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LA MORTAJA
D. Anselmo Bustos
había muerto.
Fue un hombre muy
rico, El más poderoso del pueblo; casado con Nuri Serra, una catalana que
conoció en un viaje que hizo a Barcelona un año antes del trágico accidente que
le costó la vida.
Se rumoreaba por el
pueblo que Nuri, no era trigo limpio; alguien, nunca se supo quién, dijo que la
había visto trabajando en un Nigt-Club, como chica de alterne. Eso era lo que en
aquel pueblo de la comarca leonesa se murmuraba por las viejas chismosas y más
tarde por todos, sobre todo por Agustín López, un solterón de treinta y cinco
años fanfarrón, borrachín y mujeriego.
Agustín siempre odió
a D. Anselmo, primero por su, inmensa fortuna y más tarde por su mujer, ya que
él, con su mediocre empleo de carnicero por cuenta ajena, apenas si ganaba para
cubrir sus vicios, por tal motivo, y entre otras cosas, su vestimenta era poco
menos que inexistente, más bien cochambrosa. Muy diferente de D. Anselmo que en
gloria esté, pues dada su posición vestía impecablemente; sus trajes, hechos a
medida por un sastre de la capital producían en el ánimo de Agustín una feroz
envidia.
Como casi todo el
pueblo, Agustín. acudió al sepelio de D. Anselmo y cuando vio que este estaba
amortajado con un traje negro elegantísimo y de tejido de primera calidad,
pensó. (‘Cueste lo que cueste. ese traje será mío)
Agustín tomó buena
nota del nicho donde estaba enterrado D. Anselmo, por cierto uno de los más
humildes ya que este en sus postrimerías dijo: -Quiero una sepultura humilde, un
entierro sin lujos ni ostentación de ninguna clase...
Así que su viuda
procuró que las últimas voluntades de su esposo fuesen seguidas al pie de la
letra, pero no pensó en que el traje del difunto pudiese despertar la envidia de
alguien, por eso le puso el mismo que había empleado en su boda.
Aquella noche
resultó ser una de esas noches con grandes nubarrones negros que impulsados por
el viento tapaban y descubrían a intervalos más o menos largos y extensos la luz
de la luna llena.
Aquella noche, un
hombre de regular corpulencia se dirigía al cementerio, con paso decidido no
tardando más de dos minutos en encontrase ante las puertas del mismo.
El Pequeño
cementerio estaba detrás de la Iglesia del pueblo y no tenia vigilante, sólo un
viejo matrimonio que cuidaba de su limpieza. El viejo además era el sepulturero
y hacia los demás menesteres del oficio, por lo que en aquella hora, el
cementerio estaba vacío.
El hombre detuvo su
paseo fuente a las rejas del cementerio y estudió la forma para entrar sin
llamar demasiado la atención. Al fin, tras pensarlo unos instantes, se decidió a
saltar por la tapia por la parle trasera, y una vez hecho esto, se dirigió
apresuradamente a donde sabía que estaba D. Anselmo; Armado con un martillo, una
escarpa y un trapo, que colocó a modo de amortiguador del ruido, en un santiamén
retiró la losa que tapaba el nicho. Luego, agarró el féretro y, con grandes
esfuerzos, lo fue arrastrando hacía afuera.
La luna llena iba
alumbrando, a intervalos con bastante brillo, la macabra escena.
El violador de
tumbas, que no era otro que Agustín, logró sacar completamente el ataúd, pero
cuando ya estaba casi afuera, por el efecto del peso del difunto, se deslizó con
gran rapidez hacia el suelo, provocando un fuerte estruendo.
Agustín esperó,
atento durante unos minutos que le parecieron eternos, por si el ruido hubiese
sido escuchado por alguien y este acudiera para ver que pasaba. Después de
constatar que no había ocurrido así, retiró ha tapa de la caja mortuoria. En
ese instante la luna alumbró el contono y Agustín. pudo ver con toda c!aridad a
D. Anselmo, allí tieso como un palo, lujosamente vestido. Tocó el tejido y
sonrió complacido, era del mejor, suave flexible, como el de Inglaterra.
