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LA MALDICIÓN
Eran los años de la
posguerra….Años muy duros, en que España tenia muchos problemas internacionales
y al estar casi desconectados del resto del mundo teníamos escasez de todo,
especialmente de comida y trabajo.
Mi padre era
jornalero del campo y la mayor parte del tiempo estaba sin trabajo, por lo que
mi madre se las veía y deseaba para preparar los cuatro miserables platos
necesarios para cada comida. Mi abuela y yo salíamos, casi cada día, en busca de
caracoles, hinojos o algunas patatas que quedaban abandonadas en las cosechas
por diversos motivos. Yo sólo tenía siete años y, como se puede sobrentender, no
iba al colegio, cosa casi general en aquel tiempo ya que, en aquel pueblo, sólo
había un colegio y. aunque era del gobierno y gratuito, había que pagar los
libros, las libretas y demás material. Así que, como mi padre no podía hacer
aquellos gastos... no iba al colegio.
Sólo tenía un amigo
al que llamaban «el tigre», le llamaban así porque era mudo y rugía como un
felino, aunque su auténtico nombre era Eugenio. Un día, Tigre cogió el tifus, se
puso muy delgado y cada día estaba más grave, tan grave que a penas pasado un
mes se murió, y yo me quedé sin mi único compañero; bueno, mi abuela también era
muy buena amiga pero, como era tan vieja, cada día tenía menos ganas de salir y
yo me sentía solo. Los otros chicos del barrio me tenían manía porque soy
gitano: tampoco me juntaba con los otros gitanillos porque a mi padre le
cogieron tirria desde el día en que se casó con mi madre, nunca llegué a
comprender el motivo, sólo recuerdo que mi abuela me decía:
-Los gitanos no nos
quieren porque tu padre dejó a una calé para casarse con una paya.
Total, que ni por un
lado ni por el otro me aceptaban y a mi eterna sensación de hambre, se unió
aquella otra sensaci6n de soledad. Una soledad atroz que me oprimía el alma.
Un turbio día salí a
buscar leña para calentarnos un poco. Mi abuela tiritaba ostensiblemente por lo
que, a pesar del cariz que estaba tomando la mañana, decidí ir al bosque a traer
cuatro ramas de lo que fuese, o piñas secas.
Cuando estaba
recogiendo la leña me pareció oír algo más allá como unos lastimosos gemidos. Me
acerqué al lugar en cuestión y allí, acurrucado, en medio de unos rastrojos
estaba aquel pequeño cachorro. Al verme abrió sus ojos y me miró como pidiéndome
ayuda. Me quedé muy impresionado y me olvidé de la leña. Cogí al perrito, lo
abracé y salí corriendo lleno de gozo. Entonces, el cielo se tornó negro y
empezó a chispear,
luego arreció
mientras yo bajaba corriendo protegiendo a mi pequeño compañero, y digo
compañero, porque presentí que lo seríamos durante mucho tiempo.
Mi madre puso el
grito en el cielo alegando:
¿ Qué va a comer
si no tenemos para nosotros?
No te preocupes. Yo
le buscaré cada día lo que sea... Verás como comerá de todo.
No fue fácil
convencerlos. Al fin, viendo que no podían disuadirme ó quizás comprendiendo mi
soledad, accedieron.
Le puse Tigre en
recuerdo de mi fallecido amigo el mudo, y mi Tigre fue creciendo. No llegó a ser
un perro de esos tan grandes pero, para mí, fue el más hermoso. Fuimos juntos a
todas partes; a veces nos poníamos a pelear y nos revolcábamos por la húmeda
hierba, como si ambos fuéramos de la misma especie. Si le tiraba alguna ramita o
algún objeto salía corriendo velozmente y al momento me lo traía a la mano.
Y, efectivamente.
Tigre se acostumbró a comer de todo. Comía hasta pieles de patatas. Era un perro
extraordinario; ¡cuantos ratos agradables pasamos juntos!, no creo que con otros
amigos humanos lo hubiera pasado mejor.
Mi padre logró
trabajo fijo en la hacienda de D. Anselmo, ya que sabía mucho de caballos y como
D. Anselmo tenía gran afición a los buenos caballos, admitió a mi padre para
trabajar en las cuadras.
Un día fui con Tigre
a ver como estaba mi padre. Cuando me acercaba a las cuadras oí unos gritos; me
escondí y pude ver como D. Anselmo regañaba a mi padre porque había enfermado
una yegua, cosa de la que hacía responsable a mi progenitor, el cual permanecía
impávido, aguantando el chaparrón.
Le dijo ¡Eres un
desgraciado y un imbecil! A los insultos le añadía amenazas de despido.
Ya no entré, me fui
a casa llorando y un odio irracional empezó a engendrarse dentro de mi hacia
aquel terrateniente. A mi lado, como si me entendiese, caminaba Tigre con la
cabeza gacha y el rabo entre las piernas.
Por la noche, cuando
ml padre regresó a casa mi madre la preguntó:
—¿Cómo ha ido el
día?
