LAPUERTA DEL INFIERNO

LA PUERTA DELINFIERNO

 

 

 

¡Estaba decidido! La situación había llegado a un límite imposible; a un límite angustioso y desesperante. En la mente de Magín Vilanova y Sistach, mil ideas deprimentes y tenebrosas deambulaban produciéndole un gran desasosiego mientras por sus mejillas resbalaban unas lágrimas de impotencia ante tal cúmulo de problemas sin solución viable.

En los últimos seis meses había tenido que cerrar dos fábricas de tejidos y para evitar despidos hubo que trasvasar el personal a la última, a la mayor de las tres que poseía. En un principio esta parecía la mejor solución. Lo pedidos habían disminuido casi un cuarenta por ciento y de esta forma se eliminaron gastos de luz, hacienda, alquileres, teléfonos y mil cosas más. El personal se pudo emplear en la fábrica principal, pero los pedidos continuaron bajando de cantidad día a día, inexorablemente.

Ahora los obreros llevaban dos meses sin cobrar. El banco le había negado un préstamo vital para poder pagar a los proveedores que de otra forma se negaban a servir materia prima, en primer lagar porque ya se les adeudaban casi 500 millones de euros. La fábrica se estaba parando, los obreros reclamaban y el Gobierno amenazaba con el embargo si no hacía efectivo más de 6 millones de euros dela Seguridad Socialy otros impuestos también importantes.

D. Magín había acudido a todas partes, atormentado por la cruel idea de la ruina, a la que con paso firme se acercaba. Quizás no sólo la ruina, sino que posiblemente la cárcel sería su último destino.

¡La cárcel! Esta idea le estremecía con espanto. Si su madre se enterase que estaba en la cárcel se moriría de pena y de vergüenza. Sería bochornoso para él y para su familia en bloque; su esposa Ana y sus hijos Alberto, Pedro y Anita.

Luego, al llegar a pensar en sus hijos su mente se concentró en ellos, sus hijos, los distinguidos hijos de D. Magín Vilanova, el famoso fabricante… ¿Qué seria de ellos? Se interrumpirían sus estudios y su vida social quedaría deshecha, además ¿de qué comerían? ¿Dónde vivirían? Ellos que siempre estuvieron tan mimados, incapaces de ganar un euro… No como él, que empezó de aprendiz en una pequeña industria y que gracias a su tesón y sacrificio había llegado a donde había llegado… ¡Lo malo ha sido esta maldita crisis! —masculló entre dientes, mientras pisaba el acelerador de su automóvil rumbo a las costas de Garraf, por donde se despeñaría. De esa forma parecería un accidente, al menos no acabaría encarcelado y se salvaría el honor de la familia…

Súbitamente un niño irrumpió en la calzada, Magín pisó a fondo el pedal de freno y las cuatro ruedas chirriaron estrepitosamente. El coche patinó cosas de10 metrossobre el asfalto húmedo por la llovizna y finalmente golpeó a la criatura lanzándola a más de quince metros fuera de la carretera.

Magín estacioné el coche inmediatamente y miró en todos los sentidos, no veía a nadie, ni coche alguno se acercaba, cosa insólita en una vía de tráfico normalmente fluida.

Rápidamente cogió al niño. Una pierna le colgaba como desprendida o rota

por la cadera y su respiración era penosa. Además estaba inconsciente y un hilillo de sangre brotaba por su sien derecha a borbotones.

En este instante Magín olvidó sus problemas. Su decisión de suicidio pasó a ocupar un lugar impreciso.

Rápido tumbó al niño en el asiento posterior y tras maniobra enérgica puso el coche rumbo a Barcelona.

Poco después el Mercedes de D. Magín entraba en la gran ciudad tras recorrer raudo cual bólido seis o siete kilómetros de carretera.

Estaba atardeciendo, las luces de la vía pública hacía poco se habían encendido y las calles estaban repletas de automóviles impidiendo el avance a pesar que D.. Magín pulsaba el claxon de forma intermitente.

Por fortuna un agente motorizado se apercibió del caso y se acercó gritando entre el estruendo circulatorio:

-Eh, oiga! ¿Qué pasa?

