Isabel González
conoció al Famoso y acaudalado doctor Ernesto del Río en una fastuosa fiesta
de presentación de su último libro.
Isabel ostentaba
el título de Mis Galaxia. Indudablemente constituía un dechado de perfección
en belleza y simpatía, cosas que, cautivaron al Doctor apenas la vio y
cambió unas palabras con ella quién, además, le aseguró que sus libros la
habían impresionado extraordinariamente. A lo que él repuso:
-Me sorprende
gratamente que una bella joven como usted sienta algún interés por mis
teorías científicas aptas para personas, digamos... de otra naturaleza o
nivel.
Mostrando un
encantador mohín de reproche. La bella joven le reconvino.
-Pues, aunque le
parezca raro, tras esta fachada de niña tonta se oculta una auténtica
enamorada de usted y su ciencia. iAh!. Que no daría yo por ser fea y llevar
gafas, a cambio de ser una científica junto a usted, ayudando en sus
experimentos.
-¿tanto le
entusiasma la ciencia?
-No sólo la
ciencia, sino especialmente usted, a quien admiro muchísimo. No se lo va a
creer, pero a mí esos jóvenes con musculitos de gimnasio sin cerebro, me
parecen deplorables: no se puede imaginar la cantidad de moscones de esa
índole que tengo que espantar continuamente...
Tras aquellas
palabras siguieron otras en las que ella no dejaba de repetir su admiración
y deseo de conocer con mayor profundidad al científico, por lo cual Ernesto,
halagado hasta el infinito, no tuvo más remedio que concertar una cita con
la entusiasta joven para el día siguiente en su laboratorio, donde le
enseñaría a la bella Mis Galaxia, algunas cosas sobre sus últimas
investigaciones, que trataban sobre la transmisión telepática entre las
neuronas de diferentes especies, como por ejemplo: hacer sentir dolor o
placer entre un conejo y un mono, habituados a muy diferentes situaciones de
convivencia.
A la mañana
siguiente Ernesto e Isabel en el laboratorio miraban como hipnotizados a los
animales.
¡Mire!, hago
cosquillas a este mono y observe la reacción del conejo, parece que reciban
los dos el mismo placer. Con el tiempo, a través de esta técnica se podrán
enviar ordenes mentales, no sólo entre animales, sino de ellos al hombre y
viceversa, aunque estén muy lejos unos de otros.
Ante las
explicaciones del científico ella exclamó alborozada:
-Por Favor!,
Tratémonos de tú, tenemos que acortar distancias entre nosotros. Quisiera
que me admitieras en tu equipo y me enseñases todas estas cosas y no
tendrías
que pagarme
nada, al contrario, haría cuanto tú mandases por estar junto a ti...
Ernesto no podía
creer lo que oía. ¿Cómo una preciosa joven de veinte años podía hablarle así
a un, hombre anciano de setenta y cuatro? ¿Sería posible que aquella
belleza pudiera enamorarse de él...? Creyó que estaba volviéndose senil o...
¿loco?. De todas formas las insinuantes palabras de la muchacha no dejaban
mucho lugar a la duda. Además, su proximidad le rejuvenecía.
La velada fue
épica. Ernesto confesó sus anhelos a la bella, quién se le entregó sin
grandes reparos. Un mes después se celebraba la boda.
Al enlace
asistieron amigos, familiares y todos los medios de información, aunque
estos no dieron gran repercusión a los acontecimientos pues era ya más que
normal que lindas jovencitas se casaran con ancianos, especialmente si los
ancianos gozaban de enormes fortunas.
Y la triste
realidad se veía venir ya que la dulce Isabel tenía un amante: un novio
gandul y despreciable y que era el verdadero inductor de la chica, el que
había pensado y elaborado el maquiavélico plan para seducir y conquistar al
famoso científico.
-Con la edad que
tiene decía el macarra- no creo que dure mucho y si no, le damos un
empujoncito y...
¡A por los millones!
Sin embargo, el
Doctor Ernesto del Río, no parecía tan acabado como imaginaban los
malandrines. Seguramente por haber llevado una vida recogida y sana, sin
alcohol, sin tabaco, sin sexo.
