Las pasiones de
las masas sedientas de sangre, se mezclaban con la valentía y el arte de
aquellos hombres que pugnaban por llegar al súmmun de su oficio, bajo el sol
abrasador, de un día inolvidable por lo aciago. Pero no, no eran cosos
romanos donde el infernal griterío animaba a los diestros a matar a sus
oponentes a los que, previamente y para satisfacer al exigente público
asistente, se les hacía sufrir atrozmente, con saña, con estudiados
martirios al compás de una alegre música. No señor, no eran antiguos cosos
romanos, Eran cosos taurinos! modernas plazas de toros llenas de gentes, de
incomprensibles instintos para otras culturas.
Aquel día se
hizo históricamente aciago para la fiesta, porque entre las múltiples
corridas celebradas, murieron veintidós toreros, algunos famosos, amén de
más de cien heridos de distinta consideración. El estupor y la sorpresa fue
enorme en el mundo entero, pues lo normal era que, pese al peligro que
representaba el espectáculo, sólo se produjera la muerte de un diestro cada
díez años por término medio: algo así como un muerto, por millón de toros
lidiados. Pero aquel día todo empezó a cambiar, los torpes animales se
comportaron de una forma inusual. A la menor oportunidad arremetían contra
el torero, haciendo caso omiso al capote engañoso y a los subalternos,
cuando aquellos intentaban apartarlo del lidiador o del caballo de turno.
Era como si de repente una luz de inteligencia penetrase en sus cerebros. Y
cuentan las crónicas de aquel tiempo, que aquellos toros eran tan peligrosos
que se tuvieron que matar a tiros por las fuerzas armadas.
Ante tan
dramáticos y desconcertantes sucesos, el mundo entero quedó asombrado, sin
embargo, los aficionados a tan tremenda fiesta, que no estaban dispuestos a
pagar más, empezaron a afirmar que todo aquello era un montaje comercial y
que nada había de anormal en su alimentación o estado físico general, pese
a los múltiples reconocimientos y análisis efectuados a los toros muertos o
vivos de todas las ganaderías, por lo que no se pudo dar respuesta al
público.
Como es lógico,
la vida debía continuar, las próximas corridas deberían celebrarse sin mayor
dilación, como si nada hubiera pasado, como siempre fue en la historia del
mundo, entonces se dijo: La fiesta debe continua. Muchos toreros empezaron a
pedir garantías para salvaguardar sus vidas aunque bien es verdad que los
que lo hicieron, lo hicieron sin excesiva firmeza, no fuera que los
consideraran unos cobardes o cosa parecida, algo muy distante de lo que un
buen torero debía aparentar, y que tal vez por eso, eran admirados
especialmente por las mujeres, sobre todo por las más díscolas y
advenedizas, aunque debo decir en honor a la verdad, que también se daban
casos de enamoramientos normales. Quizá era por ese motivo, que toreros, que
no valían un pimiento físicamente, se vanagloriasen ostentosamente de los
estragos ocasionados al bello sexo.
El caso es que
pese al extremado celo vertido en el asunto y no encontrando anormalidad
alguna en los animales que se iban a lidiar, se anunciaron los festejos en
todas las plazas del país con tal éxito de taquilla, que todas sin
excepción, se llenaron hasta la bandera quedando mucho público sin conseguir
su entrada al espectáculo.
Sin embargo y
pese a las extraordinarias medidas de seguridad, y a cuantas precauciones se
desplegaron en aquella ocasión, aún fue más luctuoso el desenlace, pues
murieron cuarenta y seis diestros entre picadores, banderilleros, matadores
y otros, amén de un elevadísimo número de heridos.
Aquello ya no
era casualidad, sin lugar a dudas algo muy extraño se estaba produciendo,
muchos aseguraban, que la culpa
la debían tener
los ingleses o los suecos a los que siempre les gustó hablar mal de esta
fiesta, afirmando que deberían haber inventado algo que volvía locos a los
astados cuando estos eran toreados. Otras versiones daban la culpa a la
sociedad protectora de animales, y no quedó quien asegurase que todo era
cosa de extraterrestres, maldiciones bíblicas o cosa de brujas. Como veis ,
hubo versiones para todos los gustos. El caso fue que en aquella ocasión, a
los pocos profesionales del arte taurino que quedaban, se les acabó la
soberbia la valentía y la bravuconería, poniendo “el grito en el cielo” y
anulando sus contratos. Los que conservaron la vergüenza torera (como la
llamaban), murieron en la próxima celebración, la última, ya que después de
aquel día, nadie quiso dedicarse a tan peligroso oficio, ni siquiera los
sutridos y acérrimos maletillas que siempre pedían una oportunidad.
Así fue como en
poco tiempo, desapareció la tan cacareada Fiesta Nacional. No sólo en
España, sino en Sudamérica y en cuantos sitios se practicaba. Nunca se supo
el “porque” los toros bravos se volvieron tan agresivos al ser lidiados, y
cada vez que alguien intentó restaurar la Fiesta, sólo consiguió mezclar la
sangre de los toreros con la arena de la plaza.
Fue entonces,
cuando se descubrieron las “fantásticas” propiedades de la carne de toro
bravo criado en España. Propiedades que no se consiguen en ningún otro
“toro” del mundo y que hoy en día, son la fuente principal de divisas de
nuestro país, muy por delante del turismo, la agricultura, la industria, la
pesca y todas las demás juntas. Desde entonces, a los toros bravos se les
cambió el nombre por el de toros de Oro, ya que su precio es exactamente el
de este preciado metal.
Un kilo de oro,
vale igual que “Un kilo de Toro de Oro” -- FIN-- Ha terminado el dictado de
historia de España, poned la fecha de hoy ..23 de junio de 2074 y ya podéis
ir al recreo, queridos alumnos.