Rayaba el alba
de un día impropio del verano, cenicientos nubarrones presagiaban un
inminente aguacero. Sin embargo, un hombre apoyado en la baranda de un
balcón contemplaba el gris panorama con aire feliz; el motivo de la extraña
euforia tenía su origen en un defecto que padecía desde su lejana juventud y
al que nunca se resignó, viviendo profundamente obsesionado, ¡la calvicie!
Continuamente gastó dinero en costosos tratamientos, pero decepcionado con
los resultados, inició una serie de experimentos por su cuenta con todo lo
que caía en sus manos, como gasolina, disolventes, zumos de frutas,
terminando como último recurso con los medicamentos que sobraban por su
casa; antibióticos, jarabes, sulfamidas, cortisona, etc., y que había ido
abandonando dentro de una caja arrinconada en el garaje, con la idea de
alguna posible utilidad futura.
Pasó el tiempo,
los experimentos fueron infructuosos y la caja quedó repleta de fármacos sin
etiquetas o caducados, por lo que decidió desprenderse de tan inútil
mercancía. Cuando iba a tirarla, se le ocurrió mezclar todos aquellos
potingues y hacer el último experimento. No lo meditó dos veces, a la media
hora y tras comprobar que no irritaba ni manchaba la piel, se aplicó una
porción de aquel maloliente y gelatinoso brebaje sobre su brillante testuz.
A la mañana
siguiente, en el aseo, descubrió sorprendido una casi imperceptible
pelusilla sobre su monda cabeza, haciéndose algunas conjeturas como... ¿Y si
la mezcla al contacto con la almohada se ha erizado presentando esta
apariencia? Incrédulo, se lavó la cabeza concienzudamente, con el resultado
de que aquello parecía más visible. Por la noche, volvió a frotarse la
región capilar con tan extraordinario mejunje y al otro día... iOH!,
SORPRESA! Tenía la cabeza cubierta de algo que ya no podía calificarse de
pelusilla, aquello ¡ERA PELO! Minúsculo y débil, pero pelo negro y sedoso.
Una sola semana fue suficiente para que su aspecto fuese de un hombre quince
años más joven, ante la sorpresa de propios y extraños que no comprendían
tan notable y súbito cambio.
Puso al
corriente del secreto a su esposa y ésta, que era muy perspicaz,
inmediatamente le sugirió patentar la fórmula y emprender un fabuloso
negocio. Pero él alegó, compungido, su total ignorancia, dado que los
medicamentos mezclados y las cantidades le eran desconocidos. La mujer se
enfureció ante tan poca previsión, pero ya calmada, propuso que un
laboratorio de análisis podría determinarla.
Pese a que
llevaron el producto a varios laboratorios no se pudo averiguar su
composición. Cuando era sometido a cualquier sistema de análisis estallaba.
El matrimonio consternado debió resignarse, al menos el problema alopécico
del marido se había solventado, pues el pelo no dejaba de crecer cada vez
con más vigor. A los tres meses crecía con tal abundancia que tuvieron que
cortarlo y medio año después había aumentado algo más en el crecimiento, y
se tenía que cortar cada semana. Pero ahí no paró la cosa. Al año siguiente
se tenía que cortar cada tres días. El asunto empezó a preocupar a nuestro
amigo cuando su pelo se tenía que cortar cada día, de no hacerlo, enseguida
se le ponían unas melenas poco recomendables para el trabajo que
desempeñaba, vendedor de automóviles. Medio año después tuvo que dejar el
trabajo. El pelo crecía un metro diario su esposa tenía que cortarlo cada
tres horas. Entonces ella contactó con una fábrica de pelucas a la que
vendía hermosos mechones de medio metro a muy buen precio. Algún tiempo
después los fabricantes quedaron abastecidos para varios años. Fue entonces
cuando se dieron cuenta que no sólo el pelo crecía cada vez a mayor
velocidad y más robusto, sino que la cabeza del buen hombre también
aumentaba de grosor.
¿Por qué en la
vida siempre ha de haber alguien sufriendo mientras otros son inmensamente
felices gracias a ese sufrimiento? ¿ Por qué me tengo que ver en esta
situación sin ni siquiera poder moverme, siempre día y noche sentado ante
ese televisor, teniendo que hacer hasta mis más vergonzosas necesidades
delante de estas personas a las que prefiero no llegar ni a conocer? ¿Por
qué los médicos que me han reconocido no encuentran la solución a esta
tremenda agonía en que me encuentro? ¿Cómo es posible que me alimento con
apenas un quilo de comida al día y produzco más de una tonelada de materia
que además va en aumento? Quisiera morir ahora mismo, iOH, DIOS MIO, PERDÓN
SI EN ALGO TE HE OFENDIDO!
