LA SONRISA MACABRA

samedi 10 novembre 2007

Antonio LARROSA DIAZ/ Narración fantastica : La sonrisa macabra

Antonio Larrosa Díaz, nació en Barcelona el día 24 de enero del año 1937.
Estudió En la escuela industrial de Barcelona el oficio de técnico de electrónica y a la edad de veinte años inició su carrera literaria colaborando con sus escritos sobre su actividad electrónica en una revista llamada “RADIO VISIÓN”.
Más adelante, en el año 1988, escribió varias novelas de diferentes temas publicando “EL FILM” que esta incluida en el instituto Cervantes del cairo y otras bibliotecas españolas.
Tiene además escritas las siguientes novelas “EL CACIQUE DON DANIEL” – “TIEMPO DE SOÑAR” – “BEST SELLER” – “HISTORIAS Y LEYENDAS” – “ARROGANTE Y DESDICHADO” – “EL POZO” y “EL PRIMER EVANGELIO”. Ha escrito en colaboración con otros escritores dos libros de relatos, uno titulado “LOS CUENTOS DE LA LUZ” por ediciones Bonet Sichar en 1.994 y “SOCIEDADES SECRETAS”, publicado por Promarex Editores, en 1995.
Ha colaborado con relatos fantásticos en la revista “MUNDO IMAGINARIO”. Varias de sus narraciones han sido publicadas en diversos periódicos sudamericanos como el Heraldo de México. Sus comentarios a veces sarcásticos a veces fantasiosos han sido publicados en diversos medios incluyendo Internet.
En la revista mensual Publi2000 tiene publicadas más de 100 narraciones fantásticas, entre estas, diez navideñas.


Actualmente tiene en mente escribir la segunda parte del “PRIMER EVANGELIO” y otros relatos breves.


E-mail :

antoniolarrosa2@hotmail.com

Sobre
Azul@rte :

Narración fantástica :
LA SONRISA MACABRA
Por Antonio Larrosa Díaz


Isabel González conoció al Famoso y acaudalado doctor Ernesto del Río en una fastuosa fiesta de presentación de su último libro.

Isabel ostentaba el título de Mis Galaxia. Indudablemente constituía un dechado de perfección en belleza y simpatía, cosas que, cautivaron al Doctor apenas la vio y cambió unas palabras con ella quién, además, le aseguró que sus libros la habían impresionado extraordinariamente. A lo que él repuso:
-Me sorprende gratamente que una bella joven como usted sienta algún interés por mis teorías científicas aptas para personas, digamos… de otra naturaleza o nivel.

Mostrando un encantador mohín de reproche. La bella joven le reconvino.
-Pues, aunque le parezca raro, tras esta fachada de niña tonta se oculta una auténtica enamorada de usted y su ciencia. iAh!. Que no daría yo por ser fea y llevar gafas, a cambio de ser una científica junto a usted, ayudando en sus experimentos.
-¿tanto le entusiasma la ciencia?
-No sólo la ciencia, sino especialmente usted, a quien admiro muchísimo. No se lo va a creer, pero a mí esos jóvenes con musculitos de gimnasio sin cerebro, me parecen deplorables: no se puede imaginar la cantidad de moscones de esa índole que tengo que espantar continuamente…

Tras aquellas palabras siguieron otras en las que ella no dejaba de repetir su admiración y deseo de conocer con mayor profundidad al científico, por lo cual Ernesto, halagado hasta el infinito, no tuvo más remedio que concertar una cita con la entusiasta joven para el día siguiente en su laboratorio, donde le enseñaría a la bella Mis Galaxia, algunas cosas sobre sus últimas investigaciones, que trataban sobre la transmisión telepática entre las neuronas de diferentes especies, como por ejemplo: hacer sentir dolor o placer entre un conejo y un mono, habituados a muy diferentes situaciones de convivencia.

A la mañana siguiente Ernesto e Isabel en el laboratorio miraban como hipnotizados a los animales.

¡Mire!, hago cosquillas a este mono y observe la reacción del conejo, parece que reciban los dos el mismo placer. Con el tiempo, a través de esta técnica se podrán enviar ordenes mentales, no sólo entre animales, sino de ellos al hombre y viceversa, aunque estén muy lejos unos de otros.

Ante las explicaciones del científico ella exclamó alborozada:
-Por Favor!, Tratémonos de tú, tenemos que acortar distancias entre nosotros. Quisiera que me admitieras en tu equipo y me enseñases todas estas cosas y no tendrías que pagarme nada, al contrario, haría cuanto tú mandases por estar junto a ti…

Ernesto no podía creer lo que oía. ¿Cómo una preciosa joven de veinte años podía hablarle así a un, hombre anciano de setenta y cuatro? ¿Sería posible que aquella belleza pudiera enamorarse de él…? Creyó que estaba volviéndose senil o… ¿loco?. De todas formas las insinuantes palabras de la muchacha no dejaban mucho lugar a la duda. Además, su proximidad le rejuvenecía.