Mi padre esbozó una
sonrisa forzada y respondió con voz seca:
-Ni bien, ni
mal...Regular.
Desde aquel día, no
acierto a comprenderlo, Tigre, siempre que veía el coche de D. Anselmo se
lanzaba furiosamente a ladrarle. Lo perseguía durante unos metros y, cuando ya
no podía más, regresaba a mi lado gruñendo amenazadoramente.
Poco a poco fui
olvidando el disgusto que sentí al ver a mi padre avasallado, y la vida junto a
Tigre transcurría todo lo feliz que se pueda imaginar. Un día aciago...
De pronto, Tigre se
irguió, olfateé e! aire y puso las orejas tiesas como presintiendo algo malo;
unos minutos después comprendí su conducta al ver bajar por la colina el
automóvil de D. Anselmo.
Tigre se aprestó al
asalto, como de costumbre, y yo no hice mucho caso pensando: «Cosa de perros».
Cuando el auto
estaba a cosa de cincuenta metros, Tigre se dirigió corriendo a su encuentro.
Corría a un lado del camino; el coche sólo tenía que seguir su ruta. Tigre, como
siempre hizo, lo hubiese seguido un trecho y todo habría terminado. Pero esta
vez pasó algo insólito; cuando el coche estuvo a cinco metros de mi perro hizo
una maniobra agresiva; se lanzó sobre Tigre y pasó por encima de él. Lo revolcó
ante mis ojos; el perro chillaba con aullidos de muerte y, por último, quedó
tendido en medio del camino. Gimiendo, desesperado, intentó levantarse, pero no
pudo.
Como loco fui en su
socorro, mientras el coche de D. Anselmo desaparecía colina abajo.
Llorando tomé en
brazos a Tigre y lo llevé a casa. Lo puse encima de una caja de cartón y esperé
e que viniera ml padre; él entendía de animales y quizás podría ayudarle,
Cuando le expliqué
el suceso, mi padre dijo:
jAh, era Tigre!
No comprendí que
quiso decir, nl quiso explicarlo. Miró al perro, frunció el ceño y sentenció:
.Quedará cojo para
siempre de las dos patas traseras. Lo mejor será matarlo.
Me negué a que lo
hiciese y tuvo que desistir cuando vio como abrazaba al perro mientras le decía:
-Tendrás que
matarnos a los dos!
Aquella noche
escuché, desde mi cuarto, a mi padre que le contaba a mi madre:
Cuando h a llegado
D. Anselmo me ha dicho muy contento:
«Había un perrucho
que siempre se me tiraba al coche ladrando, asÍ que lo he espachurrado. Ese ya
no ladrará a nadie más. Y, resulta que era Tigre.
Cuando oí aquello
constaté mis sospechas. D). Anselmo había atropellado a Tigre a conciencia.
Aquella noche lloré como jamás lo hice.
Al otro día cogí una
caja de madera y le puse unas ruedas, y cuando Tigre ya estuvo mejor le enseñé a
valerse por si mismo. Lo sentaba en la caja y empujándola podía mo- verse por
dentro del patio, de la casa. Ya nunca salió de allí.
Un día, bastante
tarde, llamaron a la puerta. Abrió mi madre y se encontró con un hombre que
preguntó por mi padre. Cuando vi al hombre reconocí a D. Anselmo. Venía
excitadísimo y. cuando salió mi padre, allí, ante mi propia madre y abuela
empezó a tratarlo de imbécil y cosas peores, porque, según él, había dejado una
puerta mal cerrada y había escapado un caballo... Terminó diciéndole con muy
malas maneras:
Ahora mismo salga a
buscarlo! ¡Si mañana, de madrugada, no está en la cuadra lo despediré
Mi padre, no se
atrevió a contestarle, le daba la espalda y. como si fuese un niño lloraba de
rabia, de impotencia Entonces dije yo entre dientes mirando fijamente a la cara
a aquel malvado:
-Ojalá te pase como
a mi perro, antes de una semana.
D. Anselmo asombrado
me preguntó:
-Qué es lo que has
dicho?
No respondí, le
volví la espalda y me fui a dormir.
Afortunadamente el
caballo estaba cerca y mi padre lo encontró.
Pero...
Seis días después al
coche D. Anselmo le falló la dirección y tras dar varios giros, fue a
estrellarse contra un gran árbol que estaba justo en el mismo sitio donde había
tiempo atrás atropellado a Tigre.
Cuando lo sacaron de
allí estaba desangrándose y tenía los pies destrozados. Se quedó en una silla de
ruedas para siempre.
y yo quedé tan
horrorizado al verlo, en tan lastimosa situación que juré no maldecir a nadie
jamás. Cinco años más tarde a D. Anselmo se le declaró una infección muy grave
en una de las heridas del accidente, y por más que hicieron los médicos, la
infección se complicó de tal forma que duró apenas un año, y cuando falleció,
fue precisamente el mismo día que murió Tigre.
Fin
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