Tras la muerte
de su esposa acaecida cinco años atrás, Pablo Ruiz desapareció de Barcelona
con sus dos hijas, Raquel, de quince años y Anita, de siete. Pese al tiempo
transcurrido reconocí a la hija mayor, convertida ya en una linda jovencita,
cuando la vi. pasar por delante de mi puerta.
Después de
saludarla, le pregunté por su padre y hermana, puesto que habíamos sido muy
amigos, entonces la chica se puso muy seria y me hizo el siguiente relato:
Pasó algo
misterioso y terrible, nos mudamos a un pueblo cercano a Barcelona y, como
ya sabes, mi padre solo vivía para nosotras, cada domingo y demás fiestas
nos montaba en el sidecar de su moto BMW y nos llevaba a un lugar
paradisíaco situado en una montaña cercana a donde vivíamos. Era este un
sitio precioso, lleno de pinos, pájaros y sol, donde se respiraba alegría
amor y salud. Allí mi padre construyó un columpio con unas cuerdas y unas
maderas que pintó de azul y el nombre de mi hermana en blanco. Cada día que
íbamos lo ataba a la rama de un pino, nos comíamos un bocadillo que siempre
llevábamos y después mientras yo columpiaba a mi hermana, él se ponía a
echar la siesta bajo la sombra de algún árbol cercano o se dedicaba a leer o
a limpiar su moto con el agua cristalina de una fuente natural que allí
mismo manaba. Siempre, invariablemente hacíamos las mismas cosas hasta que
se hacia la hora del regreso ya caída la tarde. Entonces, mi padre
descolgaba el columpio y con la cuerda bien enrollada, lo escondía en unos
matorrales que habían al pie del mismo pino.
Pero un día, nos
encontramos con el camino cortado por una barrera metálica y un gran cartel
que informaba de la construcción en aquel lugar de un nuevo cementerio.
A partir de
aquel día todo cambió para nosotros, pues a pesar de buscar un nuevo sitio,
ninguno llegaba a satisfacernos como aquel, pues era muy difícil encontrar
un lugar tan apacible sin que la gente lo ocupara a veces en multitud, cosa
esta que no nos agradaba en absoluto, sobre todo a Anita que se ponía muy
triste y nerviosa, llegando incluso a negarse a salir de casa, bajo ningún
concepto.
Tan extraño
comportamiento llegó a alarmar a mi padre que recurrió a médicos y
psiquiatras, que no solo no solucionaron el problema sino que parecía que su
intervención aún empeorase más el estado de mi hermana, que fue palideciendo
hasta llegar a caer enferma en cama, donde falleció por paro cardiaco y
causas desconocidas, tres meses después. Al tanatorio, como apenas teníamos
conocidos apenas fueron unas diez personas que se excusaron alegando que
por su trabajo y otras cuestiones no podrían acompañarnos al entierro al día
siguiente, lo que apenó a mi padre mucho más si cabe, al ver que Anita
seria enterrada como un perro al que nadie acude.
Pero cuando
fuimos al entierro, el cementerio resultó ser el nuevo, el situado en aquel
monte que tanto nos gustaba, aunque aquello ya no era igual, lo habían
transformadote tal forma que resultaba irreconocible, una amplia explanada
con aparcamiento para más de cien vehículos y un complejo edificio de
oficinas, constituían la antesala de un basto laberinto de calles asfaltadas
y señalizadas como las mejores carreteras del país; pero si eso ya resultaba
sorprendente, más lo fueron los motivos que siguieron; lo primero fue que
aquel día el cementerio estaba repleto de coches y gentes importantes como,
autoridades, periodistas, y hasta una banda de música que acompañó con una
marcha fúnebre el sepelio de mi querida hermanita, aunque todo hay que
decirlo, lo que se hizo fue con el consentimiento de mi padre, al que
informaron que mi hermana era la que inauguraba tan fastuoso recinto.
Ya en el lugar
del entierro, al que nos acompaño todo el gentío allá congregado, un alto
representante de la Iglesia, bendijo el lugar y después de rezar un
dilatado y exaltado responso dio la palabra al Señor Alcalde que tras no
menos extenso discurso, dio por finalizado el acto de inauguración del
cementerio, dando su más sentido pésame a los familiares de la extinta o
sea, a mi padre y a mi, y cuando los sepultureros iban a introducir el
féretro, en ese momento como una sola persona mi padre y yo vimos el pino
delante del mismo nicho, apenas a unos tres metros. Aquel indudablemente era
el lugar exacto donde tanto nos gustaba ir, especialmente a mi hermana
Anita, parecía cosa de milagro o de magia tal casualidad. Entonces mi padre
se abalanzó y sobre los matorrales que seguían bajo el pino y sacando el
columpio ante la creciente expectación, pidió a los sepultureros que por
favor metieran este dentro de la sepultura o nicho.
Señor,.( dijo el
aludido sepulturero,)Yo no puedo poner ni sacar nada de una tumba sin el
mandato de las autoridades o de un Juez.
Todos miraban a
mi padre como si estuviera loco, pues se puso a llorar y a gritar palabras
incomprensibles, y con ánimo de meter el columpio dentro del nicho, agredió
a uno de los sepultureros que se le interpuso. En aquel momento intervino el
Alcalde dirigiéndose al alto representante eclesiástico, con estas
palabras:
No veo nada
perturbador en el hecho de que se meta ese objeto dentro del nicho. ¿Qué
opina Usted Reverendo?
No es un caso
habitual y tiene mucha razón el enterrador asegurando que no es quien para
tomar esa decisión y responsabilidad, no obstante ya que estamos aquí los
representantes de la autoridad y la Iglesia y comprobando que el objeto en
cuestión es solo un juguete y en nada puede alterar la paz del difunto ni de
los presentes, yo doy mi consentimiento verbal y solo por esta vez que se
cumpla el deseo del familiar ( Y agregó, dirigiéndose al sepulturero) Ponga
usted ese objeto sobre el féretro y concluya su trabajo.
Un silencio
absoluto se apoderó del lugar mientras se procedía al cierre hermético del
nicho, y unos minutos después, todos, toda aquella multitud estrecharon la
mano de mi padre para darle el pésame, incluso algunos le abrazaron como si
lo conocieran de siempre. Luego desaparecieron en un momento, montados en
sus lujosos automóviles.
Algunos meses
después, el día de los difuntos, fuimos a visitar la tumba de Anita y de
paso ponerle unas flores nuevas.
Aquel día era
primaveral, incluso habían pájaros trinando, como en otros tiempos. En el
cementerio había poca gente, pues por ser nuevo apenas habrían enterrado a
cien personas, no obstante, nuestra zona era la más concurrida aunque eso no
fue lo más asombroso lo más asombroso y sorprendente fue que suspendido de
la rama del pino de siempre, estaba el columpio hecho con unas cuerdas y
pintado de azul con el nombre de Anita pintado de blanco………Balanceándose.