D. Magín le informó en igual tono y volumen: -¡Llevo un herido grave al hospital!

El agente comprobó de un vistazo la veracidad de estas afirmaciones y ordenó:

-¡Sígame!

Puso en marcha la sirena y en apenas ocho minutos más tarde D. Magín, con el niño en brazos, entraba por la puerta de urgencias acompañado del policía.

Más de dos horas permaneció en la sala de espera. Primero tuvo que declarar como se produjo el siniestro; luego debió esperar para saber como se encontraba el niño; ya no tenía prisa por nada y pensaba que, en aquellos momentos, él ya estaría muerto entre los restos de su automóvil allá abajo en el desfiladero.

-Desde luego los caminos del Señor son infinitos —pensó distraído, mientras encendía un cigarrillo.

Una enfermera, con una preciosa sonrisa en los labios, le señaló un rótulo que decía: Prohibido fumar.

Apagó el cigarrillo y se excusé: -Perdón, no me di cuenta.

Un médico y un enfermero se dirigieron a él; traían el rostro sombrío.

-¿Es usted el que ha traído al niño? ¿El que lo ha atropellado con el coche?

Don Magín sintió dentro de su ánimo algo así como un escalofrío, como un sobresalto interno, muy hondo y muy violento contestó:

-¡Señor, cómo se encuentra el pequeño?

-Ha muerto. No hemos podido evitarlo, tenía grandes destrozos internos. Lo siento.

D. Magín, se sentó, puso la cabeza entre sus manos y un amargo llanto se apoderó de él. Todos le miraban con pena, y alguien comenté:

-Ha matado a una criatura con el coche.

-¡Es que van como locos! —Repuso otro en voz alta para mortificarlo más.

-Váyase a casa. —Aconsejó el doctor, poniéndole una mano en el hombro, con gesto compasivo y amistoso.

D. Magín, entre sollozos y con la voz entre cortada preguntó: -¿,Han averiguado quién era o cómo se llamaba?

-No. El pequeño no recuperó la conciencia. La policía está investigando. No se preocupe; usted ha cumplido con su obligación, usted es inocente; por desgracia son cosas que pasan a diario —le dijo el médico en tono conciliador.

D. Magín salió del hospital compungido, triste y atrozmente afectado.

-Maldita sea la hora en que se me ocurrió coger esa carretera para suicidarme; yo debería ser el muerto!

Incomprensiblemente la idea del suicidio se había eclipsado; ahora sólo sentía un sopor enorme que le impelía a cerrar los párpados.

Al llegar a su coche, quitó la multa que le habían impuesto por estacionamiento indebido y que estaba sujeta al limpiaparabrisas, se introdujo dentro del vehículo y, tras ponerlo en marcha, salió rumbo a su casa situada en el barrio de Gracia.

-Bueno —pensó- al menos Ana se alegrará al ver que regreso antes de lo previsto.

D. Magín le había dicho a su esposa que estaría ausente varios días, pues debía ir a Madrid para entrevistarse con un pez gordo a fin de tratar de conseguir un crédito del gobierno. La verdad es que hacía seis meses que pidió ayuda al Ministerio de Industria, pero este cortésmente y diplomáticamente, con exquisitas palabras, le comunicó que el país atravesaba momentos muy delicados y que los fondos públicos eran insuficientes para atender a industrias privadas con problemas.

D. Magín, vivía en un magnífico piso del Paseo de Gracia, el garaje, por tratarse de una construcción antigua, estaba situado en la calle adyacente. Tras aparcar el coche, D. Magín salió del aparcamiento y cuando salió a la calle, por la esquina, vio a su esposa descender de otro coche ante su propia puerta; luego, después de salir del coche, introduciendo la cabeza por la ventanilla, le dijo algo al conductor, un joven de no más de veinticinco años, y luego lo besó; con un corto, pero apasionado beso. Después se dirigió al vestíbulo de su casa, donde se detuvo un instante para despedirse de él con la mano en alto, justo cuando aquel hombre volvió a arrancar el coche y se alejaba calle abajo pisando el acelerador a fondo.

