hambre. Pero, no te cobraré nada, te ayudaré porque soy tu amigo. No sé si rayaré en un delito, pero yo soy así, siempre lo he sido y nunca cambiaré,

D. Nicomedes quedó muy impresionado, jamás pensó que hubiese personas así en esta vida. Así que propuso:

-Gracias, Serafín, ahora ya es tarde para nada, pero mañana te esperaré aquí mismo a las siete de la madrugada. Toma estas diez mil pesetas, que es todo lo que llevo encima. Entrégaselas a tu esposa y no te preocupes por el trabaje. Cuando solucionemos esto, te garantizo un puesto de los mejores de una de mis fábricas. Te suplico que no cuentes a nadie, ni a tu esposa, nada de esto.

Serafín, con gran emoción en su semblante, cogió el dinero y con un fuerte apretón de manos se despidió de su amigo.

Al otro día, a las siete, cuando llegó D. Nicomedes al lugar citado, ya estaba Serafín esperándole. Detuvieron un taxi y se fueron a la finca. Una vez allí, decidieron:

-Yo entraré -dijo Serafín- y en cuanto tenga novedades saldré a decírtelas,

-¡Oh, no! -repuso D. Nicomedes- tengo preparado un plan; tú entrarás, pero llevarás una cuerda en la mano y un radio teléfono, además. Irás marcando el camino con un bote de pintura en aerosol. Cada vez que cambies de dirección, deberás pintar una flecha que indique la dirección seguida. De esa forma, al volver, seguirás el mismo camino, bien por la cuerda  o bien por la pintura. En cuanto al radio teléfono, con él mantendrás continua comunicación conmigo a fin de irme comunicando los pormenores que vayas encontrando.

Serafín  tras un corto carraspeo, agregó:

1 -Oye, ¿Y no se te ha ocurrido subir ahí arriba e ir andando por encima del cristal que hace de techo?

-Si, ya lo hice, pero ese cristal es opaco. Sólo deja pasar la luz, la imagen del interior no se ve y es imposible romperlo o levantarlo, es muy grueso, sólo una máquina podría moverlo. El día que decidí subir, habían pasado sólo cinco jornadas y di golpes esperando alguna respuesta, respuesta que no recibí a pesar de mi insistencia.

-Entonces, lo único que podemos hacer es entrar. Lo haremos como tú has propuesto.

Diez minutos después, Serafín ya estaba dentro del laberinto y cinco más tarde decía a través del radio teléfono:

-Nicomedes, la cuerda la tengo que dejar, de tanto dar vueltas de un lado para otro, se ha puesto tan tensa que no puedo tirar más de ella.

-Está bien, no pensé en ese detalle. Menos mal que puedes marcar el trayecto con la pintura.

Y Serafín, siguió adentrándose. De súbito algo cayó a sus espaldas, se volvió y vio como el pasillo se había cerrado a sus espaldas por una puerta metálica. Algo asustado comunicó el hecho a D. Nicomedes.

-Eso son puertas que se cierran al pisar en ciertos lugares. Ahora no te queda más remedio que buscar otra salida y buscar las marcas antes de seguir adentrándote.

Así pasó mucho rato y el radio teléfono a pesar de que Serafín llevaba pilas de recambio en abundancia y las cambió en varias ocasiones, cada vez se oía más débil, como más distante. La pintura se terminó y Serafín empezó a encontrarse con marcas de esta por todas partes a la par que de vez en cuando, a sus espaldas se le iban cerrando las puertas. Entonces, muy asustado dijo por el radio teléfono:

-Nicomedes, me encuentro perdido. Debes subir al techo; yo daré golpes desde aquí, cuando me localices marcas el sitio y ves a buscar algo que pueda romper el cristal. Por favor, date prisa, quiero salir. Después ya encontraremos otra forma de investigar.

D. Nicomedes se subió al techo y fue buscando para detectar al lugar por donde Serafín golpease, pero ya el radio teléfono no respondió.

Otra vez D. Nicomedes se encontró sumido en una gran congoja. Esperó y desesperó, tratando de conectar de diversas ocasiones con su amigo, pero todo fue inútil. Un silencio espantoso fue la única respuesta y, como en la anterior ocasión, se refugió en su terror y así pasó el tiempo. Hizo levantar una muralla de dos metros alrededor de la finca para que nadie pudiese entrar y reforzó la puerta. Desde aquel Día, ya no volvió por allí y pasó un año… Y otro…, hasta llegar a veintidós.

D. Nicomedes, con ochenta y dos años, vio que la vida le abandonaba. Su vieja y decrépita humanidad se derrumbaba… Entonces recordó a su amigo Serafín y, por medio de un detective, hizo que localizasen a su familia, cosa que no hizo antes por miedo a que la policía interviniese. Ahora, en lo últimos días de su vida ya nada le importaba, deseaba corregir en lo posible sus errores. Como no tenía herederos, dejaría su fortuna a los familiares de Serafín y a la de los otros.

Cuando el detective contó a la esposa de Serafín que alguien la quería hacer heredera de una gran fortuna  quedó muy sorprendida y fue a ver a su bienhechor para que le contase el motivo por el que lo hacia..