Asi que, ni
haciendo el amor a diario, cosa impensable a su edad y para asombro de
isabel., el científico languidecía, ni se ponía enfermo ni nada; al
contrario... la doblegaba, era ella, la que tenía pedir tregua para asentar
a su revuelto y asqueado estómago.
Por su parte. el
feliz científico seguía experimentando y escribiendo libros en los que
detallaba los pormenores de sus hallazgos y teorías.
-Últimamente
–(le comentaba a su flamante mujercita)- estoy intentando desentrañar un
gran misterio del que no pocos científicos se han ocupado infructuosamente.
Estoy tratando de demostrar que, el cerebro, pese a muchas teorías que
aseguran lo contrario, es el órgano más potente y resistente del cuerpo
humano y por lo tanto el último en dejar de actuar, tras la muerte. Según
mis experimentos, el cerebro deja de funcionar aproximadamente entre diez y
veinte horas después de que los medios habituales de control de señales
dejen de detectar y registrar cualquier signo o parámetro; estoy
completamente seguro que la vista, el oído y los demás sentidos están
presentes y... ¡vivos! aunque ningún instrumento lo detecte.
Isabel; hablando
con José, su amantó, afirmaba rabiosa:
-¡Ese viejo
baboso no se va a morir nunca! Me da tanto asco que no puedo resistir más.
Cada día tiene más ganas de sexo; tenemos que hacer algo o creo que lo dejo.
¡Has de aguantar
como sea! -replicaba el amante- ya tiene setenta y siete años y pronto ha de
flaquear. Debe tener el corazón a punto de pararse. Con la mancha que
lleváis no creo que su resistencia aguante mucho tiempo. Cariño mío; imagina
lo que podremos hacer cuando el viejo la palme y tú seas la dueña de todos
sus millones y propiedades. Seremos inmensamente felices, tendremos a
nuestro alcance el mundo entero y sólo nos dedicaremos a hacer el amor de
verdad y a vivir la vida, ¡cómo hacen los millonarios. De momento, yo me
ocuparé de provocar una avería en el coche de tu marido. Cuando
los criados se
hayan ido me abres la puerta del garaje, encierras a los perros y yo me las
apañaré.
Aquella noche,
José, con unos alicates hizo un pellizco en un latiguillo de los frenos del
coche y al día siguiente, cuando el Doctor se dirigía rumbo a su
laboratorio, el chofer exclamó::
— ¡Maldita. Sea!
Algo les pasa a los frenos, casi no me responden.
Gracias a la
experiencia y pericia del conductor, se pudo evitar la tragedia. Aunque se
encontró la avería, nada se pudo demostrar, pero quedó una ligera sospecha.
ya que era un coche muy bien cuidado y revisado periódicamente por un
experto mecánico.
— ¡Hemos
fallado! exclamaba José encolerizado
. Pero no vamos
a flaquear... Ahora te toca a ti querida. ¡Envenénalo!
Muy fácil lo ves
tú! Además, yo no tengo ni idea de cómo hacerlo.
—Lo harás con
astucia, poco a poco, poniéndole este veneno en la leche o el café que le
das, después de hacer el amor, o antes de dormir.
Así, desde aquel
día, Isabel llevó a la práctica las indicaciones de José y no tardo ni una
semana en conseguir los resultados apetecidos, Ernesto empezó a sentirse
débil de una forma gradual. El mismo se hizo unos análisis descubriéndose
la alteración en la sangre. Llamó a su mujer y le dijo:—Tengo la sangre
envenenada, así que a partir de ahora tomaremos algunas precauciones. Quiero
creer que tomé algún alimento en mal estado, ya que no quiero ni pensar que,
alguien de mi confianza pueda estar intentando matarme. Pero, si tengo, o
tienes, la menor sospecha llamaremos inmediatamente a las autoridades.
Así que, después
de aquello Isabel no se atrevió a seguir con el veneno y el doctor volvió a
restablecerse y a retornaron todos sus apetitos, con un apasionamiento
impropio de su edad.