Desde las tripas hasta la garganta, algo le subió al señor Magín, que le produjo un sabor agridulce; la vista se le nubló y pensó que ya no podía más. Un dolor muy agudo y profundo en el pecho, le hizo sentir un desvanecimiento, luego se giró sobre sus pasos y al poco el Mercedes salía del parking.

De nuevo D. Magín tenía grandes deseos de morir; ahora su tez estaba pálida como la piel de un cadáver y en su mente, vertiginosamente, se mezclaban en insólita confusión apareciendo y disolviéndose secuencialmente o entremezcladas las imágenes de su esposa besando al joven desconocido, de sus hijos, del niño rubito atropellado, las mil y ciento caras de sus obreros, las facturas de los proveedores, las amenazas de Hacienda yla Seguridad Social, la cara del policía que le acompañó al hospital, y la del médico, y las enfermeras, y la de su madre, y sus amigos, en fin, de mucha gente y con sus muchos problemas.

Pero, pensaba D. Magín mientras conducía mansamente su Mercedes; ¿Cómo era posible que su esposa, con casi cincuenta años, se comportase como una golfa? Aquello había sido lo peor, bueno no lo peor, lo peor había sido lo del pobre niño.

¿Qué puedo hacer? La desgracia se ha cebado en mí. La vida me rechaza. Por todos lados en donde miro la fatalidad sale a mi paso. Pero, ¿qué mal he hecho yo para merecer esto? La ruina, la cárcel, la desgracia y ahora la infidelidad de mi mujer, todo me empuja al precipicio.

El automóvil atravesó toda la cuidad con su dueño aferrado al volante y llorando desesperadamente como un niño.

Poco después ya estaba arriba de las Costa de Garraf. Eligió el punto más alto y hacía allí lanzó el coche

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CAPITULO II

 

Poco después ya estaba arriba de las costa de Garraf. Eligió el punto más alto y hacia allí lanzó su coche…

El coche, tras chocar con la vallas de protección salió despedido al otro lado de la carretera, quedando semioculto entre algunos árboles en un oscuro rincón que normalmente servía para casos de paro de emergencia.

D. Magín salió del vehículo algo aturdido; el motor estaba parado y las luces apagadas, aunque ya empezaba a amanecer.

Algunos camiones subían penosamente y temió ser visto. Y pensó:

-Luego me tirará por el precipicio; creerán que al chocar salí despedido..

Regresó al coche y cuando iba a entrar se quedó sorprendido al verse así mismo dentro del vehiculo.. Tenía la cara bañada en sangre y los ojos desmesuradamente abiertos, saliéndose de las cuencas en una pavorosa expresión.

-Pero… ¿Cómo es posible que esté ahí y aquí?

-Se dijo a sí mismo al mirarse y comprobar que, en efecto, a un lado del coche estaba normal y que dentro del auto daba la imagen semejante a estar muerto.

Intentó tocar a su otro yo, pero su mano la traspasaba como si fuera etérea; luego se apercibió que todo se estaba transformando de manera paulatina. El coche, por ejemplo, empezó a verlo transparente, luego las montañas y más tarde vio Barcelona a su través; se veía pequeña y lejana. Aguzó la vista y Barcelona se fue aproximando. Sus edificios perecían de cristal, veía a la gente durmiendo en sus casas, también transparentes, era como un mundo de cristal.

-¡Dios mío!  ¿Que me pasa?

Una aguda voz surgida de detrás de él, le dijo:

-Sólo te pasa que has emprendido tu último viaje; ahora estás en período de transición, eso que ves en el coche sólo son tus restos, un montón de carne que has arrastrado durante tu existencia; ahora ya no existen para ti los obstáculos de la distancia, ni del tiempo, ni de la visión.

D. Magín, se giró hacia el lugar de donde provenía la voz y allí vio al niño rubito que había atropellado pocas horas antes.

-¿Pero tú no eres…?

El niño le atajó con un ademán y haciéndole callar le contestó:

-Sígueme! El Sumo Hacedor, El Padre y juez de todas las cosas espera.

