CAMPANAS DE NAVIDAD

 

Existen, en la maravillosa región de Andalucía dos pueblos de cuyo nombre más vale no acordarse, y de donde me llegó el siguiente relato que os voy a contar.

Aquellos pueblos, como pasa en muchos pueblos de nuestra piel de toro, se repelían como los polos de igual sentido dé un imán. Se dice qué no se podían ver. Se desconocía el origen de tan hostil rivalidad, hasta los más viejos del lugar lo desconocían y si se les. Preguntaba, solían contestar:

-Eso viene de siempre.

Sin embargo, si se podían suponer les motivos. Ambas poblaciones basaban su existencia y economía en las industrias vinícolas, porcinas y en la elaboración de unos vinos, que dicho

sea de pasó, eran de excelente calidad, tanto los unos como los otros, para darles algún nombre les llamaré el pueblo A y el pueblo Z.

Afirmaban que tanto sus vinos como sus jamones eran los mejores; a decir verdad la producción, tanto de unos como otros, era absorbida  inmediatamente tanto por el mercado nacional corno por el extranjero.

Pero… Aparte de los mencionados productos había otro importante motivo que enorgullecía a los del pueblo A y este no era otro que su sonoro y bien situado campanario. La iglesia de Santa María de los Desamparados, que estaba enclavada en lo más alto del pueblo. Desde allí se dominaba toda la plana comarcal: una considerable extensión de terreno que abarcaba miles de hectáreas con varias localidades inmersas en ellas.

Era tal, el efecto sonoro de sus campanas, que sus tañidos parecían salir del mismísimo Cielo. Cuando redoblaban, sus ecos se multiplicaban de una montaña a otra y pasaban a través de numerosos valles, tanto, que las de los demás campanarios podían ahorrarse el trabajo.  La humillación que representaba competir con el de Santa María, era enorme, pues su sonido resultaba francamente decepcionante por mísero y distorsionado. Por tal motivo, cuando, por ejemplo había un incendio, el de Santa María era el primero en llegar a todos los rincones con mucha más prontitud,  lo que lo hacía inestimable en la zona.

Como pasa muchas veces, el orgullo de unos puede engendrar la envidia de otros y por eso los del pueblo Z elevaron su campanario: Cambiaron las campanas en varias ocasiones y hasta experimentaron con un equipo de altavoces de los más potentes que se encontraron en el mercado. Pero… ¡Oh miseria! ni campanas electrónicas ni nada de cuanto se experimentó resultó ni remotamente semejante al antiguo campanario de origen románico del pueblo de A

¡Como envidiaban sus toques a misa!: Sus llamadas a la oración. sus avisos de toda índole religiosa y lo que es más, los redobles de la Semana Santa y los de Navidad, Gloria in Excelsis Deo, ese redoble de alegría en el mundo cristiano por la venida del Niño Jesús al mundo; ese redoble de campanas era lo que más exasperaba  a los de Z, que maldecían a regañadientes la sor- préndente sonoridad que tal vez por sonar a las doce de la noche y estar el resto del mundo en silencio se podía confundir como si las campanas las tocasen manos celestiales

Sólo añadiré sobre este aspecto, que debido a lo sublime de aquellos toques, rayando en lo divino, la mayoría de parroquias vecinas habían acordado enmudecer en tales ocasiones su propio campanario para darle más esplendor a los de A, y si Lo hacían. Intentaban hacerlo como acompañamiento del dicho campanario.

El día veintitrés de diciembre de un año inolvidable por lo acaecido en A, todo estaba dispuesto para las consabidas fiestas navideñas cuando un terremoto a escala media, que casi pasó de forma desapercibida en toda la comarca, tambaleó ligeramente los cimientos de la iglesia de Santa María de los Desamparados.

El popular campanario, después de resquebrajarse por un costado y efectuar algunos ruidos rechinantes ante la mirada de medio pueblo, que se había congregado en las cercanías, temiéndose una catástrofe se inclinó hacia un costado y como si se tratara de un ser vivo herido, esperando que nadie estuviera en peligro, se derrumbó estrepitosamente, con un redoble de muerte, llenando la plaza de polvo e inquietud en los que la ocupaban a rebosar, que al ver las campanas en el suelo, sintieron como si algo de cada uno hubiera muerto para siempre.

Y fue tan enorme el estrépito que hicieron las campanas al caer que todos los habitantes de la extensa comarca se estremecieron al oírlo. Inmediatamente el pueblo A se puso a desenterrar las campanas, pues empezaron a llegar gentes del pueblo que se encontraban trabajando en los campos y las granjas, así como personas procedentes de otros pueblos vecinos. Tanta gente se congregó para limpiar el entorno de escombros, que solo media hora costó adecentar el lugar, pues todo el mundo se entregó a la faena.

En un rápido debate, los del pueblo llegaron a la conclusión que debían reconstruir su campanario para Navidad, pero sólo tenían de tiempo veinticuatro horas, si querían que las campanas tocasen en la Noche Buena; la feliz nueva del nacimiento de Jesús. Aunque sabían que, por supuesto, aquello tan sólo un milagro podría conseguirlo.

