EXTRAÑA SIMBIOSIS

EXTRAÑA SIMBIOSIS

 

Desde hacía cierto tiempo, notaba que mi biblioteca se degradaba a un ritmo exasperante y raro era el día en que no encontrase algún desperfecto en mis amados libros. Por la forma y las huellas (diminutos excrementos,) deduje que los desmanes literarios los estaba produciendo un ratón que había elegido mi sala de lectura como su restaurante predilecto, para satisfacer tan exquisito y culto apetito gastronómico.

La situación requería una actuación inmediata, así que opté por instalar algunos cepos adecuados para tal clase de bichos. Sin embargo, ni los cepos, ni el gato, ni el veneno que me recomendó el droguero funcionaron, aquel roedor poseía un extraordinario sentido de conservación que complicaba el problema. Pensando de que forma podría atrapar al intruso, llegué a la conclusión siguiente: como el ratón tenía la costumbre, cuando empezaba a comerse un libro, de no pasar a otro hasta que no lo acababa, compré una jaula trampa en la que introduje el resto de la primera parte del Quijote ( que tenia medio comido) y al día siguiente cuando fui a comprobar el resultado del experimento, !oh sorpresa! Allí,  acurrucado y tembloroso se hallaba mi odiado y astuto enemigo!

-¡Te pillé maldito roedor! -grité alborozado, cual gato de película de dibujos animados.

Con indescriptible alegría, cogí la jaula y me dirigí` a la bañera para sumergirla en el agua con el ratón dentro y terminar con mi pesadilla. La introduje lentamente con el ratón asustadísimo y el resto de la primera parte del Quijote, ya irrecuperable. El animalito se aferraba desesperadamente a los alambres de la jaula, mientras profería estruendosos chillidos y me miraba fijamente como si me implorase piedad, tratando de salvar su mísera vida. Yo sólo tenía que hundir la jaula en el agua y esperar un par de minutos, incluso dejarla caer y alejarme de allí, pero no pude hacer ni una cosa ni otra. Los chillidos del animalito y su extraña mirada habían conseguido debilitar mis instintos vengativos… No pude ahogar al ratón, así que  pensé llevarlo al campo y. dejarlo en libertad, y tanta lástima me inspiró el “come libros” que temblaba de frío, que decidí poner la jaula frente a una estufa para que se secase. Verdaderamente, aquel ratoncito me estaba fascinando, pues con su mirada parecía darme las gracias por no haberlo matado.

Un día por otro fui postergando su abandono o muerte y me di cuenta que lo estaba cuidando como si de un pajarillo se tratase. Lo empecé a alimentar con queso, agua, etc. eso si, sin sacarlo de la jaula. Por las tardes, cuando leía o escribía, lo observaba de soslayo. Otras veces, me miraba fijamente y me dedicada pequeños chillidos, como implorando su libertad.

Con el paso del tiempo, entre “Panchito “(nombre que le puse al roedor) y yo, surgió una especie de amistad y confianza. Cuando le daba de comer en mi mano, me lamía los dedos como si se tratase de un perrito.

Poco a poco “Panchito” fue ganando mi confianza hasta que un día decidí abrir la jaula, arriesgando que se escapase y tornara a las andadas.

Mis temores se eclipsaron rápidamente. El ratoncito se aproximó tranquilamente a la puerta de su prisión, asomó la cabeza con suma cautela, miró a un lado y a otro y salió muy despacito. Después se puso a pasear muy lentamente y apenas dos minutos más tarde, como si la libertad no le interesara, se volvió a la jaula y tras dedicarme una mirada de… ¿agradecimiento?, se acurrucó y se quedó dormido.

El periódico en el que trabajaba cerró sus puertas y me quedé sin empleo. Como no encontraba otra colocación, pronto la cuenta del banco se quedó agotada. En casa todo era mal humor, imperaban las preocupaciones y el desasosiego. Incluso mi esposa se  permitió la desagradable ocurrencia de echar la mala suerte a ‘Panchito”: -Desde que ese asqueroso bicho entró en esta casa todo se ha torcido. Y añadió: -Estos son los últimos euros que hay en casa… ¡Ahí los tienes!, a ver si eres capaz de llegar a fin de mes hasta que cobres el subsidio de desempleo.

Dio un estruendoso portazo y salió de la estancia. Poco después también lo hice yo, dejando el billete de cien euros cerca de la jaula de mi pequeño amigo.