La velada fue épica. Ernesto confesó sus anhelos a la bella, quién se le entregó sin grandes reparos. Un mes después se celebraba la boda.

Al enlace asistieron amigos, familiares y todos los medios de información, aunque estos no dieron gran repercusión a los acontecimientos pues era ya más que normal que lindas jovencitas se casaran con ancianos, especialmente si los ancianos gozaban de enormes fortunas.

Y la triste realidad se veía venir ya que la dulce Isabel tenía un amante: un novio gandul y despreciable y que era el verdadero inductor de la chica, el que había pensado y elaborado el maquiavélico plan para seducir y conquistar al famoso científico.

-Con la edad que tiene decía el macarra- no creo que dure mucho y si no, le damos un empujoncito y… ¡A por los millones!

Sin embargo, el Doctor Ernesto del Río, no parecía tan acabado como imaginaban los malandrines. Seguramente por haber llevado una vida recogida y sana, sin alcohol, sin tabaco, sin sexo.

Asi que, ni haciendo el amor a diario, cosa impensable a su edad y para asombro de Isabel., el científico languidecía, ni se ponía enfermo ni nada; al contrario… la doblegaba, era ella, la que tenía pedir tregua para asentar a su revuelto y asqueado estómago.

Por su parte, el feliz científico seguía experimentando y escribiendo libros en los que detallaba los pormenores de sus hallazgos y teorías.
-Últimamente –(le comentaba a su flamante mujercita)- estoy intentando desentrañar un gran misterio del que no pocos científicos se han ocupado infructuosamente. Estoy tratando de demostrar que, el cerebro, pese a muchas teorías que aseguran lo contrario, es el órgano más potente y resistente del cuerpo humano y por lo tanto el último en dejar de actuar, tras la muerte. Según mis experimentos, el cerebro deja de funcionar aproximadamente entre diez y veinte horas después de que los medios habituales de control de señales dejen de detectar y registrar cualquier signo o parámetro; estoy completamente seguro que la vista, el oído y los demás sentidos están presentes y… ¡vivos! aunque ningún instrumento lo detecte.

Isabel; hablando con José, su amantó, afirmaba rabiosa:
-¡Ese viejo baboso no se va a morir nunca! Me da tanto asco que no puedo resistir más. Cada día tiene más ganas de sexo; tenemos que hacer algo o creo que lo dejo.

¡Has de aguantar como sea! -replicaba el amante- ya tiene setenta y siete años y pronto ha de flaquear. Debe tener el corazón a punto de pararse. Con la mancha que lleváis no creo que su resistencia aguante mucho tiempo. Cariño mío; imagina lo que podremos hacer cuando el viejo la palme y tú seas la dueña de todos sus millones y propiedades. Seremos inmensamente felices, tendremos a nuestro alcance el mundo entero y sólo nos dedicaremos a hacer el amor de verdad y a vivir la vida, ¡cómo hacen los millonarios. De momento, yo me ocuparé de provocar una avería en el coche de tu marido. Cuando los criados se hayan ido me abres la puerta del garaje, encierras a los perros y yo me las apañaré.

Aquella noche, José, con unos alicates hizo un pellizco en un latiguillo de los frenos del coche y al día siguiente, cuando el Doctor se dirigía rumbo a su laboratorio, el chofer exclamó:
— ¡Maldita. Sea! Algo les pasa a los frenos, casi no me responden.

Gracias a la experiencia y pericia del conductor, se pudo evitar la tragedia. Aunque se encontró la avería, nada se pudo demostrar, pero quedó una ligera sospecha. Ya que era un coche muy bien cuidado y revisado periódicamente por un experto mecánico.
— ¡Hemos fallado! exclamaba José encolerizado

Pero no vamos a flaquear… Ahora te toca a ti querida. ¡Envenénalo!

Muy fácil lo ves tú! Además, yo no tengo ni idea de cómo hacerlo.
—Lo harás con astucia, poco a poco, poniéndole este veneno en la leche o el café que le das, después de hacer el amor, o antes de dormir.