La situación era
caótica. No podían vender el pelo a la fábrica de pelucas, porque además de
crecer a una velocidad palpable se había robustecido tanto que se tenía que
cortar con cizalla, como el hierro. Pero eso no arredró a la esposa, que
buscó a un fabricante de alambradas y como la cantidad era enorme (un camión
al día) el beneficio fue mayor y pronto se volvió riquísima. Vendió
reportajes en exclusiva a radio, TV y prensa. Cobraba entrada al público que
los visitaba, ya que verdaderamente era un espectáculo insólito ver a un
hombre con una cabeza que ya medía más de dos
metros de
diámetro, de la que fluía aquel pelo tan recio que era dirigido por unas
grúas hacia una
gran nave y manipulado por treinta obreros; cortando, trefilando,
enrollando, y etc. Lo malo fue cuando la dureza llegó a ser tal, que ya no
se podía cortar con nada, ni con el rayo láser. Fue entonces cuando se
inició el la gran tragedia; en pocos días el “pelo” era de un diámetro de
diez centímetros y empezó a invadir las calles del pequeño pueblo
ocasionando serios percances; derribaba las casas, obstruía las carreteras y
producía accidentes de toda índole. Las autoridades, impotentes, pidieron
auxilio al gobierno de la nación.
Y como las cosas
de palacio van despacio, cuando el presidente del gobierno aprobó una orden
de ayuda, el pequeño pueblo había sucumbido ante el arrollador avance del
fenómeno capilar.
Las gentes del
lugar emigraron a pueblos vecinos mientras se estudiaba la forma de
solventar tan peliagudo problema. La esposa del hombre cabezón (como ya le
llamaban) desapareció con su familla y todo el dinero (una inmensa fortuna).
Cuando se enteró el “cabezón” al que alimentaban desde un helicóptero, pues
era muy peligroso acercarse, pidió con voz de trueno, pero suplicante, que
por favor lo mataran. “Estoy maldito. No puedo moverme, miles de toneladas
me tienen prisionero. Si me matáis terminará mi problema y el vuestro. Tras
muchas deliberaciones a escala internacional y por el bien común se acordé
matar al cabezón, que por cierto ya media más de treinta metros de diámetro
y su cabellera avanzaba en todas direcciones medio kilómetro diario. Tras
lanzar una bomba desde un avión, la enorme cabeza se desintegró en millones
de fragmentos, pero el resultado no fue el esperado, pues cada fragmento
pareció cobrar mayor impetuosidad, iniciando un avance tan arrollador que en
menos de un mes se abandonaron más de cien localidades a la redonda. Y otro
problema se añadió; de los restos del protagonista de esta pavorosa historia
surgió un hedor insoportable y enormes gusanos empezaron a extenderse,
devorando todo cuanto encontraban a su paso, tanto flora como fauna.
La alarma
traspasó fronteras. Todo el mundo aportó ideas y soluciones, y se llegaron a
lanzar miles de misiles atómicos contra el mal, con el asombroso resultado
de que todo parecía engendrar mayor vigor al terrible pelo que seguía
aumentando de grosor, velocidad y potencia destructiva, pues ya, millones
de cables de un diámetro de diez metros avanzaban a una velocidad de cien
kilómetros diarios destruyendo los obstáculos más increíbles como montañas,
estructuras de acero, etc. Las gentes huían abandonándolo todo. Países
enteros tenían que ser evacuados. ayudados por los países vecinos que los
acogían hasta que el caso se solucionara, pero el problema se expandía mas y
más. Llego el día en que la tensión se acentuó de tal forma que ya nadie
ayudaba a nadie. Los países a los que aún no había llegado aquella maldita
cosa dejaron de acoger persona debido a los problemas que aquellas
avalanchas engendraban.
Las gentes
despavoridas huían cuando olían
aquel hedor que
anunciaba la proximidad de la muerte, los automóviles resultaban inservibles
pues las carreteras quedaban bloqueadas ante tal número de vehículos y
personas y cuando el momento se hacía crucial y se intuía la aproximación
del pavoroso fenómeno, el caos se hacia imperante, los hijos abandonaban a
sus padres los padres abandonaban a los hijos y nadie era más que nadie, los
ricos o los reyes eran pisoteaos pos pordioseros sin el menor miramiento.
Los últimos países entraban en guerras fraticidas sin declaraciones ni
protocolos con el ánimo de defender sus fronteras.
Y cuando las
aguas de todos los mares quedaron saturadas de aquellos enormes pelos de mil
metros de diámetro, inundaron el planeta hasta sus más altas cimas acabando
con toda clase de vida.
Pero aquello no
había terminado, siguió creciendo, y algunos años después, astrónomos, de
otro lugar lejano del Cosmos, quedaron asombrados al observar la
desaparición de una galaxia. Poco, se imaginaban que tenían los días
contados.
Cuando
desapareció el Universo. Dios quedó triste. Sentía un gran dolor por la
destrucción de su gran obra. Y pensaba:
“Sólo existía
una posibilidad entre mil billones de encontrar la fórmula exacta del mal,
claro que no sólo debían mezclarse elementos químicos en cantidades exactas,
también debía existir otra proporción máxima de algunos elementos de
comportamiento universal y estos hacia tiempo que existían; la envidia, la
soberbia, la avaricia, etc.”.
DIOS no se
sentía satisfecho y empezó la construcción de otro Universo. Primero creó el
cielo y la tierra, apartó las tinieblas y dijo: Hágase la luz”, y la luz
quedó hecha, luego hizo el firmamento, después hizo un lugar maravilloso al
que llamó Paraíso y lo llenó de fauna y flora terminando por crear a una
pareja de personas a imagen y semejanza suya . A él le llamó Adán y a ella
Eva... pero.. bueno,..esa... esa es otra historia, arto conocida.