 

No había tiempo material para hacer proyectos arquitectónicos, ni siquiera para redactar un presupuesto: había que poner manos a la obra ¡ya!; ni tan siquiera había tiempo para lamentaciones.

Se pidió la colaboración y consejo de todo el pueblo que, de inmediato, como un solo hombre, suspendió cualquier otro menester que no fuera la reconstrucción del campanario, salvo aquel que fuera  absolutamente  urgente.

Tras aquella brevísima convocatoria, que tan sólo se prolongo veinte minutos, se decidió reconstruir la parte afectada con las mismas piedras, sujetarlas con cemento en lugar de la vieja arena y cal como estaba en su construcción original. Se precisaban, para la obra unos andamios, pero su montaje podría retrasar el trabajo excesivamente, así que se acordó trabajar desde dentro del mismo campanario subiendo el material por la escalera de caracol, que a su vez sería reconstruida en la parte alta, ya que era uno de los

trozos desaparecidos con el resto de la torre destruida.

De pronto, alguien reparó en que sería materialmente imposible subir las campanas por una escalera recién reparada, sobre todo la campana mayor, ya que podía pesar alrededor de cinco a seis toneladas.

Se suspendieron todos los trabajos hasta que se encontrara la solución. Todos pensaban en cómo se podrían subir aquellas pesadas campanas sin pasarlas por las escaleras. Casi pasó media hora hasta que al fin alguien pensó que con una grúa se podría intentar subirlas… Pero  ¿dónde encontrarla?, pues en el pueblo no había ninguna tan grande.

Alguien dijo -En Z, tienen una…

-Esos no nos darían ni agua -contestó otra voz que pertenecía a D. Antonio, el alcalde-. ¿Acaso no te has dado cuenta de que ni una persona de ese pueblo ha venido a ayudamos como han hecho los demás? -Y continuó diciendo: -Menuda alegría deben tener al ver que se nos ha caído el campanario.

-Pues yo opino -dijo el párroco que también se llamaba D. Antonio- que debemos ir a pedirles ayuda. Al fin y al cabo ellos también son cristianos.

-No lo creo padre -contestó el carnicero que también se llamaba Antonio- esos dirán que la cosa no es tan urgente con tal de damos en el morro con su nuevo campanario electrónico.

-Pues en ese caso no se que podemos hacer – contestó Antonio, el herrero-, porque traer una grúa de la capital, además de que nos costaría un ojo de la cara, tardaría en llegar al menos un día.

-Lo único que se me ocurre – (propuso el pregonero que era un tío listo a pesar de llamarse Remigio)- es instalar lascampanas colgándolas como podamos sobre unos trípodes aquí mismo, en la plaza, ya que es el sitio más alto del pueblo y cuando pasen estos días navideños ya pensaremos en liquidar el asunto sin prisas.

Se perdieron dos horas en efectuar el montaje y las pruebas del sistema de emergencia propuestas por el Remigio, pero el resultado fue deprimente. Aquello sonaba a lata podrida, y ape-

nas su sonido se podía oír desde la calle adyacente, ni a tan sólo cien metros escasos.

Con los ojos encendidos por el desasosiego, D. Antonio, el alcalde, afirmó rotundo:

-No nos queda más remedio, ni más solución si queremos oír las campanas por Navidad, que pedir ayuda a Z, porque si las campanas no están mañana instaladas en su sitio… ¡Yo, dimito!

.-Yo le acompañaré -insinuó D. Antonio, el párroco, poco convencido.

De pronto algún Antonio exclamó:

¿Que son esos camiones que ascienden por la carretera?

-Que van a ser… ¡Camiones! -contestó otro.

-¡Arrea!, si vienen para aquí -exclamaron alborotados algunos Antonios y un Luis.

En efecto, cuatro camiones subían por la pendiente rumbo a A. Minutos después, de uno de aquellos camiones se bajó el alcalde de Z, que casualmente también se llamaba Antonio, y sonriendo maléficamente dijo:

-Estamos enterados del problema que tenéis con las dichosas campanitas… Y venimos dispuestos a ayudaros, pero con una condición… ¿De que extraña condición estará hablando

D. Antonio a los del pueblo A…? Si los del pueblo Z ayudan a los de A… ¿Conseguirán poner las campanas a tiempo para el ‘toque de Navidad…?

-La condición es que: Nosotros reconocemos que vuestras campanas son las mejores de la comarca, pero vosotros deberéis reconocer también, que nuestros vinos y jamones son superiores a los vuestros…

-Eso nunca…! Nuestros vinos y jamones son mucho mejores -Se oyó la voz de uno que se llamaba.., bueno, prefiero silenciar el nombre no sea que alguien se pitorree.

-Tú te callas imbécil! -dijo amablemente la señora de… (No importa el nombre)

Durante breves instantes los dos alcaldes, Don Antonio y Don Antonio, se prodigaron encendidas miradas de odio y rencor que guardaban desde siempre, pero pasados unos minutos de completo silencio, algo inaudito se operó en sus semblantes… cambiando por completo y dibujándose en ellos una tímida sonrisa. Y, como si el odio y el rencor se hubiesen eclipsado para siempre, con la sencilla acción de mirarse a las caras, exclamaron al unísono, como si ya lo tuvieran ensayado:

-¡Que diantre, vuestros productos son los mejores!

