NOCHE DE PAZ
Lejos de cualquier lugar, sobre una montaña nevada

- ,_, había una vieja casa de piedra habitada por Juan, un

pastor de unos treinta y tantos años. Su mujer Isabel, de edad similar y su hijo de cinco. Juan, regresaba de pastorear, algo más temprano que de costumbre por dos motivos: el primero porque Juanito, su hijo, padecía  asma y la última noche la había pasado con gran dificultad, ya que se asfixiaba mucho, y el segundo, la próxima noche era Nochebuena y les había prometido, tanto a su mujer como a su hijo, que montarían el Belén. Aunque la verdad es que aún no sabía como lo harían ya que eran tan pobres que no tenían ni figuras. -“Haré figuras de barro, aunque no salgan muy bien, pues no tengo ni pintura para colorearlas”. Ensimismado con estos pensamientos andaba Juan, tras su ganado cuando, allí abajo, cerca de un montículo le pareció advertir que algo así como un animal se arrastraba penosamente. Paró el rebaño, ordenando a los perros que lo cuidasen y bajó a cerciorarse de que se trataba, no tardando en ver que era una persona.

Ya a su lado, vio a un anciano de venerables barbas blancas, que medio congelado intentaba incorporarse. Ni corto ni perezoso cargó con él a cuestas, ascendió como pudo la empinada pendiente y prosiguió e! camino hasta su humilde casa, un par de kilómetros mas allá.

Cuando apenas faltaban quinientos metros para llegar, les salió al paso su esposa, que venia tan presurosa y agitada, que ni se inmutó al verlo cargado con aquel anciano.

- ¡Juanito se nos muere, no puede respirar! – gritó desesperada.

Con un susurro el viejo dijo al oído de Juan:-

-Yo no soy médico, pero lléveme a donde está el niño.

Casi sin fuerzas, Juan aligeró el paso hasta la casa y aunque el viejo se encontraba muy mal ordenó:-! Rápido, por favor, en este bolsillo tengo unas pastillas, denle una al niño con un poco de agua.

La criatura, apenas pudo tragar el agua con la pequeña pastilla, casi no podía respirar y su rostro se había puesto azulado… Pero como si de un milagro se tratase, apenas tres segundos después de ingerir el medicamento, empezó a respirar con total normalidad recobrando su sonrosado y habitual color. La alegría iluminó el rostro de toda la familia, que empezaron a darse besos y abrazos

Después sentaron al anciano ante el fuego. Le quitaron el abrigo y la chaqueta, y él muy reanimado, tras tomarse otra de aquellas pastillas les  dijo: -Me llamo Melchor y la verdad es que no soy doctor pero siempre llevo esas pastillas ‘curalotodo” que si bien no curan nada, sirven para aliviar cualquier dolencia, al menos por un día, por eso aconsejo lleven al niño lo más pronto posible a donde puedan atenderlo debidamente,

- Bueno, ahora vamos a cenar lo que hay -dijo Isabel risueña- después ya veremos lo que hacemos. En cuando pase lanoche iremos en busca de ayuda.

-lA propósito -preguntó Juan. ¿Qué hace usted por estos montes perdidos de la mano de Dios?

El viejo adoptó un gesto grave al responder: – Ningún sitio! por remoto que esté, está dejado de la mano de Dios, pero bueno, pasando a su pregunta le diré que iba en compañía de otros amigos pera celebrar  el nacimiento del niño Jesús, cuando mi camello perdió pie y caí por un terraplén. Perdí el conocimiento y ellos no debieron darse cuenta por una ventisca que se formó que dificultaba la visión.

Cuando recobré el conocimiento me encontré solo, el camello había desaparecido y yo estaba casi congelado. Entonces apareció usted que me salvó la vida, cosa que nunca podré agradecerle

lo suficiente.

Juan e Isabel apenas comprendieron nada

¿Cómo era que aquel señor viajaba en un camello…? ¡Por aquellos parajes jamás vieron un animal de esos  No le hicieron más preguntas. Isabel sacó una tableta de turrón de piedra y la botella de anís; al poco todos estaban muy animados cantando

villancicos. Cuando cantaban: “La virgen está lavando y tendiendo en un romero, los angelitos cantando y el romero floreciendo alegría, alegría, alegría…”, unos golpes en la puerta les hizo enmudecer y Juan fue a abrir extrañado, pues allí nunca llamaba nadie… Abrió la desvencijada puerta y se encontró con el sonriente rostro de un negro que le preguntó: ¿-Está aquí el señor Melchor?