Pasó los brazos por
detrás del difunto y lo fue a levantar para sentarlo y así quitarle la chaqueta,
pero la rigidez era tal que él no tenía suficientes fuerzas para mantenerlo
erguido y a la vez extraerle la prenda. Así que tras estudiar concienzudamente
la cuestión decidió que lo mejor era sacar al finado de su aposento y una vez en
el suelo sería más fácil desenvolverse. Lo cogió por los pies y empezó a tirar
de él, pero cuando llegó casi hasta la mitad, lo brazos rígidos se le
engancharon con la caja. Por último se le ocurrió volcar el féretro y D. Anselmo
cayó de bruces al suelo.
Por fin, Agustín,
retiró el ataúd y se puso a desvestir al muerto, empezando por los pantalones
aunque antes tubo que descalzarlo y como que los zapatos eran de auténtica piel
se los probó viendo complacido que le sentaban como un guante.
Una vez que le sacó
los pantalones le faltó tiempo para quitarse los suyos y probarse los del
finado.
Un poco largos,(
pensó), pero haciéndoles un pequeño dobladillo quedarán perfectos.
Se miró los
calzoncillos del difunto, pero considerando que quitárselos sería algo
indecente, se los dejó puestos, aunque tubo que ponérselos en su sitio ya que
tirando del pantalón, estos se habían quedado por la mitad de las piernas.
Lo de la chaqueta
fue más laborioso y dificilillo pues se encontraba con que le faltaban brazos
para sujetarlo y a la vez extraérsela. Así que pensó en cual sería la mejor
forma, porque si la forzaba mucho acabaría rompiéndola. Por último puso el
cadáver boca abajo, desabrochando primero los botones y sacando primero la parte
de los hombros, tiró de las mangas y. lentamente, la chaqueta fue saliendo.
Agustín se probó
tranquilamente la chaqueta y pensó que era una lástima que no hubiesen espejos
en los cementerios, Ya iba e dar por finalizado su saqueo cuando se fijó en la
estupenda camisa, era de la mejor seda. Lástima que se la comiesen los gusanos,
que por cierto ya deberían estar haciéndolo pues la peste que salía de D.
Anselmo era muy intensa.
Como se dio cuenta
de que volver al muerto de nuevo al ataúd y este al nicho le era poco menos que
imposible y además pronto amanecería, optó por dejar las cosas como estaban y
marcharse a casa. Recogió toda la ropa en un manojo y se fue por donde vino.
El sobresalto que se
llevó la señora Eulalia, que era como se llamaba la esposa del sepulturero fue
espantoso. Enseguida se enteró todo el pueblo y la guardia Civil indagó por
todos los lados, sin descubrir nada.
Y pasó cosa de un
mes.
Aquella noche
Agustín había bebido de más, por lo que decidió estrenar su nuevo traje. Salió
del bar donde tomó su último vino y dando traspiés se dirigió e su casa. Como
Agustín vivía sólo, no tuvo que darle explicaciones a nadie. El caso es que, a
trancas y barrancas, se puso el traje y salió de nuevo a la calle tan ufano
encaminando sus pasos rumbo a la finca “ El trébol”, entonces propiedad de la
viuda de D. Anselmo, la señora Nuri. Debido a la hora tan intempestiva no lo vio
nadie. La finca distaba del pueblo unos dos quilómetros; la brisa era tibia y
pegajosa, solo el murmullo de esta, el croar de las ranas y el canto de los
grillos eran los únicos sonidos bajo aquel cielo negro y desamparado sin
estrellas.
Durante el trayecto,
Agustín se fue despejando bastante, era un hombre acostumbrado a beber y quizá
por ser joven y bien constituido se recuperaba con prontitud.