Al día siguiente cuando desperté, me dirigí presuroso a la biblioteca decidido a coger el dinero y afrontar la situación como Dios me diera a entender. Cual no sería mi sorpresa al ver que el ratón se  lo estaba desayunando tan campante. Como un loco agarré a Panchito y acercándomelo a la cara le grité; -i Eso no se hace maldito roedor!..¿Acaso tienes hambre? ¿Acaso no te cuido? ¡Me dan ganas de matarte!.. Era tal mi enfado que le restregué el morro por los restos del billete, con tal violencia, que cuando lo solté mi mano estaba mojada de su sangre. Inmediatamente me arrepentí y empecé a curarle las heridas, a la vez que le pedía disculpas, (Como si me pudiera entender) por mi bárbara acción. Después, como aún era temprano, me acosté de nuevo. Pero no conseguí dormir

pensando en lo acontecido. Cuando me levanté, lo primero que hice fue dirigirme a la biblioteca para ver como se encontraba el pequeño animal. Panchito dormía plácidamente y junto a la jaula habían cinco billetes de cien euros… Ante tan Sorprendente hallazgo, le pregunté a mi mujer si los había puesto ella, pero ella nada sabía…

Al día siguiente de nuevo encontramos otros cinco billetes de cien euros, Extrañados empezamos a vigilar al ratoncito comprobando que Panchito salía de casa cada noche se esfumaba raudamente entre las sombras nocturnas y una hora después regresaba con los cinco billetes. Nunca supimos de donde demonios sacaba aquel dinero. Nadie decía nada sobre el particular. En pocos meses habíamos reunido una considerable cantidad de billetes que guardábamos temerosos en un escondrijo del sótano, ya que su posesión era injustificable. Algunas veces expuse a mi mujer el hecho como si de un delito se tratase, del que podríamos aterrizar en la cárcel: que deberíamos encerrar al ratón para que dejase de traer dinero… Pero ella alegaba que el animalito debía cogerlo de algún lugar en el que habrían montones, ya que nada se sabía, ni por la prensa, la radio o la televisión.

El caso es que el ratoncito  desde aquel día ya no le producía náuseas a mí esposa,  le resultaba  simpatiquísimo,  había que quererlo muchísimo… Y que a nadie se le ocurriera ponerle una mano encima bajo ningún concepto. Le compró una camita de muñeco, le añadió un mullido colchoncito, sábanas, mantas, etc. Lo acicalaba continuamente y hasta le consiguió algunas ratoncitas, aunque él siempre las rechazaba furioso.

Tantos desvelos, me confirmaron la teoría de que el dinero puede cambiar la actitud de las personas.

Un día se propagó la noticia que al director del banco se le había descubierto el desfalco de un montón de millones, que parecía lo había efectuado de una forma metódica desde hacía unos meses. Como es natural, el banquero lo negaba todo, alegando que aquello era una confabulación o el robo de algún otro empleado poseedor de una llave falsa.

Conocía al hombre y me constaba su inocencia pues parecía muy buena persona. Estaba claro que el dinero era el que nosotros teníamos. Así que ni corto ni perezoso y sin mencionar tal decisión a mi esposa me fui directamente a la comisaría. Pregunté por el comisario y en su presencia empecé a confesar: -He venido a decirle lo que sé sobre el dinero del banco… El policía no me dejó continuar, pues me interrumpió bruscamente con estas palabras: -Le agradezco su colaboración, pero ya está todo aclarado. Hemos investigado y descubierto que el banquero había hecho ciertas inversiones inmobiliarias y ya ha confesado ante el juez.

¿Entonces se ha recuperado el dinero? -pregunté tibiamente.

-Hasta el último céntimo. Puede usted irse tranquilo, su cuenta en el banco está garantizada.

Varios días después fui a releer Ana Karenina y al coger el libro descubrí que sólo quedaba el lomo y las tapas. Asombrado fui revisando toda la biblioteca, comprobando que los mejores libros clásicos comoLa Divina Comedia, las tragedias de Shakespeare, Madam Bobary, Crimen y castigo, Etc., estaban en las mismas condiciones, aunque eso si, todas perfectamente colocadas en las estanterías.

