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LA FABULA
Sara era la menor de los siete hijos de la familia
Lozano. Su padre hombre trabajador, enjuto y hosco no
comprendía como era posible que Sarita, al contrario del
resto de sus hermanos, tuviese tan poca afición al
trabajo y tanta a la canción.
Sara se pasaba la
mayor parte del día escuchando las canciones de moda a través del viejo receptor
de radio que su abuelo Anselmo, trajo hacia años de Barcelona.
Sara gustaba hablar
con el abuelo, y este se enfrascaba en ponderar con notable exaltación los
adelantos que pudo contemplar en tan enorme ciudad, en particular lo referente
al asunto de espectáculos.
Si Sara.-- Le decía
el abuelo -- en Barcelona, cuando llega el verano, las calles se engalanan con
luces, farolillos, banderas de todos los países y tamaños, guirnaldas y multitud
de adornos que hacen los vecinos de cada una de esas calles.
Y dime abuelo,- le
preguntaba la chiquilla, abriendo desmesuradamente sus ojos azules mientras se
rascaba distraídamente la cabeza, su linda cabeza de rubios y ensortijados
cabellos. Dime abuelo:¿todas las calles hacen fiesta a la vez?
El abuelo reía
divertido y luego contestaba:
No niña, las fiestas
las hacen por barriadas, creo que la primera era la del barrio de Verdum o
Roquetas, barrio que se conoce por ambos nombres, luego le siguen los distintos
barrios, Pueblo Nuevo, Sans, gracia, la barceloneta, en fin, todos.
¿Y que hacen en esas
fiestas?
1 Huy, se hacen
concursos de muchas cosas!
De canto, de baile,
de juegos de cartas, de ajedrez, juegos para niños, etc., aunque lo más
sobresaliente son las sesiones de baile, que se hacen por la noche en las calles
y también en los entoldados o carpas; enormes salones de baile y de diversas
actuaciones, teatrales y cosas así. En esos entoldados hay palcos alrededor de
la pista de baile que alquilan las familias acomodadas del barrio, las más bien
situadas monetariamente aunque algunas veces lo hace gente por presumir.
-¿Y cantan las
chicas en esos sitios?
Con las orquestas
actúan unos señores y también señoritas que cantan muy bien y que se llaman
vocalistas.
La pequeña Sarita
contaba por entonces quince años de edad y siempre que podía sonsacaba al abuelo
información sobre Barcelona y su mundo artístico. Ella deseaba ser cantante cosa
que decepcionaba a su madre, sacaba de quicio a Manuel su padre, y era la risa
de sus hermanos.
Esta chica cada día
está más atolondrada. - Decía Matilde la madre, con brusquedad al marido. Hoy ha
roto dos platos. Está siempre en Babia cantando Y pensando en que sé yo!
El padre ya no sabía
que camino tomar. Había tratado de explicar con buenas razones, que debía
prestar más atención al trabajo, pero era inútil. Sara no dejaba de cantar por
nada del mundo y su interés por los quehaceres hogareños le importaban muy
poco.
Un día la su madre
la mandó a llevar la comida a su padre y hermanos, al campo donde estaban
trabajando la tierra y la muchacha fue cantando y saltando con tal despiste que
derramó el puchero dejándolos sin almuerzo. El padre agarró tal rabieta que
cogió a Sarita y le dio un tortazo que le reventó la nariz.
Al ver tanta sangre.
Manuel se impresiono mucho, creyendo que se había excedido con la chica y se
lamentó hondamente, prometiéndose que en el futuro no emplearía tales métodos,
así que. a partir de ese día Sarita se encontró con que ya nadie le hacía el
menor caso, su madre a fin de evitar disgustos casi no le mandaba hacer nada,
sólo las camas por las mañanas., pasándose parte del tiempo cantando a mandíbula
batiente. A veces se iba al campo y mientras sus hermanos trabajaban duramente
ella se sentaba cómodamente y se ponía a cantar denodadamente, animosamente.,
con tal entusiasmo que irritaba a sus hermanos.
Era un día
primaveral espléndido, el Sol resplandecía con codicia, la brisa traía frescos
perfumes de lilas, mientras las golondrinas perseguían a una nube de mosquitos
trompeteros.
Aquel magnifico día,
Sara se sentía henchida de felicidad y cantaba a las amapolas, a unas
nubecillas solitarias y a sus hermanos que sudaban tinta mientras plantaban
patatas, dedicándole de vez en cuando miradas preñadas de furia contenida.
