Existía en
tiempos remotos un inmenso país gobernado por un rey que tenía tres hijos
trillizos.
Un día el rey,
que se llamaba Gandolfo XXXIII, dijo con gesto y tono triste a la reina, su
esposa:
--Querida
consorte; creo que se acerca el fin de mis días y aun tengo dudas de quién
debe ocupar este trono cuando llegue este momento. ¿Qué opinas tú, amada
mía?
. La reina, que
se llamaba Amimia, de avanzada edad como el rey le miró de soslayo y con
acento cariñoso le aconsejó:
-Deberías hacer
esta consulta a los ministros y a los hombres más sabios de este país.
Durante varios
días emisarios del monarca recorrieron el territorio preguntando a las
gentes por los hombres más sabios de cada sitio, y un mes más tarde
convocados ante su majestad acudieron todos.
En la sala de
Parlamento el rey les dijo:
-Queridos
ministros y hombres sabios; Os he hecho venir a esta sala para que con
vuestra experiencia y sabiduría me aconsejéis para resolver un delicado
problema. Como todos sabéis, tengo tres hijos nacidos en el mismo día y
hora, tres hijos a los que amo sin diferencias a los que considero capaces
de seguir mi labor, lo cual es imposible, el rey sólo puede ser uno y hemos
de elegir sin vacilaciones al mejor, cosa harto difícil pues los tres poseen
los más profundos estudios y se asemejan como gotas de agua en todo cuanto
son y hacen. Para mí es sumamente difícil por no decir imposible, elegir al
mejor sin temor al error; por eso estáis aquí, deseo que me expongáis
vuestras sugerencias a fin de seguir el método más conveniente para saber
quien merece, aunque sólo sea por poco margen, ocupar el trono que por mi
edad será pronto; tal vez no resista ni tres o cuatro otoños más.
Durante dos
días, todos los reunidos estuvieron cambiando impresiones acerca del dilema
y al fin uno de
los más viejos expuso su idea:
-Majestad,
señorías, compatriotas: Creo en mi humilde opinión que los tres príncipes
deberían partir con una cantidad de dinero suficiente, pero no excesivo, a
dar la vuelta al mundo durante un año, solos, cada cuál con su caballo: Al
término de este plazo, regresarían y contarían aquí con las pruebas
convenientes lo que habían visto, lo que habían conseguido y lo que habían
hecho. El que mayores triunfos hubiese cosechado, ese, demostraría ser el
mejor.
Un aplauso
unánime fue la respuesta del pleno. La sugerencia fue aprobada y siete días
después, salió el primero de los tres hermanos, era el uno de noviembre, Un
frío intenso hacia que de la boca del caballo y de su jinete, así como de
todos los que fueron a despedir al príncipe Ataulfo saliese vapor.
Al siguiente
día, fue el príncipe Bastian el que tras espolear a su brioso corcel,
desapareció rápidamente en la lejanía.
El tres de
noviembre, el gentío con su aplauso despedía al tercero de los hermanos, el
príncipe Gandolfo
Y el tiempo fue
venciendo al tiempo, al crudo invierno, de largas noches e intensas heladas,
sucedió una primavera templada con persistentes días lluviosos, después el
caluroso estío, un verano atroz de calor pegajoso y días interminables, y
por fin otra vez empezaron a caer las hojas de los árboles dando paso al
nuevo año. El mismo día 1 de Enero llegó Ataulfo, el primero que salió.
Llegó puntual y expuso en un libro que traía, el resultado de su larga
andadura.
El libro resumía
así el viaje:
«He recorrido
todo lo conocido del planeta desde Siberia a África, he pasado por la India,
por China, Rusia y España. He pisado el país del oro, el de la planta que
produce la felicidad y el de la que produce la muerte. He procurado gastar
el mínimo de dinero durante todo el tiempo, y he podido conseguir en un país
de Oriente una parte de un gran negocio de perlas y todo tipo de joyas.
A Los seis meses
el negocio ha pasado a ser totalmente de mi propiedad. Después al cabo de
nueve meses poseo ese fabuloso negocio y otros dos, uno en la fabricación de
tapices y otro en la fabricación de navíos comerciales y de guerra, aquí
traigo los títulos de propiedad que prueban lo que he dicho».
Al segundo día
llegó el príncipe Bastian y como el anterior traía un libro en el que
resumía así sus éxitos.