-i Vaya bromita!.. El ratón se había ido comiendo los libros con tal astucia que ni me había percatado, obviamente apenas representaba una ínfima parte de fa fortuna que Panchito nos había proporcionado, así que volví a ponerlos restos de aquellos  libros como estaban y le susurré al pequeño mamífero: – Eres un tío listo, pero como ves, te he descubierto. Le rasqué la espalda, cosa que le complacía extraordinariamente, y añadí:

-Estoy seguro que me entiendes, haz el favor de dejar de traer dinero o al menos dime de donde lo sacas; quien eres, y de donde procedes… Estoy seguro que me entiendes y que además puedes comunicarte conmigo de alguna forma. Seria para mí muy importante saber porque te comes los libros y especialmente los más famosos, como son los clásicos y casi no tocas los modernos, siendo algunos reconocidos por la crítica y premiados. Panchito no respondió, se fue al salón, puso en marcha el televisor (era la hora de su programa favorito: “Historias literarias”) y se quedó absorto contemplándolo con gran interés.

Llegó el día de Navidad. Me encontraba abstraído contemplando el belén que habían montado los niños, cuando una potente voz resonó dentro de mi cerebro, y digo dentro de mi cerebro, porque fuera todo era silencio absoluto. La voz me ordenó: -LLama a la familia, porque ha Ilegado la hora…

El ratón estaba frente a mí, erguido, rampante. Como un ser humano, como nunca lo había visto. Me miraba de una forma hipnótica y de nuevo oí aquella voz en mi cerebro que me dijo:

-No te sorprendas, soy yo el que te habla en el idioma universal, que algún día también hablaréis en este planeta. Tú oyes lo que tu cerebro ha sintetizado de los pensamientos que yo te transmito. Asombrado, llamé a toda la familia y les comuniqué lo acontecido. Ya en presencia del roedor, todos escuchamos dentro del cerebro lo siguiente: -Os he reunido para comunicaros mi inminente partida. Todo llega en la vida y ha llegado el momento de despedirme de vosotros que me habéis facilitado la misión que tenía encomendada y en compensación os he ayudado a superar la crisis. Entre nosotros ha nacido un vínculo de amistad y colaboración y por eso me veo obligado a explicaros cosas que  de no hacerlo, podrían dejaros algo confundidos y dudosos. Pertenezco a otro lugar del Universo. Actualmente estamos investigando las costumbres, adelantos e historia de vuestro planeta y soy uno de los que recopilan vuestra literatura, otros investigan otras cuestiones como ciencias, medicina técnica, etc. Como ya he dicho, debía estudiar lo mejor de la literatura de este planeta, por eso escogí esta magnífica biblioteca que debía memorizar con un sistema incomprensible para vosotros. Tal sistema se basa en la completa desintegración de textos, que tras su asimilación serán reproducidos exactamente igual en un ordenador en nuestra nave cósmica, sistema este, que empleamos para hacer las copias de los billetes de banco, lo que hicimos por lo bien que os habéis portado conmigo, y en compensación por los desperfectos. Esto supuso un gran esfuerzo para la máquina, porque el tamaño era enorme para ella, y había que copiar todos los sistemas anti falseo, incluidos  los números de serie y papel moneda. En cambio los libros los dejamos memorizados en un ínfimo soporte, capaz para contener toda la información del planeta.

Pese a nuestros ruegos, Panchito se dirigió al patio. Ya era de noche. Allí estaba posado una especie de platillo volante, surcado por infinidad de luces que emitían destellos fulgurantes y ante cuya puerta abierta habían varios ratones rampantes uniformados portando armas o algo parecido.

Los ratones saludaron a Panchito y después de cerrar la escotilla oímos la voz del comandante, que por el sistema mental nos saludó con estas palabras: -Les habla el comandante de la nave espacial “Ratoncito Peres” Estamos muy agradecidos por su colaboración y les invitamos a visitar nuestro mundo cuando lo deseen. Para lo cual, sólo tienen que dirigir su pensamiento en dirección ala Osa Mayor.Vendremos por ustedes a la mayor brevedad. Adiós amigos!.

Después, las luces empezaron a girar cada vez más deprisa, hasta que toda la nave se convirtió en una esfera incandescente. Ascendió verticalmente unos cincuenta metros en el más absoluto silencio y salió disparada, describiendo un arco elíptico muy luminoso, como si fuera la estrella de Navidad, y al instante desapareció en la inmensidad cósmica.

• Y como siempre que miro el cielo cuajado de estrellas pensé en Dios.

 

 

FIN