- El señor Melchor se encuentra aquí y muybien, pero pase, pase usted, no se quede fuera…

-Es que no vengo solo, traigo compañía.

- ! Bueno, pues que pase también.

-.Y qué hacemos con los camellos? -le volvió a preguntar el enorme negro.

-¿Los camellos? jSÍ claro, los camellos! Mire, pues vamos a meterlos en la cuadra del burro y de paso que coman un poco que bien se lo merecen, porque a lo mejor no han comido desde hace tiempo…

Después de meter los camellos en la cuadra del borrico y darles de comer, el negro y el otro compañero se pusieron a hablar con Melchor.

- Cuando advertimos tu desaparición volvimos a buscarte y sólo encontramos tu camello que nos ha traído hasta esta casa.

Y dirigiéndose al matrimonio continuó: – No se lo van ustedes a creer, pero nosotros hacemos de Reyes Magos cada año y tenemos que estar en un belén esta misma noche, así que tenemos que marcharnos, pues aún nos queda un poco de camino. Estamos muy contentos de haberles conocido, pero la obligación es la obligación, ¿comprenden?

- Si, pero se vendrán con nosotros -afirmó Melchor-, así el chico verá un belén como Dios manda, y de paso lo llevaremos al medico, pues está muy grave…

Otra vez llamaron a la puerta y el negro aseguró: -iEsos son los pajes que siempre andan con retraso!,

En efecto tres hombres ataviados de pajes y con tres camellos más habian llegado al lugar.

Poco después, la sorprendente comitiva se ponía en marcha. Isabel, Juan y el niño acompañaron e los tres que hacían de Reyes Magos y Juan se dio cuenta que seguían a una estrelle fugaz que nunca desaparecía… Apenas una hora de camino, llegaron a un establo donde unos pastores contemplaban a un niño recién nacido. Realmente nunca hablan visto un Belén viviente tan singular; con la Virgen, San José, el niño Jesús, los animales que allí habían, los pastores y la estrella en el firmamento, mucho más brillante que las demás.

Olvidé decir que antes de salir de la casa de la montaña, Juan preguntó A Melchor: -¿He de llevar algo?

-Sí -le contestó: –Tráete el mejor cordero que tengas, lo  pondremos en el Belén como ofrenda.

Así que cuando les llegó el turno de ofrendar su regalo. Juan’ con el cordero e cuestes y bajo aquella luz diáfana que no sabía de donde provenla, se acercó a San José o al que hacia ese papel

y le dijo: -Este es mi presente… Y San José le preguntó: – ¿Este es tu hijo enfermo?

-Si, este es –

Isabel y Juan se miraron sorprendidos, pues nadie había dicho que el niño estuviera enfermo-. Y San José puso su mano sobre la cabeza del niño y le dijo: -Espero que no sea nada lo que tienes y que Dios te dé mucha salud toda la vida.

Isabel y Juan no sabían si aquello era real o lo estaban soñando. El caso es que poco después, en compañía de los Reyes y el séquito, hicieron el camino de regreso y uno de los pajes les dijo

que el niño ya estaba curado y no hacia falta ir al médico. Poco convencidos, llegaron a casa. Los Reyes dejaron unos juguetes para Juanito y prosiguieron su camino.

Al otro día, su sorpresa fue mayúscula. En el corral, en lugar de tener dieciocho corderos, había más de cien, porque no cabían más, ya que afuera pacía un gran rebaño, hasta un total de 1997. Una fortuna1. Lo que significaba que los Reyes Magos les habían devuelto una por cada año desde que nació el niño Jesús, Entonces comprendieron que hablan estado con los auténticos Reyes Magos y en el autentico Belén, cosa que confirmaron cuando supieron que Juanito se había curado y que gozó de salud muchísimos años.

-¡¡Ah!! Se me olvidaba. También encontraron una carta de los Reyes Magos que decía:

‘Todo aquel que hace algo por sus semejantes es digno de premio, sobre todo sí es en Navidad”

 

FIN