LOS ARREPENTIDOS

Andaba cabizbajo, meditando en los problemas que por doquier me acosaban, cuando me encontré con un antiguo compañero de la Universidad. Inmediatamente nos pusimos a hablar de nuestra situación, de los logros conseguidos y también de los afanes no alcanzados. Quedé sorprendido cuando me contó sus éxitos en la política y en los negocios porque él siempre fue un mal estudiante que salvaba los exámenes por los pelos, como vulgarmente se dice, lo contrario que yo que siempre fui considerado como ejemplo de toda la Universidad. Le puse al corriente de mi vida gris, sin apenas trabajo en mi gabinete de abogado. Y lo que es peor: sin haber tenido ni tan siquiera amistad con ninguna mujer, cosa comprensible por mi timidez suprema y un defecto físico, una cojera aparatosa resultado de un accidente infantil.

-Puedo asegurarte que no sé lo que es disfrutar de una mujer, es más, mi timidez es tal que no he sido capaz de acercarme nunca ni a una prostituta.

Mi amigo, asombrado por mis revelaciones me explicó que ligar era muy fácil, pues incluso existen clubs y agencias matrimoniales que facilitan a personas como yo establecer contactos muy interesantes.

-Si quieres -me dijo-, puedo llevarte a un lugar donde conocerás a bellas señoritas que no tendrán el menor reparo en acostarse contigo de inmediato. Y no vayas a creer que son viciosas o prostitutas, al contrario, son jóvenes de muy buenas familias, personas muy bondadosas y religiosas con una excelente educación. Naturalmente antes de prometerte nada en concreto he de advertirte que se trata de... digamos... un club muy discreto al que no tiene acceso cualquiera. Si lo deseas yo puedo presentarte. con la única condición de que te hagas... her... socio. Las reuniones son cada quince días, casualmente mañana, si obtengo la autorización del superior podré instruirte sobre la asociación, secta, clan o como más te guste llamarlo.

Nos despedimos tras unas palabras en las que nos pusimos al corriente de nuestras direcciones, números de teléfono y un largo etcétera. Aquella noche casi no pude dormir pensando si sería posible que al fin consiguiese disfrutar de los favores de una mujer, si al fin iba a conocer el amor; aunque la verdad era que no podía creer en las insólitas afirmaciones de quien fue uno de los más bromistas y juerguistas de la Facultad. Lo más seguro es que se tratase de una burla de mal gusto y que ni siquiera se molestase en llamar por teléfono. En fin, nada tenía que perder, sólo me quedaba esperar y que fuera lo que el destino decretase.

Fue a media tarde cuando recibí su llamada en la que con gran euforia me comunicó que había sido aceptado y que deberíamos vernos inmediatamente para entregarme las instrucciones de aspirante a la Orden de los Arrepentidos, nombre que por primera vez oí en mi vida.

-Se trata de una filosofia practicada de muy antiguo, pero que es poco conocida por tratarse de un círculo mucho más hermético que Los Templarios y otras sectas no comparables, sólo te diré que a ésta pertenecían El Marqués de Sade, Rasputín y más personas de muy alta alcurnia que no viene al caso nombrar. Lo que trata la orden con sus prácticas es agradar al Sumo Creador de todas las cosas. Como sabrás Dios se complace más de un pecador arrepentido que de cien que nunca hayan pecado. Recuerda la parábola del pastor que abandona el rebaño para ir en busca de la oveja descarriada, ésta es la doctrina en que apoyamos nuestras prácticas y oraciones.

Después me entregó un libro, advirtiéndome de que se trataba de una guía secreta que, una vez leída, debería devolverla y decir si aceptaba los estatutos allí escritos.

En la guía espiritual de la Orden de los Arrepentidos se decía, entre otras cosas, que lo esencial en los seguidores era la pureza y que para lograrla se requería apartar la familia, los amigos anteriores y el modo de vida si acaso éste no fuese ejemplar. Cualquier vínculo o costumbre perturbadora habría de ser rechazado.