-Lo hago, porque Serafín era un gran amigo mío. Me he enterado de su situación y he querido ayudarles.

María, que es como se llamaba la esposa de Serafín, no quedó convencida de tanto desprendimiento y aunque necesitaba mucho el dinero, ante todo por sus hijos que, aunque ya eran mayores, se encontraban en una situación muy precaria. Así que pensó que D. Nicomedes debía de ser quién le dio las diez mil pesetas a Serafín aquél último día que lo vio y que, ni por todo el oro del mundo, dejaría de averiguar el destino de su marido o paradero, Así que, ni corta ni perezosa, denunció sus sospechas a la policía y ésta llamó a D. Nicomedes a declarar.

D. Nicomedes lo contó todo al comisario y por fin se sintió aliviado.

Dos días después, varios policías se introdujeron en el laberinto y como pasó siempre, enmudecieron.

Al otro día el comisario expuso otro plan.

-Formaremos una cadena, un hombre pasará tras otro sin perderse de vista, mandaremos cien mil, los que sean necesarios, pero esto hay que resolverlo ¡Ya!.

Pero la cadena quedó cortada porque las puertas se cerraban y la cadena quedaba cortada entre ellos y la confusión se convirtió en un miedo atroz que hizo retroceder a cuantos trataron de profundizar en el misterioso laberinto.

-¡No queda más remedio! Eso es lo primero que debíamos hacer, destruir el laberinto. ¡Lo demoleremos!.

Habían perdido siete hombres y debían rescatarlos pronto, o también morirían. Así que, aquel mismo día, dos enormes buldózer empezaron su cometido. Las paredes del laberinto fueron cediendo una por una.

-¡Marchen en dirección al centro! -gritaba el capataz.

Y un sendero fue abriéndose directo al centro. Tres o cuatro horas después llegaron las máquinas y los policías detrás.

Y cuando llegaron, contemplaron con inusitado asombro algo insólito, lo último que esperaban encontrar; varías personas de edad media los fueron a recibir con la sorpresa en sus rostros.

-,¿Qué pasa? ¿Por qué están destruyendo el laberinto? -preguntaron asombrados, mientras, a lo lejos, no mucho más allá un grupo de niños jugaba a pelota.

¿Quienes son ustedes? -indagó por su parte un policía.

-Somos amigos del dueño de la finca, D. Nicomedes. Esta mañana hemos entrado en este laberinto para, como en un juego, buscar un premio, a la vez que los críos pasan sanamente el día.

Intervino otro hombre, que dijo: Yo también soy amigo de D. Nicomedes que por lo que parece me ha gastado una broma de mal gusto, pues me ha contado que ellos

habían entrado hace más de un año y resulta que han entrado un momento antes que yo, o sea, esta misma mañana. Por cierto, no nos ponemos de  acuerdo con la fecha…

-,¿Ah, sí? -le atajó el inspector. Luego, tras carraspear preguntó: ¿Y cuando ha entrado usted?

Serafín respondió:

-Yo he llegado hace unos veinte minutos.

-,¿Y no han visto a otros policías? -preguntó el inspector con cara de asombro.

• -Pues no, sólo les hemos visto llegar a ustedes.

•-¡Bueno!, esto es el colmo! ¡Vamos todos a comisaría Esto hay que aclararlo!.

Y mientras iban saliendo, se les iban sumando los policías que faltaban. Por lo visto estaban extraviados por entre la parte que aún estaba en pie del laberinto.

En la comisaría se llamó a los familiares de todos, así como a D. Nicomedes.  Y quedaron asombrados  al saber que no fueron veinte minutos los que estuvieron dentro del laberinto, sino más de veinte años.

Y lo más asombroso es que los niños seguían siendo niños  y los mayores mantenían su aspecto inalterable, mientras los familiares y amigos de fuera habían envejecido normalmente.

Serafín, con sus cuarenta y dos años, se encontró con que su esposa tenía más de sesenta años y los niños tenían a sus compañeros de colegio en  ya eran mayores y muchos, casados.

Y D. Nicomedes se maldijo por no haber entrado con ellos en el laberinto.

Nadie halló una explicación a este misterio, así que se intentó reconstruir el laberinto, pero como no existían planos ni nada, el resultado ya no fue el mismo. Los que entraban, al otro día sentían un hambre atroz, las comunicaciones con el exterior nunca se cortaron como pasaba antes y, cuando salían había pasado el tiempo igual que afuera.

Durante mucho tiempo se buscó la forma de hallar las propiedades perdidas del laberinto, pero todo fue inútil y muchos dijeron:

“Se pudo haber dejado como estaba, pero las prisas destruyeron el laberinto de la vida eterna, donde podrían haberse salvado muchas vidas, porque los que estuvieron, contaron que lo que más les sorprendió fue ver que allí habían extensiones de tierra infinitas”.

Y D. Nicomedes murió quince años después, en compañía de sus jóvenes amigos. La justicia lo perdoné, porque no existió crimen, o sea no hizo mal a nadie, ni tuvo intención de hacerlo.

Sus últimas palabras fueron:

Que lástima, lo más grande que hice en mi vida y no lo pude ni probar…

 

 

FIN