Los presentes estallaron en risas y aplausos, mientras los dos alcaldes se estrechaban las manos para sellar de aquella forma un pacto de amistad y concordia eterna.

Inmediatamente los cuatro enormes camiones se encargaron de descargar las piezas de la enorme grúa y los andamios que, con la ayuda de todos, se fueron montando por los hombres de Z, que tenían renombrada fama de expertos albañiles. Al atardecer ya estaban puestos los andamios y estaba todo preparado para trabajar toda la noche. Parecía mentira que no se produjera ningún accidente, pero así fue.

A las diez de la noche del día 24 cuando tan sólo faltaban dos horas para el momento esperado, la obra ya había alcanzado su altura máxima quedando tan sólo por poner las campanas y terminar el tejado que se había dejado para lo último y así introducir las campanas con mayor facilidad para la grúa y seguridad para la construcción recién terminada y tierna.

Con infinitas precauciones se fueron poniendo las campanas, quedando la mayor para la última, pero en aquellos momentos alguien opinó: -¿No sería mejor hacer sonar la campana mayor sin meterla en el campanario, dejándola colgada de la grúa tal como está ahora, no sea que con el estrépito que va a formar derribe el campanario, pues la obra está demasiado tierna?…

Todo el mundo sabe que el cemento tarda tres semanas, por lo menos, para endurecerse de forma fiable. Y, como que me llamo Antonio, que la obra se cae en cuanto empiece el redoble. A menos que se pusieran palos en vertical y  abrazaderas sujetando a estos por la parte exterior, así como puntales por todo el interior del campanario.

-Todo eso está muy bien pensado, pero apenas nos quedan dos horas para terminar –alegó Don Antonio, el Maestro de Obras. Así que, colgaremos las campanas, pondremos el tejado si

da tiempo y… ¡Que sea lo que Dios quiera…!

-Tenga en cuenta Don Antonio, que si esto se derrumba podría morir alguien. Además, hay que tener en cuenta que la Iglesia se llenará de gente y que el campanero estará exactamente debajo de las campanas manejando las cuerdas -contestó el Antonio de antes.

-Es usted un aguafiestas; ¡haga el favor de callarse! -exigió Don Antonio- Y, vosotros…!colocad la dichosa campana, que ya hemos perdido demasiado tiempo.

Con infinitas precauciones se instaló la gran campana, pero… Algunos empezaron a hacer apuestas; Unos estaban seguros de que la obra cedería y otros que no.

Total, que entre unas cosas y otras, cuando sólo faltaban diez minutos para las doce, hora en que deberían empezar a sonar las tan mencionadas campanas, se tuvo que dejar sin terminar el tejadillo del campanario , no había tiempo.

Al fin, ya estaba todo dispuesto y las campanas en su lugar, pero nadie se atrevía a entrar en la iglesia, ahora ya todo el mundo hacia apuestas por el derrumbe… Y el campanero, aterrorizado, se negaba a cumplir con su obligación.

-¡Pero hombre! -decía el cura-, tú eres el único que sabe los toques, si tú no lo haces, habremos fracasado miserablemente después de tanto esfuerzo, sacrificio y dedicación.

-Mire, señor cura -contestó el campanero-tengo esposa y cuatro hijos y no quiero ni pensar lo que sería de ellos si yo faltara.

-De nada debes preocuparte -aseguró el alcalde de A- estaremos pendientes de la obra y a la menor señal de alarma dejas de tocar.

Todos los argumentos que se le ofrecieron al campanero fueron inútiles y con el corazón comprimido al ver que nada se podía hacer, pues la gente no entraba en la iglesia y el campanero no se decidía. El cura miró su reloj y después dijo:

-El que quiera que me siga, pues faltan unos minutos para empezar la misa, no hay mucho peligro, puesto que lascampanas no sonaran.

En silencio y deprimidos, casi todo el mundo emprendió la marcha tras el cura. Cuando ya estaban sentados en la iglesia sonó el reloj de la fachada de la iglesia y, en aquel preciso instante, sin que manos humanas las tocasen, las campanas de la iglesia de Santa María de los Desamparados empezaron a sonar como nunca lo habían hecho, dejando asombrados a todos sus feligreses.

Aquel redoble sonó a música celestial, sus ecos divinos atravesaron montañas y corrió por todos los valles escuchándose su tañido desde lejanos y remotos lugares.

Y cuentan que, desde entonces, los habitantes de A y Z unieron sus industrias creando un complejo mucho más potente y próspero, reinando entre ellos desde entonces la paz y la armonía.

Sólo me resta deciros que si alguna vez pasáis por un pueblo cuyo campanario está inacabado y sin tejas, habréis llegado a A.

Esperad a que redoblen sus campanas y comprobaréis, por vosotros mismos, que suenan a gloria, especialmente enNavidad.

FIN