Minutos después ya
estaba escalando la casa hacía la ventana de Nuri. Ésta, estaba tan bien cerrada
que pensó:
-Por aquí no puedo
pasar sin hacer ruido, y eso debo evitarlo porque me juego el pellejo. Tendré
que buscar otra entrada.
Sabía, por haber
trabajo durante un tiempo en la casa, que habían sirvientes y que estos
vigilaban la casa con armas de caza, así que bajó otra vez al suelo y se puso a
dar vueltas alrededor de la finca buscando un punto débil. Cuando intentó entrar
a través de los corrales, varios perros empezaron a ladrar furiosos; pero
afortunadamente para él, estaban atados.
Un foco de luz
proveniente del tejado empezó a moverse de un lado a otro y la voz de un hombre
resonó preguntando:
-,Quién anda por ahi?
Agustín, más pegado
a la pared que una lagartija , aprovechó un lapsus de oscuridad y corriendo
logró ocultarse detrás de un árbol. Minutos después se abrió la puerta y dos
hombres armados salieron con linternas pera ver qué o quién hacía ladrar a los
perros.
Agustín,
despreciando todo tipo de precauciones, se metió dentro de la casa y se ocultó
detrás de una cortina. Mientras los hombres regresaron rapidamente, rabiosos:
-Estos perruchos
ladran por nada, masculló uno de ellos antes de desaparecer tras una puerta.
Agustín, salió de
detrás de la cortina y se dirigió hacia las escaleras que conducían a las
habitaciones de la dueña de la casa. Llegó hasta la habitación de Nuri y penetró
resuelto,
Nuri estaba dormida,
ni se había enterado del alboroto que habían formado los perros. Su sorpresa fue
atróz cuando una mano le tapó la boca y una voz le susurré al oído:
-No grites ni
intentes nada o te mato, soy él hombre que más te quiere en este mundo y nada me
detendrá hasta que te consiga.
Nuri logró
desasirse de un salto y empezó a gritar, mientras encendía la luz; entonces vio
a Agustín, vestido impecablemente con el traje de su marido, Nadie sabe lo que
pasó por su mente, pero ella dejó de gritar...
-,¿Pasa algo
señora...? -preguntaron respetuosarnente desde fuera segundos después.
-Nada, no pasa nada.
–Fué la lacónica respuesta dada detrás de la puerta.- Es que estaba soñando,
Añadió, Nuri
Agustín tenía en
aquellos momentos agarrada a Nuri por detrás y puesto un cuchillo en el cuello.
Al poco, la quietud volvió a la casa.
A la mañana
siguiente, una sirvienta que acudió a la habitación de la señora para llevarle
el desayuno, quedó horrorizada al ver la macabra escena que se le ofrecía.
Nuri, medio desnuda,
con los ojos desorbitados, como si hubiese visto a un fantasma y el cuello
rebanado de oreja a oreja. Había sangre por todas partos y rastro de la misma ba
jaba por las escaleras y salía al exterior, dirigiéndose a un bosquecillo
cercano. Siguiendo esa pista la policía encontró a Agustín colgado, desnudo, de
un árbol,
Todos pensaron qus
Agustín debió matar a Nuri y después se ahorcó, pero la cosa se complicó cuando
el sepulturero denunció que el nicho de D. Anselmo habia sido abiérto de nuevo,
aunque esta vez el féretro estaba en su lugar.
Avisado el juez y
la Guardia Civil y en presencia de varios téstigos de confianza, entre ellos el
sacerdote, se mandó sacar el ataúd para ver si había sido manipulado.
Todos los presentes
fueran sacudidos por un escalofrío al ver que D. Anselmo estaba perfectamente
vestido, con su traje de boda, sus zapatos... etc. y en su ya descompuesto
rostro, plasmada, aparecía una sonrisa pavorosa.
FIN
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