EL LIBRO DE SATÁN

Antonio Larrosa Díaz El libro de Satán

 El libro de Satán

Ojeando la amplia biblioteca del castillo, propiedad de Marqués de Lago Seco, de cuya amistad tenía el honor de disfrutar, hallé en el rincón más oscuro y lóbrego un extraño libro que despertó mi atención, al observar que no tenía título ni nada escrito sobre sus tapas, ni en el lomo que pudiera identificarlo.

Tanta fue la curiosidad que me produjo el hallazgo que, sin siquiera abrirlo, le pregunté a mi amigo el Marqués, que en aquellos momentos se encontraba leyendo una vieja edición dela Biblia, sentado ante una ventana por la que entraban los sonidos del cercano bosque y los fulgurantes rayos del sol de aquel inolvidable día otoñal.

– ¡Óye, Julio Juan!, ¿conoces esta obra?.

El Marqués levantó la vista por encima de las gafas y, sin prestar una gran atención sobre el libro, contestó con gesto desdeñoso:

– Lo más seguro es que se trate de algo religioso. Ya sabes que mis antecesores eran auténticos aficionados a esa clase de literatura.

– jAnda, cómo tú!, pues siempre te veo leyendola Biblia…

– ¡Está bien, me has pillado!, ¿pero por qué no lo abres y me dejas tranquilo?.

Un poco abochornado por el cariz de distensión que se había patentizado con aquella respuesta esquiva de mi amigo y al fin de no irritarlo más, pues no parecía muy dispuesto a perder el hilo de lo que debía estar leyendo, propuse tímidamente:

– Si no te molesta, prefiero que me lo dejes para leerlo en casa.

– Mira, si tanto te interesa, ¡te lo regalo!.

Estas fueron sus ultimas palabras, porque apenas éstas salieron de sus labios, en ese preciso instante, como si un rayo lo hubiese fulminado o un puñal le hubiera atravesado el corazón, el Marqués de Lago Seco, mi estimado amigo, se desplomó cayendo hacia atrás con los ojos desmesuradamente abiertos, muerto, sobre el suelo desnudo de la amplia sala.

Varios días después del sepelio del honorable personaje, aún tenía el libro sobre mi mesa sin ánimo de iniciar la aventura de leerlo, pues algo extraño, como si una muralla mágica se interpusiera entre ambos, me advirtiese de algún maleficio existente en él.

Constantemente me preguntaba si aquel suceso había sido casual, cosa que me extrañaba, ya que el Marqués gozaba de una excelente salud, como bien atestiguaron con idéntica sorpresa los médicos de la familia. La verdad es que no sabía qué hacer…

Y tanto era el terror que aquel volumen me había suscitado que no me atrevía a comentar mis sospechas e inquietudes con nadie, pues lo más lógico y seguro era que se burlasen de mí o me sucediera algún percance. El caso es que los días pasaban y seguramente por mi desasosiego empecé a perder el apetito y, como consecuencia, mi estado de salud inició una deplorable caída, llegando a producirse grandes malestares, vómitos, mareos y dolores asfixiantes en el corazón, entre otras cosas no menos terribles.

Como yo sabía los motivos de mis problemas, me negaba en redondo a ser inspeccionado por médico alguno, ante la sorpresa de mis familiares, que no imaginaban nada, ni entendían nada. Un día, lleno de desesperación, decidí abrir el dichoso libro y que fuera lo que Dios quisiera, pues ya me era imposible aguardar más. Temblando por la debilidad y la emoción que me embargaba, me senté ante el culpable de todos mis males, levanté la tapa y empecé a leer…

“Este es el libro de Satán, y tú, Antonio, desde este momento te haces responsable con tu integridad de mi protección. Ya viste lo que le sucedió a tu amigo por no respetar esta condición”.

1 Antonio Larrosa Díaz El libro de Satán

Cuando leí lo anteriormente dicho, quedé perplejo, indudablemente aquel libro era diferente a cuantos había podido tener en mis manos, ¿o yo estaba delirando?. Seguí leyendo,

“De aquí emana todo mi poder sobrela Tierra. Tú, desde ahora, serás mi esclavo y habrás de cuidarme siempre hasta la muerte, en la que serás relevado por tus descendientes, aunque no lo sepan, porque no lo ha de saber nadie jamás. Nunca deberás desprenderte de mí, donándome o vendiéndome. Desde ahora tú eres mi dueño y yo el tuyo. Si atentas contra mi, serás hombre muerto, pero si me proteges, podrás tener cuanto de material existe en este mundo con sólo pedírmelo”.