Otra cláusula obligaba al máximo respeto entre los miembros practicantes, el amor entre ellos debería demostrarse continuamente ayudando al que lo necesitase, incluso arriesgando la vida por él sin esperar nada a cambio.

Por último, advertía de la obligación de guardar el más absoluto secreto de las cláusulas, actividades y prácticas de la orden, cuyo único fin era hacerse merecedor del amor y agrado de Dios. La verdad es que la curiosidad me consumía pensando en el día de la reunión, cuando seria presentado a las hermosas féminas de las que me habló mi amigo.

Y como todo llega en esta vida, llegó el día anhelado y a bordo de un coche arribamos, ya oscurecido, a una lujosa y grandiosa mansión de las afueras, donde ya estaban más de cien personas reunidas en un amplísimo salón que atravesamos, acompañados de un extraño personaje vestido con túnica eclesiástica, hasta otro cuarto mucho más pequeño que llamaron El Sancta Sanctorum y donde en presencia de otros dos hombres también uniformados de igual manera y aspecto severo fui preguntado sobre diversos temas y juré con la mano en El Gran Libro de la Sabiduría, nombre que ellos daban a la Biblia. Después me dijeron:

-Ya eres miembro de esta orden, recuerda los estatutos porque tu juramento sólo se romperá con tu muerte. Ahora irás con tus hermanos y hermanas para arrepentirte de tus pecados por la oración y el firme propósito de agradar al Todopoderoso.

Ya en el gran salón, el sumo sacerdote instó a todos a acercarse y exclamó:

-Hijos míos, aquí os entrego a un nuevo pecador arrepentido, hoy es el día de la lujuria, hoy faltaremos al mandamiento de no fornicarás. Pecad y arrepentíos profundamente

Apenas terminó de decir la última palabra, aquello se convirtió en un infierno, pues todos sin excepción empezaron a gritar palabras obscenas en una confusión indescriptible, mientras se desnudaban presurosos y empezaban a retozar, masturbarse y sodomizarse. Me quedé anonadado, aturdido en medio de aquel desmadre. Pero mi amigo, que le habían nombrado mi mentor espiritual, no me perdía de vista y se

acercó acompañado de cinco hermosísimas jovencitas (ninguna debería superar los veinte, años) y ordenó tajante:

-¡Pecad por el amor de Dios!

Y como movidas por un resorte, aquellas preciosidades se abalanzaron sobre mí y me despojaron de las prendas en menos que canta uno cuando se ducha. Lo que siguió fue inefable me acariciaron, mordisquearon, lamieron los sitios más íntimos de mi cuerpo y me fornicaron hasta que me dejaron exhausto como jamás pude ni remotamente soñar. Verdaderamente fue maravilloso. Después, cuando todos estuvieron satisfechos, sonó una campanilla. Nos vestimos con prontitud, tras lavarnos en una inmensa bañera Y puestos de rodillas rezamos largo rato, exclamando de vez en cuando:

-!Oh!¡ Señor, Dios mío, perdóname pues estoy arrepentido!

El tiempo fue pasando. Cada reunión trataba de un pecado diferente, pero como entre nosotros apenas podíamos platicar debido a los estatutos, el Sumo Sacerdote hacia una especie de sorteo y los afortunados explicaban lo que habían hecho durante los días anteriores, referente al pecado que tocaba en cada ocasión, He aquí un ejemplo:

-Cuando tocaba robar, me apropié de un automóvil y después lo quemé.

Otro dijo:

-Yo le quité la ropa a una pareja que nadaba y tuvieron que ir en bañador hasta el juzgado a denunciar el hurto.

La mayoría de las veces para terminar la reunión se hacia un juego de lotería y se fornicaba con los hábitos sexuales más aberrantes y a la vista de todos. También se consumían drogas alucinógenas, antes de pedir perdón a Dios

El caso es que poco a poco, y debido a mi contacto con aquellas gentes, mi situación fue  

mejorando pues no sólo me puse las botas tirándome a todas las mujeres de la congregación; además me recomendaban a sus amistades.