En estas llegó el
padre que al contemplar tal escena se sentó junto a su hija y tras invitarla a
callar, le dijo:
Hija mía, al verte
cantando mientras tus hermanos se desloman trabajando, ha mi memoria ha acudido
una fábula que aprendí en el colegio. La fábula se llamaba, si mal no recuerdo,”
la cigarra y las hormigas” Y se trataba de una cigarra que mientras las hormigas
recogían el trigo o laboraban en cualquier otro menester, siempre, siempre
cantaba, siempre cantaba. La cigarra durante la primavera y el verano no paró de
cantar ni de ida ni de noche y cuando tenia sueño se tumbaba debajo de cualquier
árbol y se ponía a dormir acariciada por la suave y refrescante brisa; si
tenia sed el agua de cualquier manantial le solucionaba el problema y si tenia
hambre comía siempre de lo que había por el campo repleto de los mas variados
frutos y hortalizas.
Pero hija mía,
aquella felicidad que parecía perdurable se le complico un poco cuando llegó el
otoño en que empezó a notar que ya no había tanto para comer aunque todavía
podía encontrar algo para aliviar su apetito y poder seguir cantando aunque ya
sin tanto entusiasmo pues ya casi no veía a sus estimadas amigas las hormigas
que si salían de su hormiguero era para tomar el sol un rato por las mañanas
cuando el tiempo aún lo permitía.
Y las hormigas no
paraban de aconsejarle.
Deberías acopiar
algo de comida para cuando llegue el invierno y dejar de cantar tanto. Pero ella
no les hacia caso y les contestaba ,
No será para
tanto.¡Hay que vivir la vida que son cuatro días.
Bueno, bueno, tú
haz lo que quieras pero luego no nos vengas pidiendo.
¿Yo pidiendo a
vosotras? ¡Ja, Ja, ja! ¡No me hagáis reír que me troncho!
Y llegó el invierno,
no fue un invierno especial, fue un invierno normal, un invierno frío y crudo
como todos los inviernos, y la cigarra
Se encontró sin nada
que echarse a la boca, y por más que buscó y rebuscó nada encontró para mitigar
su hambre, en esa época
los árboles no dan
fruto y hasta las hierbas están secas.
Ella, la orgullosa
cigarra la gran cantante, no quería pasar por aquella vergüenza, se había reído
de ellas cuando le advirtieron que debería buscar comida para el invierno y no
les hizo caso pero el hambre y el frío era tan grande que su orgullo empezó a
flaquear y pensó: Ellas recogieron muchos alimentos mientras yo las entretenía y
divertía con mis canciones, ellas me ayudarán.
Pero… ¡Ho,
decepción!
Las hormigas no la
dejaron ni entrar en su hormiguero para calentarse, desde la puerta le dijeron.
Cuando nosotras
sudábamos para proveernos de lo necesario para pasar el invierno, Tú te reías de
nosotras y cantabas. ¡Canta ahora!
Le dieron con la
puerta en las narices y poco después la soberbia cigarra sucumbió de frío y de
hambre.
Manuel , el padre de
Sarita como él llamaba a su pequeña ya no tan pequeña, al llegar a este punto
del relato se quedo mirando interrogativamente a su pequeña intentando adivinar
en su expresión algún señal de comprensión , pero no encontrando nada diferente
en su bonito rostro le dijo.
Te he contado esta
fábula, para que sepas que no obras bien y que si sigues así sin sentar la
cabeza algún día te puedes encontrar como la cigarra, porque…¿Quién se va a
casar con una vaga como tú? ¿Quién te dará de comer cuando tu madre y yo
muramos? Con tus hermanos no cuentes, ellos deberán mantener a sus familias y no
podrán ni querrán. Piensa en tu futuro y no pierdas más el tiempo, como padre
tuyo, solo deseo lo mejor para ti.
El tiempo fue
pasando y un día el abuelo falleció, no resistió el último otoño, cayó con las
hojas de la encina que había en la puerta de la casa, y Sara recordó que el
abuelo siempre decía: Estoy seguro de que cuando yo muera la encina estará
desnuda, sin hojas.
Sara ya no tenia con
quien conversar de Barcelona, así que un día cogió una vieja maleta de madera,
la llenó con sus cuatro andrajos que tenia por ropa, y se despidió de su
familia.
He escrito sobre un
anuncio de un diario que había tirado por ahí y me han contestado para qué
valla a servir a una familia de Barcelona. Ya os escribiré.