Magín cogió la mano que el niño le tendía

Veloz como la luz se adentró entre las estrellas; instantáneamente atravesaron un agujero negro de esos que tan intrigados tienen a los astrónomos, y aun más allá, existía luz mil veces más brillante que la del sol.

De pronto, una voz dulce pero potentísima que provenía del núcleo luminoso dijo:

-Magín, es una lástima que te hayas suicidado, siempre te he contado entre los que merecen estar conmigo aquí en el paraíso, en el cielo. Siempre has sido un hombre trabajador, leal y bueno. Nunca engañaste ni trataste de esclavizar a tus obreros, pagándoles según sus merecimientos, sin escatimar un céntimo. Fuiste un buen padre y buen esposo; tus obras siempre han sido ejemplares y dignas de encomio. Quise evitar tu suicidio mandándote un ángel que casi lo consiguió, pero después las cosas de la vida te han hecho flaquear. Ahora voy a darte la oportunidad de corregir tu error, esta oportunidad sólo la empleo una vez cada mil años terrestres, sólo a santos que se ven tentados por el diablo o casos muy especiales, aprovecha esta última y especial oportunidad que te doy, si no lo hicieses así, irías al infierno.

Ahora que estás aquí puedes ver como esla Gloria, a mí sólo me verás cuando llegue el momento propicio.

Magín fijó su vista en lo que allí estaba y vio que no había envidia, ni dolor ni hambre; las almas eran hermosas y puras, de ellas se desprendía un halo de felicidad inconmensurable.

Luego el angelito le dijo: -¡Vamos!

Y raudos como cometas o más, atravesaron el Cosmos.

Repentinamente el angelito se detuvo y señalado un enorme agujero informó:

-Esta es la puerta del infierno, desde aquí puedes verlo que es, no conviene acercarse más porque existe una fuerza satánica que nos atraería hacia él y si nos agarrase, Dios nuestro padre, debería intervenir para rescatamos, cosa que le desagrada.

Y Magín dijo:

-Pero yo no veo nada, eso está muy oscuro y silencioso.

A lo que el niño celestial repuso: -Así es el Averno, los que están ahí no ven nada, ni oyen, y aunque griten, su voz no surge de sus gargantas de almas condenadas, presienten la compañía de otros, pero no los ven ni los oyen, ni los tocan; la soledad es horrorosa, horrible, espantosa… Procura salvarte y no atravieses esa puerta.-

Magín quedó consternado, la soledad siempre le pareció tremendamente dolorosa, así que se prometió hacer todo lo posible por no atravesar tan siniestra puerta, ya que Dios en su benevolencia le concedía tal distinción.

-Ahora regresemos a la tierra.

En un santiamén penetraron en la atmósfera terrestre. El angelito se despidió y desapareció entre la nebulosa etérea.

Magín vio como todo se oscurecía y un momento después se despertaba dentro de su automóvil, en el momento que el empleado del garaje le decía:

-Eh oiga! ¿Le ocurre algo?

-¿Que pasa? ¿Donde estoy?

-Pues está en el garaje, primero vino a traer el coche, luego ha vuelto usted a los pocos minutos a por él otra vez y como lleva usted casi media hora sin salir, me he dicho; “Haber si al señor Magín le ha pasado algo…” Vengo y me lo encuentro como dormido… ¿No irá a conducir en esas condiciones?

-Caramba -responde D:. Magín sorprendido- Entonces… ¿No he vuelto a salir?

-No señor, se ve que se ha quedado dormido.

Es que trabaja mucho… ¡Ande, váyase a casa y descanse usted!

-Si, Manolo. Tienes razón… Me voy a dormir a casa.

Y cuando entra en casa se encuentra que Ana, su mujer, aun está levantada.

Magín mira el reloj; sólo es la una y antes que abra la boca ella le dice:

-Pero que alegría, Magín. ¿Cómo es que has vuelto tan pronto?

-Mira, no estaba el pez gordo, creo que fue a los países árabes a unas negociaciones petrolíferas y me he venido.

-Pues mira chico, no sabes la alegría que me das, porque… ¿A que no adivinas quien me ha traído en coche hace cosa de media hora?