Así, desde aquel día, Isabel llevó a la práctica las indicaciones de José y no tardo ni una semana en conseguir los resultados apetecidos, Ernesto empezó a sentirse débil de una forma gradual. El mismo se hizo unos análisis descubriéndose la alteración en la sangre. Llamó a su mujer y le dijo: —Tengo la sangre envenenada, así que a partir de ahora tomaremos algunas precauciones. Quiero creer que tomé algún alimento en mal estado, ya que no quiero ni pensar que, alguien de mi confianza pueda estar intentando matarme. Pero, si tengo, o tienes, la menor sospecha llamaremos inmediatamente a las autoridades.

Así que, después de aquello Isabel no se atrevió a seguir con el veneno y el doctor volvió a restablecerse y a retornaron todos sus apetitos, con un apasionamiento impropio de su edad.

He de decir que, por fin, el doctor Ernesto del Río falleció de muerte natural por fallo cardíaco varios años después, cuando había alcanzado la edad de ochenta y cinco años. Aquel día desfilaron por delante de su ataúd, que alumbraban las típicas velas, muchas personas conocidas y familiares. Al llegar las doce de la noche, exactamente siete horas después de su muerte en la gran mansión sólo quedaron acompañando al difunto, Isabel y José, quienes después de mirarse significativamente y cerrar meticulosamente puertas y ventanas, se acercaron al ataúd y empezaron a reír histéricamente y a felicitarse con extraordinaria alegría, algo poco adecuado si lo hubieran hecho antes en presencia de los criados o los demás asistentes.

— ¡AI fin te has muerto, maldito viejo! —exclamó satisfecha Isabel, escupiendo las palabras al rostro de Don Ernesto- Ahora, mi verdadero amor y yo brindaremos por tu muerte; a ver si te pudres en el infierno y pagas por todos los años de humillaciones que hemos tenido que aguantarte. Yo por aguantar tus asquerosos caprichos sexuales y José por no poder retorcerte el mismo, el pescuezo.
— Jacazo no podías haberte, muerto antes? — (Añadió por su parte José en tono amenazador) — ¿Acaso no comprendías que Isabel tenía derecho a disfrutar de la vida con un hombre de verdad no contigo, viejo repugnante? Ahora, si es que tus dichosas teorías son verdaderas, vas a ver y oír lo que Isabel y yo haremos a partir de este momento con tu casa y tu dinero. ¡Te vamos a dar un adelanto!

El amante destapó el féretro y levantó las pestañas del difunto diciendo con entusiasmo:
—Ahora verás como me ventilo a tu mujer sobre tu cadáver. Ahora verás como se hace realmente el amor.

Al principio intentaron hacer el amor dentro del ataúd con el propio cadáver, pero este era estrecho para los tres así que los amantes decidieron hacerlo encima de la tapa del mismo, dejando la ventanilla abierta para que el Doctor Entesto los pudiera contemplar a placer… (Si es que sus teorías eran acertadas)

Con toda la lujuria contenida, por hacer tiempo que no podían verse, José e Isabel empezaron a acariciarse de la forma más soez y bestial posible haciendo tambalear á base de imperiosas y penetrantes embestidas el ataúd, que se movía impúdicamente.
Los gemidos de placer de Isabel y José empezaron a invadir la habitación y casi a traspasar las paredes. De golpe, los tres fieros perros que Don Ernesto tenía en el jardín empezaron a aullar, a ladrar y a rascar las puertas de cristal del jardín. El estruendo, provocado por las fieras interrumpió por unos momentos el frenético vaivén de los amantes, pero las puertas estaban cerradas con llave ya que antes de su orgía privada las habían cerrado cuidadosamente., (como ya quedó dicho.)

-¡Ladrad. Ladrad malditos perros! – (Exclamó con la cara congestionada de gozo José)- Que después mandare al veterinario a que os mate.

Los ladridos, lejos de asustarlos, hicieran que las caricias y los gemidos aumentaran su lívido y, el culminante final del acto carnal se avecinaba inexorable. De pronto, una nube negra de algo que había entrado por la chimenea se abatió sobre los fornicadores, matándolos casi sin darles tiempo a defenderse, ni a saber realmente que les había atacado y matado.
• Aquella nube negra, era una nube de abejas que tenían su panal justo en el laboratorio del famoso Doctor, quien, Últimamente, trabajaba para cambiar la genética agresiva de algunos animales. Desarrollando un procedimiento de simpatía y transmisión mental de ordenes y sugerencias.

Finalizado su cometido, el enjambre se volvió a su colmena. Y los perros enmudecieron.

Nunca, ni la policía, ni nadie logró averiguar lo sucedido en aquella casa, quedando asombrados y desconcertados cuando al día siguiente forzaron les puertas y encontraron a los dos cadáveres desnudos y todavía encima del ataúd de Don Ernesto, quién, dicho sea de paso, lucía en su rostro una horrible y macabra… ¡sonrisa!..



Fin

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