Pasaron dos años,
Sara escribía de vez en cuando diciendo que todo iba bien que la familia donde
trabajaba eran buenas personas y poco más.
Aquel último año fue
atroz, el granizo arrasó las cosechas, volvieron a sembrar pero el frío llegó
excesivamente pronto y todo se volvió a perder. Por si fuera poco las cinco
vacas fueron victimas de una epidemia y a pesar de gastar los últimos ahorros en
veterinarios y medicamentos, murieron. Quedaron en la más terrible de las
ruinas, y el invierno cayó despiadado sobre el desolado valle.
Ya no tenemos ni
para un mendrugo de pan y ya nadie nos quiere fiar porque ya les debemos
demasiado, ¿Qué va a ser de nosotros?
Así se lamentaba la
señora Matilde a su marido que no paraba de maldecir.
¡Maldita sea! Tanto
como hemos trabajado siempre de sol a sol, levantándonos a las cuatro de la
madrugada para ordeñar las vacas, sin saber cuando es un día de fiesta, ni
vacaciones, ni nada, siempre esclavos de la tierra, para esto, para acabar
muriéndonos de hambre.
Los hijos, los seis
varones miraban consternados al padre debatirse en el desaliento. Pedro, el
mayor fue el que dijo: Padre, ¿Y si le pedimos algo a Sara? Ya hace más de dos
años que se fue a servir y como le dan de comer y dormir supongo que habrá
ahorrado algo.
Manuel levantó la
vista hacia su hijo y con la voz desgarrada por la emoción exclamó: Esa ni se
debe acordar de nosotros, hace tres meses que no nos escribe, y nos debe carta
pues nosotros fuimos los últimos en hacerlo.
La madre atajó
hoscamente alegando. Estas equivocado, somos nosotros los culpables pues fue
ella última que escribió.
Bueno es igual sea
como sea estamos desconectados, al no recibir respuesta debió escribir, odia
haber pensado que se perdió la carta.-Dijo uno de los jóvenes.
Dejemos de
lamentarnos,-- dijo la madre, añadiendo--, como no tenemos otra solución, le
pediremos ayuda y lo antes posible si no vamos a tener que comernos las piedras.
Inmediatamente
escribieron una carta en la que pormenizaron la situación en la que se
encontraban contándole a Sara todas sus desventuras y la urgencia de la ayuda.
Cuatro días después
cuando cuando el tibio sol de aquel crudo invierno se ocultaba tras una lejana
cordillera y las primeras sombras nocturnas salieroron a deambular por los
bosques, el claxon de un automóvil sonó mientras se acercaba a la casa de la
familia Lozano,
que ante esta
llamada de atención salieron , encontrándose ante un lujoso automóvil de una
renombrada marca alemana que se detuvo ante la desvencijada puerta de la vieja
masia.
EL ronroneo del
motor del lujoso vehiculo enmudeció, y todos quedaron asombrados al ver a Sara
descender del mismo; estaba cambiadísima de guapa y elegante.
Aquello fue épico,
todos se pusieron a abrazar y besar a Sara y hasta algunas lágrimas brillaron
alumbradas por la incipiente luna.
Tras penetrar en la
casa. Sara empezó a hablar ante los atónitos ojos de sus familiares que no
acertaban a formular palabra alguna.
Veo que estáis
perplejos al verme vestida con tanto lujo y ver el coche con chofer incluido.
Voy a contaros la historia para que sepáis que todo es de buena ley.
No he matado a nadie
ni he hecho nada malo.
Cuando me fui a
Barcelona, empecé a trabajar en casa de unos señores y me presenté a un concurso
de canto que hacían en la radio, que gané. grabé discos, se vendieron. Grabé
más, hice galas. Quiero decir que canté en muchos sitios, total que tengo en el
banco cien millones, no os lo dije antes porque con tantos contratos tengo mucho
trabajo y quería contároslo en persona. Cuando recibí vuestra carta, lo dejé
todo y me he venido rápidamente, espero que no me regañéis porque me gusta
cantar,
Todos rieron de
buena gana, alguno a carcajadas., y al día siguiente Sara les compró de todo,
fue al pueblo, les pagó las deudas y les abrió una cuenta en el banco con una
importante cantidad de dinero para que no les faltase de nada, luego hicieron
una estupenda comida y en el brindis el señor Manuel Lozano, el padre, dijo:
Brindemos por tus
éxitos y perdóname por la fábula que te conté, esta vez ha resultado a la
inversa, al revés, la cigarra ha ganado mucho dinero para el invierno y los
trabajadores….nada.
Fin
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