A Magín le dio un vuelco el corazón. ¿Tendrá caradura? Ahora dirá que ha venido con su mamaíta…, ésta me ha tomado por tonto, pero bueno, debo serenarme, todo lo que me ha pasado esta noche es muy extraño, creo que una forma u otra, Dios me está ofreciendo la oportunidad de salvar mi alma, así que, pase lo que pase con los negocios, con Ana… con lo que sea! no me voy a alterar, todo lo que pase me va a resbalar sobre la piel como cosa ajena, como cosa secundaria.

-¡Pero bueno! ¿No me preguntas? -exclama Ana.

-Está bien… ¿Quién te ha acompañado?

-Abre bien tus orejas, viejo zorro, porque te vas a caer de espaldas.

-Seguro… -dice él entre dientes.

-Mi hermano Antonio, el que se fue de pequeño a Venezuela.

A Magín casi le da un síncope de alegría, luego la ataja diciendo:

-Pero… ¿estas segura?

-Como no voy a estar segura, ha venido a comprar varios hoteles enla Costadel Sol y enla Costa Brava, tiene muchísimo dinero y cuando le he explicado nuestra situación ha dicho que no nos preocupemos, que te puede ayudar con dos o tres mil millones, que dinero es lo que le sobra.

Magín comenta:

-Caramba, yo creía que todo eran fantasías cuando te contaba sus negocios.

A lo que Ana agrega:

-Pues… ¡Ya ves! No eran fantasías, con sólo veintiocho años tiene una fortuna de las más sólidas del continente Sudamericano.

Al día siguiente, Magín fue el Hospital Clínico y pregunta al mismo empleado que le atendió cuando llevo al niño atropellado:

-Desearía saber si han localizado a los familiares del niño que anoche atropellé y traje aquí.

El otro lo mira y responde:

-Anoche no trajeron ningún niño atropellado. Precisamente estaba yo de servicio.

Magín se dirige a recepción donde está la enfermera que le indicó el rótulo de Prohibido fumar, y la misma respuesta.

-Haga el favor de mirar en el libro de entradas.

La enfermera, ante la insistencia, accede y le enseña las hojas del día anterior.

-¿Ve usted? Ningún niño atropellado…

-¿Pero no recuerda que usted me indicó ese letrero cuando yo encendí un cigarro?

Ella niega con un gesto desdeñoso.

Magín se dispone a abandonar el lugar cuando

ve al médico que le dio la noticia.

-Oiga doctor. ¿Se acuerda de mí?

-Pues… ahora mismo… no caigo…-

-¿Pero no recuerda que anoche me comunicó usted la muerte de un niño que atropellé con mi coche?

-¿Anoche?… Lo siento, pero anoche fue una noche tranquila. Sólo atendí a una señora con un ataque de nervios y a un joven que le habían roto el tabique nasal de un puñetazo en una pelea.

¡Esto es muy extraño! Piensa Magín, saliendo del Hospital. Cuando sube al coche se da cuenta de que en el limpiaparabrisas hay insertada una multa.

-¡Vaya hombre, ¡otra!… ¿Otra?… ¡Eso es, la multa!

Raudo, velozmente, busca la multa que le impusieron ayer noche. Al fin la encuentra, pero… esta no es igual, esta es azul.

La desdobla y la lee: El ayuntamiento celestial, impone al propietario del vehículo cuyos datos se citan al margen, a que rece dos padrenuestros, como penitencia por haber atropellado a un ángel de este departamento, y otros dos más por aparcamiento incorrecto.

Firma del ángel de servicio: SIMEON

D. Magín revisa el coche; ni un rasguño. Piensa que todo ha podido ser un sueño…

-Pero… Yo estuve en el hospital, conozco a esas personas, además esa extraña multa es prueba de algo… Lo mejor es intentar olvidar…

A partir del préstamo de su cuñado todo empieza a funcionar otra vez, los pedidos comienzan a prodigarse de forma inusitada.., pero de su mente jamás logró apartar aquella espantosa puerta del infierno.

 

 

FIN