He de decir que,
por fin, el doctor Ernesto del Río falleció de muerte natural por fallo
cardíaco varios años después, cuando había alcanzado la edad de ochenta y
cinco años. Aquel día desfilaron por delante de su ataúd, que alumbraban las
típicas velas, muchas personas conocidas y familiares. Al llegar las doce de
la noche, exactamente siete horas después de su muerte en la gran mansión
sólo quedaron acompañando al difunto, Isabel y José, quienes después de
mirarse significativamente y cerrar meticulosamente puertas y ventanas, se
acercaron al ataúd y empezaron a reír histéricamente y a felicitarse con
extraordinaria alegría, algo poco adecuado si lo hubieran hecho antes en
presencia de los criados o los demás asistentes.
— ¡AI fin te has
muerto, maldito viejo! —exclamó satisfecha Isabel, escupiendo las palabras
al rostro de Don Ernesto- Ahora, mi verdadero amor y yo brindaremos por tu
muerte; a ver si te pudres en el infierno y pagas por todos los años de
humillaciones que hemos tenido que aguantarte. Yo por aguantar tus
asquerosos caprichos sexuales y José por no poder retorcerte el mismo, el
pescuezo.
—jAcaso no
podías haberte, muerto antes? —( Añadió por su parte José en tono
amenazador)— ¿Acaso no comprendías que Isabel tenía derecho a disfrutar de
la vida con un hombre de verdad no contigo, viejo repugnante? Ahora, si es
que tus dichosas teorías son verdaderas, vas a ver y oír lo que Isabel y yo
haremos a partir de este momento con tu casa y tu dinero.¡ Te vamos a dar un
adelanto!
El amante
destapó el féretro y levantó las pestañas del difunto diciendo con
entusiasmo:
—Ahora verás
como me ventilo a tu mujer sobre tu cadáver. Ahora verás como se hace
realmente el amor.
Al principio
intentaron hacer el amor dentro del ataúd con el propio cadáver, pero este
era estrecho para los tres así que los amantes decidieron hacerlo encima de
la tapa del mismo, dejando la ventanilla abierta para que el Doctor Entesto
los pudiera contemplar a placer...(Si es que sus teorías eran acertadas)
Con toda la
lujuria contenida, por hacer tiempo que no podían verse, José e Isabel
empezaron a acariciarse de la forma más soez y bestial posible haciendo
tambalear á base de imperiosas y penetrantes embestidas el ataúd, que se
movía impúdicamente.
Los gemidos de
placer de Isabel y José empezaron a invadir la habitación y casi a traspasar
las paredes. De golpe, los tres fieros perros que Don Ernesto tenía en el
jardín empezaron a aullar, a ladrar y a rascar las puertas de cristal del
jardín. El estruendo, provocado por las fieras interrumpió por unos momentos
el frenético vaivén de los amantes, pero las puertas estaban cerradas con
llave ya que antes de su orgía privada las habían cerrado cuidadosamente.,(
como ya quedó dicho.)
-¡Ladrad.
Ladrad malditos perros! –(Exclamó con la cara congestionada de gozo José)-
Que después mandare al veterinario a que os mate.
Los ladridos,
lejos de asustarlos, hicieran que las caricias y los gemidos aumentaran su
lívido y, el culminante final del acto carnal se avecinaba inexorable. De
pronto, una nube negra de algo que había entrado por la chimenea se abatió
sobre los fornicadores, matándolos casi sin darles tiempo a defenderse, ni a
saber realmente que les había atacado y matado.
• Aquella nube
negra, era una nube de abejas que tenían su panal justo en el laboratorio
del famoso Doctor, quien, Últimamente, trabajaba para cambiar la genética
agresiva de algunos animales. Desarrollando un procedimiento de simpatía y
transmisión mental de ordenes y sugerencias.
Finalizado su
cometido, el enjambre se volvió a su colmena. Y los perros enmudecieron.
Nunca, ni Ía
policía, ni nadie logró averiguar lo sucedido en aquella casa, quedando
asombrados y desconcertados cuando al día siguiente forzaron les puertas y
encontraron a los dos cadáveres desnudos y todavía encima del ataúd de Don
Ernesto, quién,
dicho sea de
paso, lucía en su rostro una horrible y macabra... ¡sonrisa!..