“Quiero recalcar, que nadie ha de saber por tu boca este secreto, ni tan siquiera familiares, amigos, enemigos, o desconocidos, pues la maldición se haría extensiva a ellos. Deberás guardarme en sitio seguro y sabrás que, dentro de un tiempo, si tu comportamiento no me agrada haré que me olvides y, en tal caso, al perder el control sobre mi, aumentarán los riesgos, que es lo que pasó con tu amigo el Marqués de Lago Seco”.

Y con estupor, vi como todo lo que había leído se borró. El resto también quedó en blanco, por lo que nunca supe si en aquellas páginas, alguna vez, hubo algo importante escrito.

Varios días después volví a revisar el misterioso volumen negro y pude comprobar que estaba en blanco desde la primera a la última página. Indudablemente aquello no era una edición normal, y mi vida corría serio peligro, mi cabeza no paraba de dar vueltas tratando de encontrar una solución… ¿cómo podría deshacerme de aquella pesada losa que pendía sobre mi persona, amenazando con aplastarme?.

Nunca pasó por mi mente aprovechar la propuesta de conseguir cosas con el poder demoníaco ofrecido por Satán; al contrario, sabiendo que eso podía enfadarle, siempre que podía rezaba a Dios, pidiéndole que se apiadara de mi y me ayudase a salir de tan tremendo trance en el que me había involucrado sin beberlo ni buscarlo, como vulgarmente se dice.

Estaba sentenciado a muerte y, sin duda, tarde o temprano, el maleficio se cumpliría. No era nada agradable vivir en esa situación, aunque si bien el desasosiego era tanto o más que el que tenía antes de la lectura, ahora me había repuesto y otra vez volvía a gozar de buena salud.

Pero es que… ¿acaso no estamos todos los seres vivientes sentenciados a muerte?. Y, si más tarde o más temprano, esa sentencia se ha de cumplir, ¿por qué entonces me estaba amargando la vida con esa idea?.

Sólo tenía que cuidar de forma exquisita el maldito libro a fin de que no pasara a manos extrañas. La cuestión era tenerlo en lugar seguro y pensé en enterrarlo metido dentro de una pequeña caja de caudales. Pero si eso no le agradaba a Satán, ¿qué podría pasarme?.

Medité, filosofé si aquel objeto ejercía algún mal sobre la humanidad, lo más atinado sería destruirlo quemándolo, pero después pensé que mi sacrificio sería inútil, ya que los poderes que tiene el demonio no creo que fueran anulados tan fácilmente.

Al fin, puse el libro en mi biblioteca, mezclado con los otros, y cerré ésta con llave a cal y canto, guardando dicha llave en lugar seguro. Un día, pasado cierto tiempo de lo antes enunciado, advertí que alguien había forzado la ventana y, tras entrar en la biblioteca, había robado sólo el libro de Satán, cosa que me extrañó muchísimo.

¿Por qué el que entró a robar se conformó sólo con aquel libro?. Cerca, en esa misma estantería, había otras cosas de valor, como por ejemplo, un reloj de oro. También estaba la caja de caudales con algo de dinero y, por cierto, ese día estaba abierta por haberse roto el cierre.

¿Y cómo es que no me había muerto al perder el control del volumen maldito?. Pensando, pensando, llegué a la conclusión de que la maldición no mencionaba el caso de robo, o tal vez era una añagaza satánica y el objeto en cuestión había cambiado de aspecto o lugar, pero por más que investigué nada logré aclarar.

2 Antonio Larrosa Díaz El libro de Satán

Ahora, vivo inmerso en un mar de dudas e incertidumbres a cual más terrible, y cuando me entero de que alguien ha fallecido repentinamente, siempre investigo, por si ha dado un libro a alguien en el momento de su muerte.

Tal vez, cuando se publique este escrito, yo ya haya sido víctima de la maldición. De todas formas, pido desde aquí que todo aquel que tenga una biblioteca, vigile, con sumo cuidado, por si en ella se encuentra un libro de tapas negras y sin título.

FIN

3