--«He dado la
vuelta al mundo, tal como se me ordenó al partir, y en todos los sitios que
fui empleé mi dinero en grandes fiestas en las que gané gran cantidad de
amigos. Las personas más ricas e influyentes de cada lugar han estampado su
firma en este libro, hay miles; reyes, príncipes, embajadores, mercaderes
importantísimos, sacerdotes de las más dispares religiones, grandes
empresarios y así Infinidad.
He dejado en el
mundo entero gran cantidad de amigos, amigos que si soy Rey serán amigos de
este país y con ellos podré hacer tratados e intercambios comerciales».
El príncipe
Gandolfo no llegó al tercer día, ni al cuarto, ni a la semana. Llegó
andando, diez días más tarde y vestido de andrajos. En su semblante se
adivinaba que había sufrido mucho. Sus hermanos pensaron que llegaba
derrotado y sonrieron irónicamente, el príncipe no traía ningún libro, se
arrodilló ante el rey, su padre, y sollozando narró lo siguiente:
-¡OH padre! ¡OH
Majestad! Perdonad a este hijo que por su debilidad de espíritu no ha
llegado ni a salir de este, nuestro país.
El Rey y la
Reina se sorprendieron mucho por esta confesión y fue el propio Rey el que
le inquirió:
--¿Pero que te
ha pasado hijo mío?
--A las cinco
jornadas de mi partida de palacio encontré una aldea y como era ya muy
avanzado el día, decidí pernoctar allí, y sin decir quien era yo, pedí
alojamiento y cena. Aquellas personas me abrieron las puertas sin recelos,
me dieron la misma cena que ellos mismos iban a consumir quedando asombrado,
pues se trataba hierbas cocidas sin tan siquiera un mendrugo de pan. Les
pregunté como es que cenaban aquello y me respondieron que eso era lo único
que tenían, que solo podían comer hierbas hasta que llegasen tiempos
mejores, que la presa se había roto en plena recolección inundando los
campos y arrasando las cosechas. Me dieron mucha pena aquellas gentes, los
niños estaban tan delgados que se les podían contar los huesos, así que
decidí ayudarles; con otros hombres, cogimos carros y fuimos a comprar
alimentos para que pudiesen resistir el invierno, luego estudié las causas
del desastre dándome cuenta de que había sido construida por personal
incompetente, ellos mismos con sus escasos medios y mal, así que mandé traer
todo lo necesario y durante cuatro meses permanecí allí dirigiendo la
construcción de la nueva presa para riego, con un aliviadero que dejase
escapar el agua excesiva. Después me despedí de ellos, cuando empezaron a
salir las primeras plantas de la nueva cosecha.
Lamentablemente
esa no fue la única desventura, al segundo día de dejar aquel poblado
encontré la ciudad de Maribia que estaba sufriendo los estragos de la peste.
La terrible epidemia diezmaba a los habitantes de aquella pequeña ciudad, y
que para mayor desgracia una de las primeras personas en sucumbir fue el
médico y no había otro en muchos kilómetros a la redonda.
Viendo tal
cantidad de desesperación y muerte no pude hacer otra cosa que ponerme al
frente de aquellos desgraciados y tras dictar las normas preliminares de
aseo y exterminio de las ratas, traer agua de otros lugares y prohibir beber
de los pozos del pueblo tracé un plan de combate contra la epidemia, dando
frutos positivos. A los diez días dejó de haber muertos, pero cuando ya me
disponía a marchar ante todo el pueblo que me vitoreaba ignorando tan
siquiera que yo era el príncipe, un calor súbito se apoderó de mí subiéndome
a la cabeza, derribándome del caballo.
Aquellas buenas
gentes comprendieron que yo había cogido la terrible enfermedad y me
cuidaron como les enseñé. Sane a los dos meses, o sea que salí de allí a los
tres meses de llegar.
Ya empezaban a
desvanecerse en mí las esperanzas de poder dar la vuelta al mundo, había
perdido más de medio año y apenas había recorrido parte de nuestras tierras.
Empecé a espolear al caballo tratando de ganar algún tiempo y casi sin
descansar pasaron cinco días más. Pronto llegaría a la frontera. Después
cogería un barco y atravesaría la India.