Todo se complicó cuando ascendí de categoría dentro de la orden, ya que me cambiaron a otra cofradía o logia donde los pecados eran más importantes. Y por tanto más nos comprometían al hermetismo en relación con el exterior de la hermandad.

En las logias de tercer grado, los pecados ya no podían considerarse travesuras. Debían ser auténticas maldades y a ser posible criminales; como era matar a un niño recién nacido traído de un hospital engañando a los padres, quienes pensaban que el alumbramiento se había malogrado u otras argucias similares. Algunos en tales ocasiones nos mostrábamos asustados, pero el Sumo Sacerdote nos tranquilizaba con sus palabras llenas de sabiduría.

-Ante los ojos de la gente somos asesinos despiadados, pero ante los de Dios somos inocentes criaturas, sus hijos predilectos. Por eso Él nos ayuda en nuestra vida, otorgándonos el poder y la riqueza que compartimos como hermanos y que nos une.

En efecto, el crimen nos unía y si algún miembro se distanciaba pronto era asesinado. Cada vez sentía más remordimientos de haberme integrado en aquella secta macabra. Pero ya me era imposible salir, ahora tenía familia, un envidiable puesto en la administración del gobierno y no paraba de ascender, convirtiéndome rápidamente en uno de los hombres más poderosos del país.

Y llegó el día que ascendí a la logia del grado superior:

¡La Internacional!. Como embajador tenía que viajar con frecuencia. Y la mayoría de las veces no era sino para asistir a reuniones del más alto nivel, donde asistían personalidades mundiales, tales como ministros, presidentes de gobiernos y hasta algún que otro rey. Debo aclarar que a esta logia no podía aspirar cualquiera, ni los Sumos Sacerdotes de congregaciones inferiores podían imaginar quienes eran sus componentes. Tal era el secreto que separaba un escalafón de otro.

En estos encuentros apenas se practicaba el sexo, pues se consideraba como algo insustancial a los ojos de Dios; aunque yo, la verdad, siempre creí que era porque la mayoría eran viejos. Aquellos hombres, cuando eran preguntados sobre sus acciones, siempre presumían de crímenes de alto mérito.

- Yo, como ministro de economía de mi país, he hundido la bolsa y la moneda, abriendo las fronteras a productos fabricados en los países del Tercer Mundo! Y de esta forma he sumido en la miseria a los empresarios que no han tenido más remedio que despedir a millones de obreros, a los que sólo les espera la indigencia. ¡No podéis imaginar qué arrepentido estoy ni las veces qué, en interminables oraciones, pido la expiación!

-Pues yo, que como sabéis soy ministro de agricultura y pesca, he dictado un decreto en el que ordeno la deforestación de millones de hectáreas de frutales y otras especies, para ruina de cuantos se dedican a estos menesteres tan penosos. Lo que ha conducido a muchísimos a la desesperación, al suicidio o a la cárcel por sus protestas. Estoy apesadumbrado, pero sea para mayor gozo del Señor.

Como es natural, cada día me sentía más distante de aquella doctrina absurda, demencia! y criminal, a la que me ataba la complicidad, cada día más arraigada y el temor a que mi familia fuera aniquilada si se descubría mi flaqueza. Pero ya nada me importa porque los míos han sido masacrados. El pueblo donde fueron a pasar unas cortas vacaciones sufrió una catástrofe, con el sistema de echarles literalmente encima una montaña próxima mediante la detonación de minas explosivas que alguien situó en su base. Se informó después que el desplome fue un alud provocado por el mal tiempo atmosférico. Ahora ya no temo a las torturas a las que seré sometido cuando se enteren de mis ideas. Soy consciente que cuanto sucede de malo en el mundo es por culpa de esa maldita secta, nadie me creerá porque tal vez todos pertenezcamos a una logia en un grado u otro, aprovechándonos de los beneficios que ello pueda reportar. Quizá esta escritura no llegue a manos de nadie, o sea destruida. Mucho me temo que el fin del mundo esté cerca, pues a los más altos dirigentes y sus acólitos ya sólo les queda por perpretar la destrucción mundial. Eso sí: pidiendo perdón, alegando su más angustiado arrepentimiento.

Fin

 

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