Al subir un
pequeño repecho y ganar un cerro oí a mi izquierda un enorme griterío que me
llegaba amortiguado. Podía distinguir claramente de que se trataba, así que
como que el día ya estaba vencido y las primeras sombras se adueñaban del
paisaje decidí ir a enterarme de lo que sucedía. Alguien podría necesitar
ayuda o que se yo. Cuando llegué al lugar me quedé absorto al ver que sobre
los rastrojos secos había dos caballos y dos hombres muertos, así como
varios heridos. Pregunté a aquellos que por allí pasaban y me dijeron que
los del pueblo vecino y ellos tenían distinta opinión de dónde estaban los
límites de sus tierras y que iban a resolverlo por las armas. Entones yo me
di a conocer porque aquellos hombres no atendían a razones de ningún tipo,
sólo veían una solución, aniquilar a los del otro pueblo. Cuando les
demostré quién era se quedaron asombrados de que el rey se preocupase por
ellos y les hubiese mandado a uno de sus hijos. Prometieron acatar mis
órdenes y dijeron que esperaban de mí una justa solución.
Luego partí al
otro pueblo y también prometieron poner fin a su agresividad, y se acordó
que dos días después yo les marcase los límites. Estudie con sus dos
alcaldes el problema y les repartí el terreno en discordia a partes iguales.
Me tomé la libertad de firmar un tratado de paz en tu nombre, de lo que os
pido humildemente perdón. Y salí de allá tras perder casi un mes y ver que
los dos pueblos convivían sin rencores y felices por mi intervención.
Apenas había
pasado un día, cuando ya estaba cerca de donde debía embarcar me salieron al
paso unos ladrones, me robaron el poco dinero que me quedaba y el caballo,
dejándome atado a un árbol y en paños menores, viéndome de tal guisa, pensé
que sería harto difícil seguir, que el destino se había cebado en mi y que
no podía hacer otra cosa que regresar como pudiese.
Me daba hasta
vergüenza decir que yo era el príncipe y no lo dije. Pedí en una casa algo
para taparme, después de contar que me habían robado, y me dieron estos
andrajos. Luego, tanta era mi humillación, que he procurado pasar
desapercibido. He venido comiendo hierbajos o lo que encontraba y, de nuevo,
os pido perdón por no haber logrado la prueba, pese a los medios más que
suficientes de que me dotasteis, padre.
-El rey mandó
silencio, pues los hermanos se estaban desternillando de risa. Después
dirigiéndose a Ataulfo le preguntó:
-Ataulfo, tú
fuiste el primero en salir y debiste cruzar esos pueblos que ha dicho
Gandolfo,¿viste lo que él cuenta?
Ataulfo no
titubeó y respondió sonriendo abiertamente:
-Sí, padre. Pero
yo tenía una orden tuya, una misión que cumplir, así que no me importaba
otra cosa, ante todo tenia que cumplir tus órdenes, y seguí mi camino.
-Bien -continuó
el rey, Ahora tú Bastian: ¿también viste esos pueblos?
Tras titubear
un momento el aludido contesto con cierto nerviosismo.
__Si padre, pero
yo como Ataulfo, tenia que cumplir la misión que tú me mandaste y seguí
también mi camino.
-Hijos míos, ya
sé quien será mi sucesor porque no hay misión para un rey más importante que
servir a su pueblo, aquél rey que pasa las tribulaciones y miserias de sus
súbditos sin prestarles atención no es merecedor de su puesto.
Tú, Ataulfo, has
demostrado tener grandes aptitudes para los negocios, pero ser rey es mucho
más difícil y más sencillo, ser rey es querer el bien de los tuyos, de ese
pueblo como un padre cuida a su hijos y darlo todo por ellos, vivir con
ellos sus problemas y ayudarles hasta que no quede nada, ni una gota de
sangre en sus venas, lo mismo que harían ellos por su rey si fuera
necesario.
A ti Bastian,
poco he de decirte; es fácil hacer amigos con fiestas y las amistades de
fiestas suelen terminar con estas. Los dos habéis hecho lo mejor que habéis
podido; vuestra misión. No os resto méritos, pero os equivocasteis, un rey
ha de tener, además de amor a su pueblo, iniciativa suficiente para saber
que es lo mejor, y lo mejor es lo que ha hecho vuestro hermano, él que no
salió de nuestra tierra, y yo os digo que un rey si tiene problemas en su
tierra debe de estar en ella y no marchar a hacer negocios en el extranjero,
y por supuesto, ni fiestas. Por lo tanto, yo en plenas facultades físicas y
mentales hago público ante esta cámara que mi hijo Gandolfo será Gandolfo
XXXIV cuando Dios así lo decida.
Gandolfo XXXIV
fue el mejor rey de aquel país remoto perdido en la memoria de los tiempos.